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| 5/25/1987 12:00:00 AM

EL REGRESO DE LA CUSTODIA

La historia inédita de la custodia de las Clarisas.

A diferencia de la legendaria custodia de Escalona -esa del pueblo de Badillo que se ha puesto de malas porque su reliquia le quieren robar-, sobre la de las Clarisas de Tunja no cabe la pregunta de quién se la robó, sino de qué va a pasar con ella una vez sea devuelta por Estados Unidos.
Pero las preguntas -quién la administrará, de quién es, quiénes la custodiarán- son la parte final de una historia de suspenso, intriga y emoción, en la que abundan timadores de categoría, monjas ingenuas, tribunales asombrados, abogados meticulosos, muertes prematuras, anticuarios aturdidos y funcionarios gubernamentales incansables.
Todo comenzó en Tunja en el brumoso año de 1734. Debía ser una mañana con frío y con lluvia, cuando se reunió el consistorio del convento de Santa Clara, uno de los primeros en construirse en el nuevo mundo. La superiora de la comunidad, madre Josefa del Castillo, sacó adelante la idea de mandar a construir una custodia con toda la pompa merecida por el Santísimo y con la espectacularidad digna de una comunidad con prestigio y, sobre todo, con plata.
El objetivo era tan preciso que el constructor no podía ser nadie menos que don Nicolás de Burgos, joyero de la Corte del rey Felipe V de España, que fue llamado a estas tierras alucinantes para tal fin. Y llegó. Demoró tres años en hacerle la custodia a las Clarisas y, por ahí derecho, también fabricó la de la Catedral de Bogotá. Tras su trabajo, don Nicolás se fue por donde vino y de él nada volvió a saberse nunca jamás.

QUE JOYA
Se fue don Nicolás, después de recibir su pago, las gracias y las manifestaciones de admiración porque -de verdad- lo que hizo fue una obra de arte sin economías: cuatro kilos y medio de oro amarillo y macizo, 67 centímetros de alta, 800 esmeraldas aproximadamente, 800 perlas barrocas, 40 amatistas, 40 jacintos y rubíes, y 40 diamantes. Una joya.
Y la custodia de las Clarisas comenzó a funcionar. A servir para lo que fue hecha: para la adoración, para mostrar la hostia, exponer el Santísimo y repartir bendiciones en las semanas santas. Durante 244 semanas santas, la custodia de las Clarisas funcionó, porque el 20 de junio de 1978, en un consistorio nada parecido al que decidió la construcción de la joya, las monjas pusieron el grito en el techo. En el techo del convento que se les estaba cayendo encima. Las herencias de los ricos ya no llegaban como en otros tiempos, los diezmos y las primicias se los disputaban otras parroquias y las hermanas de Santa Clara tenían ahí ese rancio toque de distinción en oro macizo, pero también tenían ahí unas paredes agrietadas y un techo perforado.
Entonces, quizás, no fueron ellas las encargadas de tomar la decision. Fueron, tal vez, la pobreza y las goteras, las que se encargaron de ello: hay que vender la custodia y la idea fue aprobada por monseñor Augusto Trujillo Arango, arzobispo de Tunja.
Pero no fue fácil salir de esa joya. Muy bonita, muy histórica, muy santificada, pero inútil, fueron los argumentos que se encontraron por el camino las monjas, quienes se dieron cuenta que lo que habían conservado durante años era una especie de elefante blanco. La ofrecieron al Museo del Oro y nada; a los anticuarios de prestigio y tampoco; a los joyeros encumbrados y menos. Pero el viacrusis terminó el 1° de octubre de 1978 cuando apareció el comprador: Carlos Alberto Manzur, un manizalita buena gente, negociante en antiguedades que resolvió darse la pela: pagó dos millones de pesos por la custodia (unos 40 mil dólares en la época). El precio, sin embargo, era irrisorio, debido a que entonces la cotización por lo bajo era de un millón de dólares.
Manzur pensó que había hecho el negocio de su vida. Y, según sus palabras después, lo que selló fue un pacto con la mala suerte. "Desde que compré la custodia comenzó mi mala suerte", dijo alguna vez el manizalita, que se "enguesó" con la reliquia. Durante dos años largos todo ese capital y toda esa expectativa de ganancia estuvieron metidas dentro de un escaparate, porque Manzur no le encontraba dueño a la joya de las Clarisas.

