Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/06/30 00:00

El puerto indomable

A pesar de la militarización, la violencia tiene asolada a Buenaventura. SEMANA estuvo allí y palpó el drama que vive la población.

El puerto indomable

Cuando Claudia Barahona, de 25 años, llegó a la sala de emergencias del hospital de Buenaventura, los médicos sabían que sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Unos minutos antes, había salido de su casa en el barrio Lleras, para llamar desde una cabina telefónica a su hermana que vivía al otro extremo de la ciudad donde, según las noticias, había estallado una bomba. Se tranquilizó al escuchar que su hermana estaba bien. Pero de regreso, una carga explosiva le estalló de frente y le partió el vientre en dos. Llegó moribunda al hospital donde un puñado de médicos improvisaban camillas para ubicar los 68 heridos que dejaba hasta ese momento la ola terrorista en el puerto. Claudia fue trasladada hasta Cali, en la única ambulancia del hospital. Allí murió.

Un contingente de infantes de Marina custodia la puerta de emergencias desde diciembre pasado cuando en plena sala se armó un tiroteo. La noche del miércoles pasado las enfermeras no daban abasto. Una mujer suplicaba para que le limpiaran la sangre a la camilla donde acababan de acostar a su marido, pálido por la asfixia. Más allá, una mujer joven se retorcía por la jaqueca. Y una señora se sentía al borde de un infarto porque tenía la presión arterial disparada. "Nos está matando el estrés", dice Nur María Angulo, quien lleva 23 años como enfermera. "Tanta sangre por esta guerra que vivimos aquí", se lamenta.

La ciudad nunca ha sido un lecho de rosas para sus habitantes. Pero en el último lustro su situación ha empeorado. A la pobreza ancestral se le sumó una violencia endémica. Hoy se puede decir que en esta ciudad de 340.000 habitantes hay un peligroso coctel que mezcla corrupción, conflicto armado y narcotráfico. El punto de quiebre, que empujó la ciudad al despeñadero, ocurrió en el año 2004 cuando un grupo de hombres entró al barrio Lleras y masacró a 12 muchachos. Desde entonces, los muertos con frecuencia aparecen amarrados en los espolones que dan al mar. La violencia que se vive es caótica.

Por un lado, están las milicias de las Farc. "Son milicias de chancletas y bermudas", explica el coronel de la Policía Fredy Muñoz. Muchachos de barrio organizados por las Farc para pequeñas vueltas de narcotráfico, que generalmente tienen armas cortas, y que actúan en sus propios barrios. Son pobres. Están en el negocio del narcotráfico, pero no ven la plata. Sólo migajas de ella. Aunque no son una red sofisticada, causan muchas de las muertes diarias que se dan entre vecinos por pequeños ajustes de cuentas, extorsionan a todo el mundo -cada casa debe pagarles 2.000 pesos- y matan a quien se les antoje. La semana pasada la Policía desenterró el cadáver de un pobre comerciante que hacía poco había llegado al barrio a cobrar unas facturas, y que cometió el único pecado que no se puede cometer allí: ser extraño en una tierra de nadie.

Aunque la ciudad tiene 900 policías, posiblemente los mejor dotados del país, el control se ha hecho muy difícil por la falta de colaboración entre la gente y las autoridades. Hay una brecha enorme entre una población negra, que ha sufrido el racismo institucional, y una Fuerza Pública que no tiene un plan para una cultura como la del Pacífico. En una declaración que cita el New York Times, y que le dio la vuelta al mundo, el anterior comandante de la Policía de la ciudad, Yamil Moreno, dijo en mayo pasado sobre la gente de Buenaventura: "Son unos vagabundos. Sólo les gusta comer, beber y matar". En contraste, el coronel Muñoz, que cumplió más de dos años en la zona, cree que la situación de inseguridad no mejorará si no hay un plan de choque para la emergencia social y humanitaria de la ciudad. "Aunque se aumentó la presencia militar y de policía, no ha ocurrido lo mismo con la justicia". Casi todos los que son detenidos con armas quedan libres. Y, por increíble que parezca, aunque se vive desde hace más de tres años la peor ola terrorista del país, no hay justicia especializada.

