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| 8/26/1996 12:00:00 AM

EL POLVORIN DEL GUAVIARE

Las protestas campesinas del Guaviare, atizadas por la guerrilla, se han convertido en bombas de tiempo que pueden estallar en cualquier momento.

La persona que mejor encarna la difícil situación del Guaviare es su gobernador, Eduardo Flórez Espinosa. El lunes de la semana pasada, poco después de que se presentara un enfrentamiento entre cerca de 4.000 campesinos cultivadores de coca y tropas del Ejército en el municipio de El Retorno, donde resultaron heridas siete personas, el gobernador salió a decir que los campesinos estaban siendo utilizados por la guerrilla y que no descartaba que en el enfrentamiento hubiera habido muertos dentro de la población civil. La respuesta no se hizo esperar. El comandante del Ejército, general Harold Bedoya, lo llamó "irresponsable" por sus afirmaciones en el sentido de que no descartaba la posibilidad de que hubieran muerto campesinos y al día siguiente le llegaron a su oficina amenazas de muerte de parte de la guerrilla, que lo consideraba enemigo de la población al decir públicamente que detrás del paro estaba oculta la mano de la subversión. El drama del gobernador se repite en los casi 120.000 habitantes que tiene el departamento del Guaviare. Todos parecen condenados a vivir entre dos fuegos: por un lado la guerrilla que los intimida y los obliga a realizar marchas campesinas cada vez que el gobierno adopta un medida para evitar que sigan cultivando coca como hizo recientemente al declarar al departamento zona especial de orden público, y por otro las Fuerzas Militares que los acosan y los reprimen porque ve en ellos a cómplices de la subversión. "A veces el Ejército se comporta como si los enemigos fuéramos nosotros", dijo a SEMANA Alirio Rojas, uno de los 20.000 campesinos que la semana pasada bloquearon la pista de aterrizaje del aeropuerto de Miraflores. El primer detonante de la bomba de tiempo en la que se ha convertido el Guaviare explotó la semana pasada en Miraflores, cuya situación es particularmente delicada. El pueblo está enclavado en plena selva a una hora por aire de San José del Guaviare y a varios días en canoa por ríos caudalosos. Este municipio de 15.000 habitantes vive exclusivamente del cultivo de coca. La tierra por su acidez es mala para los cultivos tradicionales y los pastos tampoco sirven para la cría y levante de ganado."Miraflores nació cuando por acá la Casa Arana cultivaba y extraía el caucho, luego llegó la bonanza de la piel del tigrillo y ahora lo único que tenemos es la coca", dice Miguel Pestana, otro colono que hace muchos años llegó al Guaviare. Las dos últimas bonanzas de Miraflores han sido, pues, ilegales. La coca inicialmente la cultivaban los indígenas para su consumo, y en los últimos años se ha producido una migración permanente de colonos de todo el país atraídos por las altas ganancias que produce el cultivo y la producción a grandes escalas. En Miraflores no hay minifundios sino latifundios sembrados de coca. De acuerdo con voceros de la Red de Solidaridad Social, de los cinco millones y medio de hectáreas que tiene el departamento, cada año son deforestadas en Miraflores cerca de 10.000 para sembrar coca. Uno de los últimos reportes satelitales proporcionados por autoridades estadounidenses a la Policía Antinarcóticos mostraba cerca de 25.000 hectáreas sembradas de coca en la parte sur del departamento. Tanta producción, obviamente, requiere una gran demanda de mano de obra, de ahí que en época de recolección de la hoja la población flotante en este municipio supere las 50.000 personas. Esas cerca de 25.000 hectáreas de coca son en realidad una mina de plata: producen en cada una de las cuatro cosechas anuales un poco más de 40 toneladas de base de coca, algo más de 150 toneladas al año. El dinero que el Guaviare mueve de forma subterránea por cuenta del cultivo y producción de base de coca desborda cualquier cálculo: cerca de 300.000 millones de pesos. Para tener una idea de la importancia de esa cifra, el presupuesto de todo el departamento es de 7.000 millones de pesos. De ellos el 70 por ciento se gasta en burocracia y solo el 30 por ciento se destina a inversión y obras de desarrollo. Y cuando es el Estado quien diseña un programa con el fin de contribuir a la solución de los problemas casi siempre fracasa: fracasó el PNR de César Gaviria y falló también el programa Plante de Ernesto Samper, quien personalmente, cuando visitó al Guaviare el año pasado, ofreció 17.000 millones de pesos para el departamento y hasta el momento sólo ha entregado 2.000 millones. De ellos ni un solo peso ha llegado hasta Miraflores porque, paradójicamente, esa zona no está incluida dentro del programa de sustitución de cultivos. Un hecho que llama la atención es que mientras el Estado fracasa con sus programas la guerrilla se consolida en el departamento. De acuerdo con las autoridades es la guerrilla la que está moviendo los hilos de esa gran empresa de hacer plata con los cultivos de coca en el Guaviare, donde operan tres frentes de las Farc. Hay sectores del departamento en los cuales la subversión opera a sus anchas. La semana pasada, por ejemplo, mientras el país estaba pendiente de la suerte que podrían correr los campesinos de Miraflores, los guerrilleros convocaron a los pescadores a una reunión extraordinaria en el corregimiento de Caño Jabón, a pocas horas de San José del Guaviare, para recordarles que la veda a la pesca aún seguía vigente y que toda persona que no la cumpliera se vería en problemas. "Aunque digan lo contrario, aquí mandan los 'compas' y nos toca cumplir sus órdenes", dijo a SEMANA uno de los pescadores. Una de las personas que mejor conoce la problemática del departamento es monseñor Belarmino Correa Yepes, obispo del Guaviare, quien tiene su propia versión de la situación. La explica mediante la parábola que ha llamado del 'Perro y el hueso': "Un señor tenía un perro que se estaba comiendo un hueso. Cuando quiso quitarle el hueso a la fuerza el perro se le abalanzó furioso y por poco le arranca el brazo. El hombre pensó: caramba, yo no voy a poder quitarle el hueso a ese perro a la fuerza. Tengo que encontrar la manera de quitarle el hueso sin que me haga daño. Y después de mucho pensarlo encontró la solución: consiguió un buen filete de carne, se lo arrojó al perro y éste de inmediato soltó el hueso y empezó a comerse la carne". En la parábola de monseñor Correa el hombre representa al Estado, el perro corresponde a los cultivadores de coca y el filete son los ofrecimientos del gobierno. En estos momentos ni el hombre ni el perro quieren ceder en sus aspiraciones. Pero mientras se ponen de acuerdo cualquier cosa puede pasar. Ya empieza a hablarse de un paro armado en toda la región el cual tendría graves consecuencias. De cualquier forma el polvorín del Guaviare apenas comienza a levantarse.
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