Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2005/09/25 00:00

El relato de una vida

Alberto Giraldo siempre dijo que no quería crear más tormentas políticas, pero el país volverá a estremecerse cuando conozca sus memorias.

Alberto Giraldo López murió a los 71 años, de los cuales 38 se los dedicó al periodismo. Su pasión fue siempre ser reportero. En la década de los 50 ya se movía como pez en el agua en los círculos políticos. Conocido como el 'loco' Giraldo, alcanzó una dosis de popularidad en casi todos los medios de comunicación del país.

Hoy en día ya no soy nadie. Ni siquiera soy ya el loco Giraldo. Ni el inteligente que me creía. Ya ni siquiera tengo la capacidad para conseguir noticias". Así comienza el último relato que hizo de su vida Alberto Giraldo López al periodista Juan Carlos Giraldo, quien fue su amigo y confidente durante sus últimos años. Con la inteligencia y la velocidad mental que lo caracterizaron, el 'loco' Giraldo dejó escrita la historia del país a través del recuento de su vida.

Giraldo, un reconocido periodista político, se hizo tristemente célebre en 1994 cuando se revelaron unas conversaciones telefónicas suyas con Miguel Rodríguez Orejuela, uno de los jefes del cartel de Cali, en las cuales se hablaba de la financiación de la campaña presidencial de Ernesto Samper. Ese diálogo, que se bautizó como los 'narcocasetes', provocó el proceso 8.000, una de las peores crisis políticas del siglo XX.

El fallecimiento de Giraldo para muchos representa el fin de un capítulo oscuro del país. Pero, según parece, aún hay episodios desconocidos que sólo quiso revelar después de su muerte.

En una pequeña máquina de escribir que tenía en su celda cuando cumplía la condena por enriquecimiento ilícito redactó sus memorias. "Mi decisión fue, no hablar nunca. Todo lo que pasó y lo que hice está escrito aquí. -dice Giraldo en su relato- Se publicará algún día y quedará para la historia. Cuando yo desaparezca se conocerá todo. En este momento de la historia colombiana tan convulsionada... ¡para qué carajo voy a agitar otra vez el tema político!".

Fueron cinco años en la cárcel dedicados a recordar momentos históricos como sus relaciones con los ex presidentes de ambos partidos durante su carrera periodística. Su admiración por unos y su desengaño por otros. Relata las circunstancias en que se presentaron los hechos del proceso 8.000 y cuenta su versión de cómo el narcotráfico habría contaminado otras campañas presidenciales. "Dolorosamente el país tiene que enterarse de que dineros calientes ingresaron a otras candidaturas presidenciales anteriores al doctor Ernesto Samper y posteriores a la de él. Y mire. Diez años después él sigue estigmatizado por ese tema. Afortunadamente no renunció. La clase política lo respaldó y naturalmente se mantuvo el orden institucional que por fortuna hasta hoy se mantiene".

Así como hay episodios de su vida que van a desencadenar nuevas controversias, hay otros que se limitan a contar los momentos que tuvo que compartir en su celda y fuera de prisión con los capos de la mafia. Escribió los perfiles de los lugartenientes y mafiosos que conoció en la cárcel. Al fallecido Iván Urdinola lo describe como un "asesino muy querido y noble" a quien Giraldo le enseñó a leer y a escribir. Por supuesto, dedica capítulos a los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez Orejuela.

"Yo hasta el último de mis días seguiré siendo amigo de los Rodríguez Orejuela. Gilberto y Miguel se criaron dentro de un espíritu de sectarismo liberal y los llevó a tener unas adhesiones que al final los perjudicaron demasiado. Ese tipo de colaboración se lo prestaron a otros presidentes y nunca hubo las complicaciones del 8.000. Samper no significaba nada para ellos. Simplemente tenía la camiseta roja del Partido Liberal. Como el doctor Virgilio Barco y como el doctor César Gaviria. Yo no fui el relacionista de los Rodríguez Orejuela. Fui muy amigo de ellos y como amigo me tocó hacerles algunos favores. Y los hice. Pero nunca fui empleado de ellos".

Durante su vida nunca negó esa estrecha y larga amistad con los jefes del cartel de Cali, a pesar de que esta cercanía acabó con su brillante carrera periodística. En la década de los 50 comenzó su vida como reportero, durante el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla. Alcanzó una alta dosis de popularidad en los años 60, cuando era conocido como uno los cuatro mejores reporteros de su época. De allí aumentaría su protagonismo en casi todos los medios radiales, televisivos y escritos, como director y periodista. Trabajó en Radio Super, RCN, Todelar, La República y El Siglo. En este último medio tuvo sus mejores 'chivas' y se ufanaba de ser de los mejores informados de la actualidad colombiana. Se movía como pez en el agua en todos los círculos políticos y siempre se reconoció por su afinidad con el Partido Conservador. Pero, a medida que su situación económica empezó a mejorar, Giraldo fue abandonando su trabajo en los medios y se dedicó a otra de sus grandes pasiones: la buena vida, la cual fue posible gracias a su estrecha relación con los Rodríguez Orejuela.

A raíz de las explosivas conversaciones telefónicas con los Rodríguez Orejuela, su vida ya no volvió a ser la misma. Buena parte de la opinión pública se mostró sorprendida por el alcance de sus gestiones y de su familiaridad con los jefes del cartel de Cali. Este momento, el más amargo de su vida, lo relata refiriéndose a una de sus grandes aficiones: "Yo creo que el teléfono es el peor enemigo del hombre. No son el mundo, el demonio y la carne. Si no hubiera sido por el teléfono, el final de mi vida hubiera sido diferente. Yo soy consciente de que el teléfono fue mi perdición".

El escándalo lo llevó al "suicidio civil", como él mismo lo admite en el relato de su vida. "El proceso 8.000 cambió mi vida por completo. Yo era un profesional exitoso. Pero me llegó el momento. Me sentí como cuando uno se baja de un Mercedes-Benz 280 y se monta en una carretilla. Fue un cambio radical en mi vida en donde uno deja de ser una persona para convertirse en un sujeto que es víctima de la persecución de todos los que se creen dueños de la moral. Sin embargo, si volviera a nacer, volvería a ser el mismo".

Y siempre fue el mismo. Incluso cuando recobró su libertad visitó en la cárcel a Miguel Rodríguez para despedirse de él antes de la extradición del capo. Siguió compartiendo anécdotas y chismes en los círculos sociales, aunque un poco más reducidos. Ya no tenía el poder y la fortuna que ostentó en su época de gloria y llegó a sentir que lo habían dejado solo. "Yo no guardo rencor contra nadie. Es que cuando uno se cree el rey de todo el mundo, tarde o temprano lo paga". Sin embargo, manifestaba en público su malestar hacia el ex presidente Ernesto Samper y así lo cuenta en su relato. "Yo no tengo con él una relación ni distante ni lejana ni cercana. Él está en su lado y yo en el mío. Él tiene el título de ex presidente con todos los honores y yo desafortunadamente el de ex presidiario. Esa es la diferencia. Fuimos muy amigos, ya no".

Y, curiosamente, una de las últimas llamadas que recibió Giraldo fue la de Samper, quien preguntó por su estado. Lo sorprendió la noticia. Este antioqueño de Cisneros murió a los 71 años, de los cuales 38 se los entregó al periodismo.

A Giraldo se le cumplieron cinco deseos: poder despedirse de su familia, dejar unidos a sus cuatro hijos, ver los últimos noticieros para morir bien informado, dejar sus memorias para la posterioridad y ponerse una corbata de color azul cuando lo llevaran a la tumba. Así era el loco Giraldo.

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