Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2002/06/02 00:00

El primer ministro

El nuevo ministro de Hacienda tiene la difícil tarea de evitar que la crisis económica colombiana adquiera dimensiones argentinas., 50971

El primer ministro

Cuando la gerencia del empalme de gobierno de Alvaro Uribe definió los criterios para escoger al nuevo ministro de Hacienda se detuvo en tres requisitos: que generara confianza en los organismos internacionales; que fuera un excelente economista y que pudiera manejar el Congreso. Como son pocos los colombianos que reúnen estos requisitos la selección rápidamente llegó a dos finalistas: Armando Montenegro y Roberto Junguito.

Los ‘gabinetólogos’ y los medios dieron en seguida como triunfador a Montenegro, quien es reconocido como el gurú de la nueva generación de economistas. Se anticipaba que dada su amistad con Rudolf Hommes, gerente del empalme, y el ascendiente que ejercía sobre varios miembros del comité seleccionador, ningún rival podría ganarle. Junguito, aunque igualmente respetado, era asociado con una generación que ya había pasado por el poder.

Sin embargo Uribe optó por bueno conocido y no por bueno por conocer y se inclinó finalmente por Roberto Junguito.

En cuanto a hoja de vida para el cargo nadie en Colombia la tiene mejor que Junguito. Actual director ejecutivo para Colombia del Fondo Monetario Internacional (FMI), Junguito fue director de Fedesarrollo, presidente de la Sociedad de Agricultores de Colombia, ministro de Agricultura, presidente de la Asociación de Exportadores de Café, ex miembro de la Junta Directiva del Banco de la República y embajador ante Francia y la Comunidad Económica Europea.

No obstante el cargo que más le sirve para los nuevos retos que tiene que enfrentar fue haber sido el ministro de Hacienda de Belisario Betancur. Fue precisamente como ministro de la economía que Junguito se destacó gracias a las negociaciones con el FMI, el manejo del ajuste fiscal y el trabajo en el frente cambiario. El balance de su paso por la cartera de Hacienda es positivo puesto que enfrentó la crisis que en materia fiscal y cambiaria estaba enfrentando Colombia en 1985. Logró la aprobación de tres proyectos fiscales en el Congreso y la consecución de créditos por unos 1.000 millones de dólares después de tres años de bloqueo.

Lo importante de todo lo anterior es que le correspondió manejar una crisis económica de características parecidas a la actual. Y esa experiencia es invaluable. En cierta forma se podría comparar con el equipo con que George W. Bush libró exitosamente la guerra en Afganistán. Los secretarios Donald Rumsfeld y Colin Powell y el vicepresidente Richard Cheney habían ganado con Bush padre la guerra del Golfo contra Saddam Hussein. Las lecciones de ésta fueron enormemente útiles para quienes 10 años después tendrían que enfrentar un reto similar. La crisis económica de hoy tiene algunos elementos en común con la que le tocó lidiar al nuevo titular de Hacienda.

Con el nombramiento de Junguito el presidente Uribe está lanzando importantes señales. La primera es que la filosofía económica del nuevo gobierno será la ortodoxia. Junguito es el símbolo de esta corriente. El primer paso para una economía en crisis es poner la casa en orden y aunque el actual ministro, Juan Manuel Santos, soldó la olla, todavía falta la mitad del camino.

La segunda señal, al escoger a un funcionario del FMI, es que la prioridad del nuevo gobierno serán las buenas relaciones con los organismos multilaterales, de los cuales depende la confianza del mercado. La trayectoria de Junguito en este campo le da una gran credibilidad frente a los inversionistas, las calificadoras de riesgo y los organismos multilaterales.

Donde el ministro se vería menos fuerte sería en el tercer requisito que llevó a su selección: el de poder manejar el Congreso. Pero ahí las impresiones engañan. A pesar de su pinta de profesor distraído el nuevo ministro no es manco en el manejo de parlamentarios. En su primera gestión logró la aprobación en el Congreso de reformas impopulares y levantó ampollas en varios sectores que criticaron su papel en las negociaciones con el FMI. El nuevo ministro conoce el Congreso y lo ha manejado en el pasado.

¿Que le espera?

Todas estas cualidades son interesantes pero más impresionantes son los retos que va a recibir. Los personajes más responsables del país han manejado las finanzas públicas y se han visto desbordados por la dimensión de la crisis. Juan Camilo Restrepo hizo un esfuerzo enorme y el balance no fue favorable. Juan Manuel Santos manejó magistralmente el Congreso y tomó medidas enormemente impopulares con gran valor político. Aunque enderezó parte de la economía las cifras todavía no cuadran. El hueco sigue siendo enorme y los motores no despegan. En cuanto a intenciones y esfuerzos, la economía colombiana no pudo haber sido mejor manejada; pero, en cuanto a resultados, Juan Camilo se rajó y Juan Manuel pasó raspando.

