28 noviembre 2009

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El rey Midas

PORTADAHace 50 años Luis Carlos Sarmiento fundó su primera empresa. Hoy es uno de los 150 hombres más ricos del mundo. ¿Cómo lo hizo?.

El rey Midas.

La semana pasada, el mismo día en que le entregaron el premio Vida y Obra de un empresario, Luis Carlos Sarmiento Ángulo le dedicó un rato de la mañana a resolver un sudoku. Y es que a sus 76 años, este hombre que ha llegado a alternar con Julio Mario Santo Domingo el puesto del más rico de Colombia
, todos los días saca unos minutos para uno de sus pasatiempos favoritos. "Ese sudoku decía 'bravo', pero se debieron equivocar porque lo terminé en 14 minutos", dice con la afable conversación que lo caracteriza.

Aunque decir "pasatiempo" en su caso puede no ser exacto. En primer lugar porque a Luis Carlos Sarmiento lo que menos le sobra es tiempo. En este mismo momento tiene la cabeza ocupada en proyectos que van desde la construcción del centro empresarial más grande del país en la Avenida El Dorado, hasta la creación del banco Grameen o banco de los pobres que, según sus cuentas, comenzará a operar el año entrante.

En segundo lugar, porque este popular juego japonés termina siendo una especie de metáfora de lo que ha sido su vida. Si Sarmiento es un rey Midas, su varita mágica es su descollante habilidad con las matemáticas.

Y eso lo descubrió él muy temprano. A diferencia de cualquier muchacho que a sus 14 años quiere ser futbolista profesional, el hobby del joven Luis Carlos era la contabilidad. Cuando se le pregunta que cuál es el secreto de su éxito, da un suspiro y primero responde: "Lo primero, como dice el presidente Uribe, es trabajar, trabajar y trabajar". Pero a renglón seguido: "Hay una cosa que a mí me ha ayudado mucho toda mi vida, que es esa segunda profesión, la de contador. Me lo enseñaron en el colegio, un año, una de esas clases a las que nadie le para bolas. Lo más importante en una empresa nueva es tener un buen contador. La contabilidad aterriza a la gente. De lo contrario, la gente se hace muchas ilusiones. En donde más dinero he ganado -y enfatiza el tono de su voz- ¡mucho dinero!, ¡muchísimo!, es organizando empresas".

Y explica con un ejemplo: "Si uno coge empresas con problemas cuyo valor comercial está muy deteriorado, como me pasó con el Banco de Occidente. Como estaba tan mal, compré las acciones por el 70 por ciento del valor nominal, lo organizamos y cuatro años después ese banco tenía un multiplicador de dos veces o dos veces y medio su valor en libros. Entonces comprarlo en el 70 por ciento y cuatro años después vale el 250 por ciento, ahí sí hay una utilidad grandísima y ese es un mérito de la contabilidad porque esa es una valorización real, no de mercado".

Esa fórmula, que aplicó también al Banco de Bogotá y a Cementos Samper, sumada a otras estrategias, lo ha convertido en uno de los 150 mortales más ricos del mundo en las últimas dos décadas. En 2006, Forbes dijo que su fortuna era la 140 del mundo, y en 2008 la misma revista le calculó su fortuna en 5.500 millones de dólares.

Lo sorprendente es que en la actualidad esas cifras son aún mayores. Para el año 2009 la proyección de las utilidades de siete de sus principales empresas es 2,5 billones de pesos, que equivale a un crecimiento de 55 por ciento con respecto al año anterior. Esto significa unas utilidades anuales de 1.250 millones de dólares, en uno de los peores años para la economía del mundo en mucho tiempo.

Pero, más allá de los datos de farándula de magnates, lo cierto es que Luis Carlos Sarmiento puede ser uno de los hombres más importantes en la vida diaria de los colombianos. Uno de cada 50 bogotanos vive en una casa construida por su organización, tres de cada 10 pesos que se depositan en el país lo hacen en alguno de sus bancos, y, según sus cuentas, paga entre el 2,5 y el 3 por ciento del total del impuesto de renta del país.

¿Cómo pudo un colombiano brillante intelectualmente, pero sin grandes recursos, palancas o conexiones, convertirse en el empresario más poderoso de Colombia? Esa historia es un poco desconocida y precisamente en este mes se cumplen 50 años del comienzo de esta epopeya empresarial.

