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| 10/16/2000 12:00:00 AM

El primero de la clase

Eduardo Mestre inicia una nueva vida como estudiante de primer semestre en la Universidad Javeriana.

El 15 de julio pasado los primíparos de primer semestre de historia en la Universidad Javeriana se sorprendieron al ver que uno de sus compañeros de clase iba a ser un señor de pelo blanco, mayor de 60 años, cordial y de pocas palabras, quien no hacía preguntas en clase y que como cualquiera salía del salón con los libros debajo del brazo.

Como, obviamente, el enigmático personaje despertaba curiosidad, los ‘sardinos’ comenzaron a indagar de quién se trataba. La sorpresa no pudo ser más grande. Resultó que el compañero de pupitre era ni más ni menos que Eduardo Mestre, el ex dirigente político liberal, quien fue uno de los principales protagonistas del proceso 8.000.

Mestre, en realidad, todavía no ha obtenido su libertad plena. Se encuentra en un régimen de franquicia que, por haber cumplido las tres cuartas partes de la pena y por buena conducta, le permite llevar a cabo actividades por fuera de su sitio de retención durante el día aunque tiene que regresar a éste para pasar las noches.

Tan pronto le fue otorgado este beneficio el ex parlamentario, quien hoy tiene 64 años y que se graduó de bachiller en 1952, decidió que a estas horas de la vida no lo motivan ni la política ni los negocios. Lo que más despierta su entusiasmo es volver a la afición que había marcado su juventud en Bucaramanga: el estudio.

Su compañero en el colegio San Pedro Claver de esa ciudad era Gerardo Remolina, quien era el único que le disputaba el primer lugar en la clase. Ahora, 50 años después, Remolina es el rector de la Universidad Javeriana y esta coincidencia de la vida contribuyó a que Mestre tomara la decisión de entrar a la Universidad.

El quería hacer toda la carrera de historia, empezando desde el primer semestre. Como tiene múltiples grados universitarios no se le exigió Icfes y después de una consulta interna en la Universidad se llegó a la conclusión de que estudiar es un derecho que no puede estar supeditado a los problemas originados por el proceso que se le siguió. Dicho y hecho. Es así como el estudiante Eduardo Mestre apareció el primer día de clase distinguiéndose del resto de sus colegas, no sólo por su edad sino también porque es el único que todos los días va de saco y corbata.

Todo esto sucedió hace más de dos meses y no había salido a la luz pública porque Mestre considera que la prioridad de su vida en la actualidad es no dar ‘papaya’. También es consciente de la controversia que iba a despertar su presencia en el recinto y por lo tanto mantiene un bajo perfil, sin pretender ganarse la simpatía de sus compañeros o profesores y limitándose a lo estrictamente académico. Esto no lo ha convertido en el hombre más popular de la clase pero sí le ha permitido convivir con unos 20 muchachos y niñas de alrededor de 18 años, quienes si bien no aceptan su papel en el proceso 8.000 sí lo respetan por su discreción y seriedad. Hace todas las tareas, presenta los exámenes y acaba de sacar un 5 en historia universal y un 4,5 en teoría de la historia.

Cuando le otorguen su libertad definitiva Eduardo Mestre no tiene sino dos aspiraciones: dedicarse a su familia, que incluye un bebé nacido durante el proceso, y a la investigación académica, que había sido su pasión hasta que lo tentó la política. El ex dirigente político, quien antes del escándalo había sido unánimemente respetado por su inteligencia y criterio, tiene la intención de canalizar todas sus energías para crear una fundación, en la que se estudiará la historia de los últimos 30 años del país. El nombre será Fundación de Historia Reciente y su objetivo no es tanto profundizar en el proceso 8.000, tema del que se sabe casi todo, sino las causas de la endémica violencia nacional que, según Mestre, va a requerir la atención de las mejores mentes del país para sacarlo algún día de la guerra sin fin que padecen todos los colombianos.
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