La situación que enfrentará Junguito es la siguiente. Por un lado, los márgenes de maniobra del gobierno en materia económica no son muy amplios. La deuda pública alcanzó en 2001 el 49,8 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) mientras que las tasas de crecimiento acaso llegan a 1,5 por ciento. Además el déficit fiscal alcanzó 5,1 por ciento del PIB.

En materia social, según cifras del Dane, el desempleo supera el 16 por ciento, la tasa más alta de América Latina, y 62 de cada 100 colombianos están bajo la línea de pobreza. A estos guarismos se le añade la apremiante necesidad de aumentar los gastos en defensa y seguridad que demanda la actual situación de orden público. ¿Cómo mantener la casa en orden y simultáneamente invertir en presupuesto militar y en gasto social?

Mientras el hueco fiscal se mantenga el equipo económico de la administración Uribe tendrá que enfilar sus baterías a proteger la confianza de los inversionistas, las calificadoras de riesgo y los organismos multilaterales. Si esa confianza se deteriora por decisiones económicas erradas no habrá lugar donde el gobierno pueda obtener el flujo de recursos necesarios para financiar el crecimiento del gasto.

Según asesores económicos del empalme consultados por SEMANA, el déficit actual del 5 por ciento podría ampliarse a un 10 por ciento al sumarle el 2 por ciento del PIB en el rubro de defensa, un 1,5 de gasto social y otro 1,5 por ciento para la reactivación de la economía. Sin esas inyecciones de gasto el país simplemente no estará abordando en serio las inversiones para sostener el conflicto armado, reducir la deuda social y apostarle al crecimiento.

¿Dónde se ajustará, entonces, si las necesidades de gasto doblan el déficit actual? Las propuestas de la administración entrante apuntan a una reducción del gasto de gobierno entre el 2 y el 4 por ciento del PIB y un aumento de la productividad estatal de otro 2 por ciento. Asimismo, el empalme Uribe ha sido claro en el trámite de una reforma tributaria que aumentaría las entradas por impuestos entre un 1 y 2 por ciento.

Con este panorama Roberto Junguito enfrenta la revisión del acuerdo con el FMI, que se vence en septiembre próximo, y del cual depende el acceso a fuentes de recursos. En el campo legislativo el gobierno Uribe tendrá que tramitar con los parlamentarios una serie de iniciativas con altos costos políticos, como la reforma pensional, los proyectos para adelgazar las entidades del Estado y más impuestos. Lo cierto es que, en el caso de las pensiones, la gestión de Juan Manuel Santos en el Congreso ha mejorado sustancialmente el ambiente para adoptar las transformaciones al sistema pensional.

En materia de deuda pública, los asesores económicos de Uribe buscarán la venta de activos que no producen rentabilidad social para así disminuir el servicio de la deuda. También impulsarán los proyectos con alta rentabilidad social como, por ejemplo, el Transmilenio en Bogotá. En términos generales, el aparato estatal necesita mejorar su eficiencia para así colaborar con las necesidades de gasto e inversión.

La tarea de Junguito y su equipo no será nada fácil. Solamente la reducción de los gastos del gobierno implica una pela durísima con sectores sociales organizados. Ni hablar de subir los tributos, vender empresas del Estado, aumentar la edad de jubilación o despedir personal de ministerios y demás dependencias estatales.

El mayor reto del nuevo ministro es conciliar el esfuerzo de recortar el déficit fiscal con la imperiosa necesidad de gasto social y de inversión para estimular el despegue de la economía. Un plan económico serio y responsable es el primer paso para que las ambiciosas metas de la administración Uribe se cumplan.

Pedirle a la gente que se apriete el cinturón no va a ser fácil. Pero no hay alternativa. Es un milagro que dados los índices actuales de pobreza en el país no hayan tenido lugar brotes masivos de violencia relacionados con el desempleo y el hambre. No ha habido saqueos a supermercados ni asaltos a camiones de alimentos ni estallidos sociales de esa naturaleza.

En Argentina, donde el PIB per cápita es superior al de Colombia, muchedumbres se han metido a las fincas a descuartizar vacas para alimentarse. Y esos son los afortunados porque la carne de caballo hoy es de consumo común. Roberto Junguito es el encargado de evitar que esto suceda en Colombia. Como diría el presidente Pastrana: que Dios y San Miguel Arcángel lo acompañen.

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