Cómo empezó
Luis Carlos es el penúltimo de nueve hijos. El último es el obispo Enrique Sarmiento Angulo. Y entre sus hermanos también está Arturo, un empresario del campo. La mamá, Georgina, mantenía un régimen de disciplina tal, que a quien no llegaba a almorzar a la hora fijada no le tocaba comida. "El almuerzo era a las 12 y media y el que llegaba tarde comía lo que estuvieran sirviendo a esa hora y se perdía lo anterior. Si llegaba a la hora del café, pues tomaba café", dice Sarmiento en un perfil que acaban de publicar con motivo del aniversario de su organización. Y el papá, Eduardo, era un hacendado dedicado a negocios como el de la madera, en una hacienda de Guayabetal, en el camino de Bogotá a Villavicencio.

Toda la familia era bogotana y sus antepasados también. En el árbol genealógico está Joaquín Sarmiento, curiosamente uno de los fundadores del Banco de Bogotá en el siglo XIX. También está Crisanto Valenzuela, tío bisabuelo del papá, uno de los patriotas fusilados por los españoles en la reconquista, y el tío abuelo Ricardo Sarmiento, poeta que usaba el seudónimo de Delio Seraville.

Vivían en el Barrio Santa Bárbara, en la calle 5 con 5, y se iba caminando para el colegio San Bartolomé, en la plaza de Bolívar, donde se ganaba con cierta frecuencia el primer lugar por su buen desempeño. Para ese entonces ya se daban cuenta en su casa de que Luis Carlos tenía algo especial. "Era muy adelantado", dice su hermano el obispo. "En general, todos teníamos un rendimiento bueno, pero él tenía un magnífico rendimiento. Era ingenioso, creativo, buscaba cualquier oportunidad para ir adelante".

La precocidad lo llevó a que con apenas 15 años empezara su carrera de Ingeniería. "Yo nunca vacilé. Desde pequeño siempre supe que quería ser ingeniero", le dijo a SEMANA. Y cuando tenía 14 años ya oficiaba como contador, pues un amigo de su papá le pidió que le ordenara los números de su depósito de maderas.

La Universidad Nacional, según Luis Carlos Sarmiento, fue una de las mejores cosas que le pudo pasar. "Yo pagaba 40 pesos al año. Y lo que le enseñan a uno en esa universidad, que es extraordinaria, no hay con qué pagarlo", dice con un evidente entusiasmo. Brilló en ingeniería civil. Al terminar la carrera, se ganó la beca que la universidad le daba cada año al mejor de la promoción. Tenía todo listo para ir a estudiar en la Universidad de Cornell, donde ya estaba admitido, pero un episodio de violencia se le atravesó en el camino. Al dueño de una pequeña firma en la que llevaba trabajando un año, Santiago Berrío, lo asesinó la guerrilla en la zona de Puerto Nare cuando construía una línea de ferrocarril. Lo encontraron flotando en el río y los familiares le pidieron a Sarmiento que se quedara ayudándoles a liquidar la compañía.

Inicialmente la beca no fue cancelada, sino simplemente aplazada por un año. El sueño de su maestría en Cornell seguía vivo. Sin embargo, se desvaneció por cuenta de una flecha de cupido que lo llevó a contraer nupcias con Fanny Gutiérrez de las Casas. Según él, la situación económica era tan estrecha, que el estipendio no alcanzaba para los dos. A Fanny la conoció en un paseo de 8 de diciembre en el que fueron a recoger musgo, ella estaba en tercero de bachillerato en el colegio la Presentación de Chapinero, y él en segundo de carrera. Ella cuenta que Luis Carlos la enamoró porque era detallista y caballeroso, y también porque le ayudaba a hacer las tareas de álgebra. "Pero luego se dio un problema, porque empecé a sacar 5 en todo, hasta que un día el profesor me dijo 'Gutiérrez saca cero y Sarmiento cinco'. Él conocía los números de Luis Carlos porque era también su profesor en la universidad". Cuatro años después se casaron. Y hoy tienen cinco hijos -Adriana, María Claudia, Luis Carlos, Sonia y Luz Ángela-, 10 nietos y uno más que viene en camino.

Con los 10.000 pesos que le dieron como liquidación por su trabajo se compró una camioneta Chevrolet verde y montó entonces su oficina de ingeniero. De eso hace medio siglo. Él tenía claro que no tenía experiencia. Y por eso se apuntó a contratar con el Estado en obras a las que nadie se le medía porque estaban en zonas donde la temperatura estaba disparada por la violencia. Como en Alvarado (Tolima), donde le tocó ir a hacer un acueducto. "En ese pueblo una noche la guerrilla fue y mató a todos los policías. Al día siguiente amanecieron con las cabezas cortadas y colgados de los pies -cuenta indignado Sarmiento-. La violencia es la gran tragedia colombiana. Hace 60 años la violencia ya estaba. Con una ferocidad y un salvajismo, hasta peores que los de ahora".