DE MANO EN MANO
En febrero de 1981 a Manzur se le apareció la Virgen. Eustorgio Padilla y el joyero judío Joseph Eliezer Attía, dijeron pago y le dieron a Manzur cheques por tres millones 936 mil pesos. Descontando la inflación y las posibilidades de poner a rentar la inversión inicial, Manzur salió del negocio ras con apenas, aparentemente. Aparentemente se dice porque los cheques del pago resultaron groseros. Y el dolor de cabeza de Manzur siguió y siguió.
En este punto a la historia llega un episodio cinematográfico: ocurrió en el aeropuerto Eldorado de Bogotá, cuando el joyero judío y su esposa se iban del país cargando con la custodia y con un puñado de esmeraldas y otras piedras. Pero tenían cuentas pendientes con un grupo de negociantes en gemas (esos que habitaban y morían en la calle 14 y que se les conoció para siempre como esmeralderos) y estos se encargaron de hacerlos bajar del avión con todo y carga. Así, momentáneamente y sin darse cuenta, los "gemólogos" recuperaron para la patria una pieza del patrimonio cultural.
Días después del incidente de película, Manzur respiró tranquilo. Su pago se hizo efectivo y, por órdenes de los compradores, entregó la custodia al personaje más intrincado de esta historia, el chileno Eduardo Emilio Uhart, nacido en Concepción en el 42 y dueño de un prontuario descomunal; se le siguen procesos en Dinamarca, Alemania, Francia y Colombia sin que se conozcan datos de otros países a donde también llega la acciór de la Interpol que lo busca y no lo encuentra desde hace años. Cheques sin fondos, estafas mayores y menores, cuentos chinos y paquetes chilenos, constituyen la especialidad de este chileno que algún día se casó con la colombiana Leonor Carrasquilla y tuvieron una hija con nombre de poema y vida de leyenda: María de las Estrellas.
La joyita de Uhart, pues, se quedó con la custodia y se dice que por ella pagó 150 mil dólares a los judios. Con un desparpajo de timador, el chileno (que se había hecho colombiano ilegalmente, cambiándose el nombre y todo) empezó por Bogotá a ofrecer la custodia. Hasta el Museo del Oro recibió su visita y la propuesta de que le pagaran doce millones de pesos por ella.
Cuando se le acabaron las esperanzas en Colombia, Uhart sacó la reliquia del país rumbo a Nueva York y ahí, en el registro de la aduana, cometió un error infantil, indigno de una mente tan profesional: declaró que llevaba un caliz español y la mentira es un delito que, en casi todos los casos, se castiga en Norteamérica.
Pero para mover con propiedad la custodia por los salones de antiguedades de Estados Unidos, Uhart entendió que necesitaba ponerle el misterio histórico al asunto. Resolvió, entonces, convencer a las hermanas Clarisas de que le dieran un recibo diciendo que él había sido el comprador original y, además, que le tradujeran del español antiguo la historia remota de la fabricacion de la custodia.
Seguimos en 1981, pero ya no es febrero sino abril. El seis de abril. La custodia espera en Nueva York que Uhart llegue para empezarla a negociar. Y Uhart está en Bogotá. Resuelve convencer a su hija María de las Estrellas, un prodigio que ganó concurso literario a los cuatro años y fue admitida en filosofía y letras de la Universidad de Los Andes a los 13, que fuera a Tunja a recoger los papeles en el convento. María de las Estrellas se embarcó en la ayuda a su padre y, con un carro que el chileno alquiló, se fue la joven con un amigo, como de paseo, en busca del documento ansiado. Faltando un kilómetro para llegar a Tunja, un accidente la mató, pero Uhart, cuando supo, parece que no se preocupó tanto por la muerte, como por conseguir como fuera la documentación de las Clarisas. Se fue a Tunja y mientras el cadáver de su hija estaba en un hospital, el chileno daba siete mil pesos de "limosna" por obtener los papeles.


