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| 9/3/2011 12:00:00 AM

El primero que se fue

El relevo en el Ministerio de Defensa es un reconocimiento de que el deterioro en la seguridad es una realidad inocultable.

Los últimos meses en su cargo del responsable de la cartera de Defensa, Rodrigo Rivera, fueron un largo canto de cisne. Por eso, nadie se sorprendió cuando se convirtió, la semana pasada, en el primer miembro del gabinete en renunciar. Ahora, apenas a un año de iniciado el nuevo gobierno, el país tiene nuevo ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, quien se ha echado encima el reto de su vida.

Rivera dirigió al presidente Juan Manuel Santos una curiosa carta final: una larga reivindicación de su desempeño en el cargo -que incluyó hasta un anexo con las cifras del Observatorio de Delito de la Policía mostrando la "reducción real de la criminalidad que afecta a la gente"- para desembocar en una lacónica frase que cogió por sorpresa hasta a sus ayudantes más cercanos: "Hoy considero, señor presidente, que debo terminar este periodo de mi vida (…) razón por la cual le presento renuncia a mi cargo como ministro de Defensa". Renuncia, a todas luces pedida, que fue aceptada inmediatamente. El presidente, sin embargo, no solo elogió la gestión del ministro Rivera, sino que lo nombró embajador ante la Unión Europea, la Otan y Bruselas.

Su salida no fue producto de un detonante repentino o un error de bulto, sino por una acumulación de hechos, grandes y pequeños, de percepciones y realidades, que se han convertido en el primer gran problema de este gobierno y condujeron a la paradoja de que el único representante del uribismo en el gabinete, aquel que en teoría iba a cuidarle al expresidente su "huevito" de la seguridad, se volvió objeto de ataques de sus 'propias tropas' en el Partido de la U.

Pero el problema de Rivera no fue la política sino la seguridad. Un tema que había dejado de contarse entre las preocupaciones de los colombianos durante la segunda administración de Uribe volvió este año al primer plano de los motivos de desvelo de la opinión pública y se convirtió en piedra de la discordia entre el gobierno y los seguidores del expresidente.

Rivera fue víctima de una combinación de circunstancias. La principal de ellas, el deterioro de sensibles indicadores de seguridad. Mientras él enarbolaba, como en su carta de renuncia, la reducción de homicidios, las muertes de Jojoy y de Cuchillo y los miles de irregulares desmovilizados, capturados o muertos, las encuestas mostraban un persistente crecimiento de la percepción de inseguridad entre la gente, alimentada por el aumento del secuestro, la extorsión y las masacres; por constantes acciones de las Farc, que un día quemaban una tractomula en una troncal y al otro hacían volar una chiva bomba en un pueblo del Cauca, y por el deterioro de algunos indicadores de seguridad urbana.

Desafíos de la realidad a los que se añadieron evidentes dificultades del ministro para consolidar su liderazgo frente a los militares, de una parte, y para comunicarlo efectivamente al público, de otra. Llegó con dos viceministros y la cúpula militar designados antes que él. Dos errores, que deben atribuirse al Presidente, le costaron caro. Poner a un miembro de la Armada al frente del Comando General despertó innumerables resistencias en el Ejército, la fuerza habituada a llevar la batuta. Lo cual desembocó en la temprana crisis en la que Santos, equivocadamente, aceptó la salida del general Gustavo Matamoros. El único viceministro que nombró Rivera, el excolumnista Rafael Guarín, tampoco contribuyó a consolidar su autoridad. En los pasillos del Ministerio bullían los rumores y las frases de inconformidad. Hacia afuera, el ministro, a pesar de ser un político curtido y toreado en varias plazas, exhibía cifras que no convencían a la opinión, que lo llevaron a enfrentamientos públicos como los que tuvo con la gobernadora de Córdoba, quien criticó duramente los datos oficiales de homicidios en su departamento, quejándose de que, pese a la operación Troya, el crimen organizado sigue haciendo estragos allá. Para completar, tres figuras destacadas en Presidencia -Sergio Jaramillo, Francisco Lloreda y el propio Pinzón, en la Secretaría General-, dos de las cuales habían sido viceministros de Santos en Defensa, tenían sus puntos de vista y estaban a cargo de temas claves en seguridad nacional, seguridad ciudadana e infraestructura, que volvían aún más difícil su liderazgo.