Así armó su imperio
La historia de Luis Carlos Sarmiento se podría dividir por décadas. La de los años 60 fue la de la vivienda, y la de los 70 la de los bancos. En su condición de contratista del Estado, construyó unas primeras casas, y con eso logró el know how suficiente para competir en las grandes ligas cuando Bogotá necesitó acomodar a los millones de personas que botó la violencia del campo. Sarmiento estaba en el lugar y en el momento indicados.

En 1966 construyó la urbanización Las Villas y desde entonces empezó a plagar de "villas" la capital. Desde 'Villa del Prado', en la 170, hasta 'Villa del Cerro', en Ciudad Bolívar. A cada obra, Luis Carlos Sarmiento le va poniendo un número, y su actividad en materia de construcción se refleja en un solo dato: hoy se están acercando a la obra número 1.000.

Cuando cumplió 38 años, el ya para entonces reconocido constructor, quiso dar un salto. "Quería comprar un banco. Me parecía un buen negocio. La construcción es cíclica, tienes cinco años de bonanza y luego llega una caída, a veces hay buen trabajo y a veces muy poco". Y desde entonces empezó a desarrollar una afición, que se ha extendido a lo largo de 40 años, de comprar bancos.

No ha sido nada fácil. Cada compra ha sido toda una batalla. Y en el camino han quedado algunas heridas abiertas. La construcción de un imperio de semejante dimensión inevitablemente no puede dejar a todo el mundo satisfecho. Y mucho más en el caso del oficio de banquero, que históricamente no ha sido el más popular. Por eso su ascenso a la cima no ha estado exento de contradictores.

En ese entonces, 1971, el gobierno no dejaba crear un banco más y tampoco nadie quería vender. Pero eso no lo amilanó y con su filosofía de resucitar los muertos, le echó el ojo al que estaba más mal, el Banco de Occidente. El problema era que las acciones estaban repartidas en muchas manos. Y a Sarmiento le tocó irse a Cali a comprarle, con plata en mano, a accionista por accionista. Diseñó un seguro para no sufrir un descalabro: si en un plazo de dos meses no lograba comprar el 50 por ciento, no estaba obligado a comprar las acciones sobre las cuales ya había hecho una negociación inicial. A él le interesaba todo o nada.

En dos meses -septiembre y octubre- alcanzó a comprar sólo el 43 por ciento. Pero decidió seguir adelante y empezó a pagar más caras las acciones. En febrero de 1972 llegó al 50 por ciento y cuatro años después, con su toque de Midas, ya lo había convertido en uno de los banco más rentables del país.

La historia de la toma del Banco de Bogotá es aún más jugosa. En 1980, este era el segundo banco del país, Sarmiento empezó a comprar acciones y llegó al 22 por ciento. El grupo Bolívar tenía para ese entonces el 27 por ciento. Y en la Bolsa se empezó a dar una guerra pocas veces vista, a tal punto que entre agosto y octubre de 1981, la acción se disparó de 50 pesos a más de 500, y el gobierno tuvo que intervenir. La partida, según registra el economista Armando Montenegro, estaba en tablas: el Grupo Bolívar tenía el 48 por ciento de las acciones, y Sarmiento, el 45. ¿Cómo acabó por adquirir el control del banco? De acuerdo con Montenegro, una jugada de ajedrez alrededor del concordato de Cementos Samper fue la fórmula mágica. La cementera tenía el 8 por ciento de las acciones del Banco de Bogotá y por cuenta de los movimientos que tuvieron lugar en su composición accionaria por el concordato, Sarmiento pudo hacerse a unas acciones que le permitieron romper la barrera del 51 por ciento.

A sus 55 años, Sarmiento, como dice el propio Montenegro, se coronó como el banquero más grande del país.

Después de eso vinieron otros golpes de astucia de su parte. Uno de los más recientes es el de Megabanco. Se lo ganó en 2006, en franca lid, a dos titanes de la banca, Bancolombia y Citibank, que estaban interesados en comprarlo. Sarmiento parecía tener más claro que ellos la importancia del nicho de ahorradores de este banco e hizo una oferta económica imbatible.

Y ahora, parece estar dando un paso adelante con la creación del Banco Grameen o banco de los pobres, para el cual Luis Carlos Sarmiento, en una exquisita combinación de filantropía y negocios, ya hizo una donación de tres millones de dólares.