SE BUSCA UN COMPRADOR
Pero a pesar de su habilidad, de sus conexiones y de las ganas de dólares, Uhart no salió de la custodia tan fácil como había pensado. La mostró, la ofreció, la alabó, la hizo avaluar, pero solo en octubre de 1982 consiguió algo parecido a un comprador, pero por lo menos una esperanza: el negociante James Newton, con vinculaciones en museos y en casas de anticuarios.
Uhart y Newton se pusieron de acuerdo. El gringo se encarga de vender la custodia con derechos durante un año, a cambio de darle 200 mil dólares al chileno. Según un contrato firmado por las partes, si al término de un año no había venta, podían ocurrir dos cosas, que Uhart le devolviera los 200 mil dólares a Newton o que, automáticamente, el contrato se prolongara en iguales términos durante un año y medio más.
Newton si tenía contactos. Solo dos meses demoró en encontrarle comprador a la custodia, así resultara ser el peor negocio de su vida. Lo que pasó pertenece a la jurisdicción de los milagros: buscando y buscando, el gringo llegó al Museo de San Antonio Texas a ofrecer la reliquia. La directora de ese Museo, Ann Kelker, oyó con atención, pidió tiempo para hacer una oferta y en dos minutos se imaginó el cuento, ayudada por una casualidad irrepetible; sus prácticas de museología las había hecho en el Museo del Oro de Bogotá y eso le permitió oler que ahí había algo turbio. Se puso en contacto con Luis Duque Gómez, director del museo colombiano y en una semana habían formado el pastel para recuperar la custodia. El puntillazo final lo dieron dos agentes de la aduana que se disfrazaron de millonarios tejanos, al estilo J.R., quienes le pusieron cita a Newton para negociar la custodia, con el interés de donársela al museo de la ciudad. Y ¡zuácate! La custodia decomisada comenzó a ser noticia.
Uno de los primeros en enterarse fue el Presidente Belisario Betancur. Interesado en el patrimonio cultural Betancur impartió instrucciones al cónsul en Nueva York, Guillermo Angulo, para que se moviera rápido en el objetivo de recuperar para el país la reliquia de las Clarisas. Y se movió rápido; la oficina de abogados Burke y Burke, que tradicionalmente ha tenido como cliente al Banco de Bogotá, ofreció todo su staff a la causa y la cosa empezó a moverse al nivel que tocaba, el jurídico.
Newton no se quedó quieto. Consiguió abogado, demandó el decomiso de su custodia y las leyes empezaron a ventilarse en audiencias que conquistaron la atención de la opinión pública de San Antonio, vertida a favor de devolverle a Colombia la reliquia. "La complicidad étnica de la gente de San Antonio con nosotros nos favoreció", recuerda a SEMANA Guillermo Angulo. "Si la custodia hubiera caído en Boston, por ejemplo, se queda allá", agrega.
Y así fue. San Antonio, que es una ciudad bella llena de chicanos, con restaurantes de guacamole y enchiladas que hacen enrojecer, estuvo pendiente de los pormenores del lío. Carlos Umaña, un abogado colombiano que hacia un posgrado en Nueva York y asistió a la oficina de Burke y Burke en el pleito, recuerda el episodio como uno de los debates más seguidos por el público y por la prensa, debido a su carácter insólito y al show-man tejano que era el abogado de Newton.
En un juicio largo y luchado, todas las instancias fallaron contra Newton. En el proceso se recuerda como un testimonio contundente el que rindió Luis Duque Gómez, el director entonces del Museo del Oro, quien soltó un discurso en el mejor antioqueño ante un jurado y un público que entendía la mitad por ser chicano y se imaginaba o le traducían el resto.
A lo último que recurrió Newton fue a la Corte Suprema, quien se abstuvo de estudiar el caso, por encontrar que una de las partes mostraba ciertos orificios en la ética. Y, en consecuencia, la custodia volverá a Colombia después de que se acabe dentro de dos meses una exposición en el Museo de San Antonio, donde los tejanos están viendo algo de lo que se habló durante meses.
Aunque la noticia del regreso de la custodia de las Clarisas causó alegria por lo que significa para el patrimonio cultural, una duda seguía flotando, producto de la falta de leyes que amparen esos tesoros; qué va a pasar con la custodia.
La idea que parece caminar derecho es la de que la asuma el Banco de la República a través del Museo de Arte Religioso. Aunque en el camino se atravesarán, sin duda, tinterillos pescando en el río revuelto de las leyes colombianas, la decisión gubernamental, según supo SEMANA, es hacer todo lo que sea pertinente para asegurar que la custodia entre para siempre en la lista de las joyas del patrimonio nacional. Pero, aparte de los problemas jurídicos que deberá enfrentar esta idea, sin duda resultará otro, ¿quién custodiará la custodia, una joya que por lo bajito vale, según avalúos, cerca de dos millones de dólares?
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