Todo esto se prolongó por varios meses, en medio de críticas crecientes y la visible dificultad del ministro para cambiar la marea que subía en su contra, lo que terminó por llevar al presidente a reemplazarlo por Pinzón, un hombre de Casa de Nariño, de su entera confianza, con el que trabaja desde que era un estudiante universitario.

La tarea que tiene ante sí el recién llegado es intimidante. Debe hacer que la pesada nave del Ministerio responda con eficacia a los nuevos desafíos de la guerrilla y los grupos que llenaron el espacio de los paramilitares, y llevar a la práctica los ajustes en la estrategia operacional ordenados por el presidente en su discurso en el Puente de Boyacá, el 7 de agosto. Tiene que producir prontos resultados en materia de secuestro, asesinatos colectivos, seguridad ciudadana y otras áreas sensibles. Debe recuperar el liderazgo entre los militares, poner fin al revuelto estado de ánimo interno en el Ministerio, apaciguar tensiones y ofrecer respuesta a los clamores de 'inseguridad jurídica' de los uniformados sin ceder en materia de derechos humanos a los sectores más recalcitrantes. Y como si todo eso no bastara, debe convencer a las encuestas de que la seguridad mejora, nadando contra la corriente de percepciones negativas de opinión que llevan ya casi un año.

Su llegada ha sido bien recibida y casi todo el mundo coincide en que si alguien está en capacidad de coger ese toro por los cuernos es Pinzón. El elogio del presidente ya hizo carrera: "Nació y creció en los cuarteles, hijo de militar, casado con hija de militar", lo que indica que el nuevo ministro tiene credenciales para pisar fuerte en ese ámbito. Su competencia y sus calificaciones académicas se complementan con los tres años que pasó como viceministro de Defensa, entre 2006 y 2009. A diferencia de Rivera, va a participar en la designación de la nueva cúpula, que puede tener lugar antes de lo previsto, y tiene las manos libres para nombrar viceministros. Su llegada significará el retorno del Ejército al frente del Comando General (aunque en la línea de mando están primero Armada y Fuerza Aérea, y la figura del general Alejandro Navas, hoy al frente de las tropas de tierra, no parece reunir todos los consensos). Y si hay alguien con línea directa con el presidente, es Juan Carlos Pinzón.

Sin embargo, no la tiene nada fácil. A este gobierno le ha tomado un año redefinir su estrategia de seguridad. El documento central, Política Integral de Seguridad y Defensa para la Prosperidad, cuyo ambicioso objetivo es acabar con las guerrillas y desarticular las denominadas bandas criminales para 2014, se publicó en mayo. Dos meses antes se había afinado la estrategia frente a estas últimas. Y, el 7 de agosto, el presidente anunció la "revisión" de la estrategia operacional en cinco áreas: inteligencia, operaciones, justicia, consolidación y protección jurídica de los militares ("revisión" que significa que todos estos temas siguen aún en estudio y que producir resultados tomará su tiempo). Mientras tanto, la realidad diaria de la inseguridad en algunas regiones no da tregua; la exploración minera y petrolera se ha disparado y, con ella, los retos para cuidar la nueva inversión en zonas apartadas a las que fueron empujadas las guerrillas. De allí la que es quizá la mayor dificultad que enfrenta el nuevo ministro.

Este gobierno lleva un año intentando convencer a una opinión pública cada vez más escéptica de que, con su proclamada "prosperidad democrática", llegó la era postseguridad democrática, pero la pertinaz actividad de avispa de las Farc, la 'bacriminización' de ciertos territorios y el deterioro de la seguridad urbana en ciudades como Cali y Medellín evidencian que el país tiene aún desafíos mayúsculos a los que la estrategia oficial todavía no responde adecuadamente.

Al presidente Santos no le ha quedado otro camino que asumir que la seguridad sigue siendo una piedra en el zapato demasiado prominente en su agenda de la prosperidad. La realidad es terca. Por más que mejoren algunos indicadores y que haya razones de fondo para concentrarse en la inversión, las locomotoras, el desarrollo y la pobreza, esas amenazas están ahí y al menor descuido causan dolorosas sorpresas. Como la necesidad de cambiar al ministro de Defensa a un año de empezado el gobierno. Muestra contundente de que la seguridad se resiste a pasar a segundo plano.
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