Hoy, Sarmiento tiene cuatro bancos (Bogotá, Occidente, Villas y Popular), ha fusionado otros tantos que ha comprado (del Comercio, Aliadas, Unión y Ahorramás), tiene el fondo privado de pensiones más grande del país (Porvenir, que tiene el 30 por ciento de afiliados), una de las bancas de inversiones más poderosas (Corficolombiana) y compañías de seguros como Alfa que, según las proyecciones, crecerá 1.570 por ciento en utilidades este año.

Aunque su fuerte son los bancos y la construcción, Sarmiento ha incursionado en otros negocios, como el de la telefonía celular, con bastante éxito. Fue uno de los pioneros de la telefonía celular en Colombia a través de su firma Cocelco, que eventualmente vendería y se convertiría en Comcel. Y hace poco se vio tentado a participar en la licitación del tercer canal privado de televisión, en sociedad con el magnate venezolano Gustavo Cisneros. Pero finalmente no se metió. "¿Vio lo que está pasando? -responde con una pregunta-. Para serle franco, lo vislumbré. Yo me puse a analizar y a ver las cosas y dije no, no tiene buena cara. Y hablé con Cisneros y le dije no voy a ir".

Esa es otra de las condiciones excepcionales que tiene Sarmiento para los negocios. Como dice su hijo Luis Carlos Sarmiento, más conocido como 'Junior', su papá "tiene un olfato increíble". Y recuerda una de sus frases de cabecera: "Lo importante de esas apuestas es analizar no la cantidad de plata que se pueda llegar a hacer, sino la cantidad de plata que se puede llegar a perder".

Por esa razón, y en medio de la crisis hipotecaria en Colombia de finales de los años 90, Sarmiento el padre decidió capitalizar de su propio bolsillo, con 800.000 millones de pesos, sus propias empresas. "Por la absoluta certeza que tenía en mi grupo -dice­-. Mi primera obligación como líder de un grupo como este es adelantarme a las circunstancias. No es que yo pueda pensar mucho más que los demás, tal vez un poquito y en algunas cosas. Pero lo que sí tengo que pensar es antes. Y cuando deje de hacerlo, habré perdido mi liderazgo", sentencia.

Casi 100 por ciento reeleccionista
Sus colegas y empleados viven admirados de su capacidad de trabajo. Cuando se le pregunta sobre su rutina diaria parece estar hablando un ejecutivo que apenas está empezando su carrera. Trabaja seis días a la semana, en jornadas hasta las 9 de la noche. En su elegante, pero sobria, oficina del Centro Internacional, un día como hoy puede estar pendiente de los 600.000 metros cuadrados sobre los que se construirá la ciudadela empresarial, de los avances del proyecto del banco Grameen, de las posibilidades de la segunda calzada de la vía Bogotá-Villavicencio; del centro comercial Plaza Mayor, el más grande del país, que están terminando en el sur de la ciudad; del nuevo rumbo que él mismo le está dando a Colfuturo; de su tarea en la presidencia del Consejo Directivo de la Anif, y de cómo van las acciones de ciertas firmas en Nueva York.

Se mete hasta en lo más elemental, sobre todo en los temas de construcción, que siguen siendo su pasión. "Sigo mirando las cimentaciones y las estructuras de concreto", cuenta, porque tiene la teoría de que la clave de delegar es también saber supervisar. Los sábados, religiosamente, va desde temprano a la oficina. No para trabajar, sino para pensar. Lee todo tipo de revistas y textos de economía para mantenerse actualizado. Por eso ese día no hay ni secretaria ni teléfono.

¿Cuándo descansa? Casi nunca. Pero lo que sí se sabe es donde. Hace unos años adquirió la isla Eleuthera, en las Bahamas, con un pequeño hotel y una cancha de golf. Con docenas de empleados, Sarmiento los mantiene en perfecto estado, aunque no les da uso comercial. Es su paraíso privado. Ni siquiera hace vida social. Llega allá en su avión privado, un Gulfstream 550, escasamente con algún miembro de su familia y, según su esposa, Fanny, goza infinitamente como un niño chiquito montando en su cuatrimoto, vestido en shorts y sin escoltas por sus paradisíacas playas.

En los 'ratos libres' también se dedica a ser interlocutor de Presidentes -dice que desde Virgilio Barco hasta ahora todos han sido amigos suyos-, participa en redacción de leyes -se siente orgulloso de que en muchas de ellas hay artículos redactados por él- y en los últimos años ha dejado oír su voz crítica sobre asuntos medulares del país.