En algunos de los barrios más conflictivos, como la Inmaculada y Piedras Cantan, cuentan con presencia de la Armada. Un grupo especial de fuerzas especiales actúa en operaciones relámpago en las casas donde saben que hay explosivos, o donde se encuentran mandos medios de las Farc. "No se trata de milicias inofensivas. Hemos sido atacados desde algunas casas con fusiles AK-47", dice el capitán a cargo de este grupo elite.

Una noche, después de que el toque de queda fue levantado, las fuerzas especiales recorrieron con SEMANA estos barrios. A las 9 de la noche estaban desolados. En estos días, la gente tiene miedo de acercarse a la Armada que es el blanco de todas las retaliaciones de las Farc.

El 5 de junio un grupo especial de la Armada se infiltró en la selva y esperó con paciencia varios días hasta que en el horizonte del río Cajambre apareció una lancha con cuatro guerrilleros visibles. Uno de ellos era Milton Sierra, más conocido como J. J., un veterano combatiente de las Farc, del Frente Manuel Cepeda, jefe nacional de milicias de esa organización y el encargado de todas las operaciones insurgentes y de narcotráfico en esa parte del Pacífico. J. J. era un hombre carismático a quien se le había encargado la tarea de hacer de Buenaventura un bastión estratégico para la guerrilla: controlar la ciudad, para controlar el Puerto. Y así poder sabotear, en el mediano plazo, la economía de un país que se apresta a incrementar el libre comercio.

Ese plan se truncó cuando varios francotiradores del grupo especial de militares dispararon contra los guerrilleros. Un quinto guerrillero que iba tendido en el piso maniobró la lancha, salió del área de fuego y se llevó a los heridos. Posteriores interceptaciones les darían a las Fuerzas Armadas la convicción de que J. J. estaba muerto y que con su muerte se le había dado a las Farc el golpe más duro de los últimos años.

La venganza no se hizo esperar. La semana pasada un carro bomba estalló al paso de un tractor lleno de turistas que venían del balneario Juanchaco. En realidad, el ataque era para un grupo de la Armada que se movilizaba en un vehículo similar en la zona. Los ataques siguientes, todos contra la población civil, demuestran que en Buenaventura hay, además de milicias, guerrilla urbana con capacidad para desestabilizar la ciudad. Y que posiblemente hasta J. J. sea reemplazable. Las numerosas capturas, las espectaculares desmovilizaciones, los guerrilleros muertos no han solucionado el problema. No cabe duda de que el plan de las Farc de tener a Buenaventura bajo su control sigue vigente. Bien sea por razones de su estrategia de guerra, o por lo que la ciudad significa como epicentro del narcotráfico. Así lo demuestra la muerte de 35 desmovilizados de las AUC asesinados sistemáticamente después de que los insurgentes les ofrecieran un pacto para trabajar juntos. Pacto que, al parecer, no funcionó.

Para la Policía y la Armada, está claro que las Farc no son las únicas interesadas en golpear el puerto. Creen que tras muchas redes criminales se mueven narcotraficantes poderosos, como Wílber Varela, que quieren convertir la ciudad en un polvorín. Se trataría de una estrategia de distracción para que la Fuerza Pública abandone zonas del norte del Valle y les deje la vía libre en otras zonas del Pacífico por donde está saliendo la coca.

Buenaventura está rodeada de selva y mar, y envuelta en una maraña de caños y esteros que hacen difícil el control del territorio. Aun así, la Armada ha ido logrando ese control. La operación contra J. J. demuestra que se está trabajando en serio en ese camino. Pero aún no está claro cómo controlar unos barrios, con una población que se hunde en la miseria y que tiene más incentivos para estar en el delito que en la legalidad. En todo caso, la bota militar no parece ser la respuesta. Por lo menos, no la única respuesta a tantas décadas de olvido.

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