Una de sus principales preocupaciones ha sido el funcionamiento de la justicia en Colombia y en cada escenario que puede dice que necesita una reforma muy de fondo para ser más efectiva y, según sus análisis, cree que no es imposible sino que ha faltado voluntad. En el tema de la educación superior hizo algo parecido, pidió un análisis del funcionamiento de Colfuturo -programa del cual ha sido padrino desde sus comienzos- y concluyó que como estaba no servía para nada, y por eso hace unos meses convenció a otros 'cacaos' para que se metieran la mano al bolsillo y él mismo aportó cinco millones de dólares para dar un salto en la formación de doctores del país. En su momento hizo lo mismo cuando se iba a poner a funcionar el sistema privado de pensiones en el país. Él mismo fue hasta Chile, con su entonces asesor Luis Alberto Moreno, y le trajo al presidente César Gaviria un estudio de qué estaban haciendo bien allá en esa materia. Ese aporte fue bien recibido no sólo por el gobierno, sino por el entonces senador Álvaro Uribe Vélez, quien era el ponente de la reforma, y fue entonces cuando nacieron la amistad y la admiración que hoy los unen.

¿Usted quiere un tercer período de Uribe? "Es la primera vez en la historia de esos 60 años de violencia -porque no son 40, ni 50, sino 60- que hay un quiebre de esas fuerzas. Si se graficara la historia de la violencia ha sido como un electrocardiograma, con subes y bajas según los distintos gobiernos, pero con una tendencia ascendente. En el gobierno de Uribe esa tendencia es claramente descendente. No es un proceso que esté terminado. Claro, hay quienes hablan del problema de institucionalidad. Pero yo me pregunto, ¿no será que 60 años continuos de violencia desinstitucionalizan más a Colombia que un tercer período de una persona que esta al frente de ese problema? Para mí, sí".

Y añade: "La reelección no es una solución normal, no es la vida normal de un país, es la vida de un país con una tragedia nacional, y hay que resolverla. A mí me preguntan '¿y es que usted cree que no hay más gente capaz de hacerlo

', yo estoy convencido de que sí, pero el riesgo de equivocarnos puede ser muy alto. Ese no es un proceso que se pueda abandonar, no se puede decir ya le quitamos el 60 por ciento, hagamos un descanso y ahora dediquémonos a la educación o a la agricultura, y en unos cuatro años volvemos. ¡No señor! cuando regrese, ese 60 lo perdió entero. Ese es un problema que no admite interrupción. A nadie le gusta que le cambien el cirujano experto en la mitad de la operación".

¿Entonces usted es reeleccionista 100 por ciento? "Si podemos lograrlo dentro del esquema legal, sí. Sí tercer mandato, pero no de cualquier manera. Está muy difícil. Pero ojalá que sí".

Y es que a la familia de Luis Carlos Sarmiento le ha pegado, como a muchos colombianos, duro la violencia. La primera vez que les tocó irse del país fue en 1978, cuando secuestraron a uno de sus familiares. El banquero no se aguantó por fuera y a cada rato volvía. Cinco años después les tocó volver al exilio, pero por un drama aún más doloroso: un comando urbano de la guerrilla entró el 26 de enero de 1983 a la Universidad de los Andes y se llevó a su hija Sonia. El secuestro duró cinco meses. "He tenido muchos momentos felices, pero tal vez el que colmó mis aspiraciones fue el día que regresó mi hija", relata.

Al hacer un balance de lo que ha sido su vida dice que nunca pensó que iba a ser tan rico. "En primer lugar, dejemos claro que uno funda empresas para ganar plata. Es que aquí ese concepto se distorsiona y a la gente le da pena decirlo. Específica y únicamente es para ganar plata. Decir lo contrario es fariseísmo. Pero cuando a uno le va bien en los negocios, la tranquilidad económica se consigue relativamente rápido y la pregunta más bien es ¿y por qué sigue? Y la respuesta es que uno sigue porque esto lo arrolla a uno. Ahí empieza uno a sentir a su país de verdad. A ver que esas casas que hace baratas le resuelven el problema de vivienda a mucha gente. A ver que los impuestos que uno paga producen bienestar para el resto. A ver que uno puede ayudar en muchas cosas. Eso es casi un placer".

¿El placer de hacer dinero desaparece? "Es obvio que desaparece. Uno puede tener un carro, y si es muy rico, dos, y si es un extravagante, 10. Pero... ¿y después qué hace, ¿dónde los guarda, ¿para qué le sirven? Esas necesidades humanas son finitas".
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