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| 3/27/2017 7:02:00 PM

Así es como Bogotá mata su río

En el día del Río Bogotá, Semana.com presenta una crónica que muestra cómo la ciudad violenta sus aguas. En sólo 68 kilómetros le descarga el 80 % de los contaminantes que recibe en todo su tránsito hasta el Magdalena. ¿Por qué es tan difícil salvarlo?

En el límite con Cota, el rió Bogotá sigue vivo. En las inmediaciones del Club Pueblo Viejo, donde comienza su tránsito por la ciudad, pescan y hasta sacan cangrejos para hacer cocteles. Pero apenas empieza a recibir la descarga de la actividad humana de una urbe de ocho millones de habitantes, el río muere. Sólo en esos 68 kilómetros, de los 308 por los que se extiende, capta el 80 % de sus contaminantes.

El primer gran golpe lo recibe en la desembocadura del río Salitre. Antes de llegar a ese punto, en Suba, el agua del río clasifica en la categoría IV: no es la más pura, pero alberga vida y se puede usar con fines agrícolas, para regar cultivos, por ejemplo. Pero en esa unión recoge las aguas residuales de 2,5 millones de habitantes del norte de la ciudad y pasa a la categoría VIII, la peor posible. Ya no hay peces ni vida macrobiótica. Aparecen los olores fétidos y el agua se tiñe de negro. Los desechos orgánicos (las heces, sobre todo) consumen el oxígeno durante su proceso de descomposición y dejan su nivel de concentración en ceros. Con ese indicador se puede decretar la muerte instantánea del río.

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Y en este punto también se aplica la única herramienta de peso para descontaminar el río durante su tránsito por la capital. Allí funciona la Planta de Tratamiento de Aguas Residuales (PTAR) Salitre, encargada de eliminar los desechos que se producen entre la calle 26 y la 220. Sin embargo, su labor es insuficiente. De los 15 metros cúbicos de aguas residuales que la ciudad le arroja a su río a cada segundo, esa planta solo alcanza a tratar cuatro. Además, el proceso que allí se aplica es primario: remueve el 40 % de la materia orgánica y el 60 % de los sólidos suspendidos en el agua, según datos del Acueducto de Bogotá.

Para que el tratamiento sea más eficiente, la Corporación Autónoma Regional de Cundinamarca (CAR) contrató la expansión de la planta. Las obras arrancaron pero no han estado exentas de contradictores que, en esencia, argumentan que la obra afectaría al humedal El Cortijo. Pero las fallas en la limpieza del agua no son exclusivas de Bogotá. De los 47 municipios cercanos al río, sólo 22 tienen planta.

El segundo gran golpe lo recibe el río en Fontibón, cuando las aguas del Fucha se vierten en su cauce con todos los desechos que recoge ese afluente, sobre todo en su paso por la zona industrial de Puente Aranda. En el lugar de la desembocadura se ven unas pequeñas burbujas que estallan sobre la superficie y hacen pensar que hay oxígeno disuelto en el agua, pero, explican los técnicos de la CAR, ese es el efecto de toneladas de detergente usadas en los hogares bogotanos.

El recorrido continúa en el mismo sentido que avanza la corriente y una imagen se vuelve constante: la de los tubos que vierten los desechos líquidos y grises de fábricas y fincas aledañas. A lo largo del trayecto también se observan los residuos sólidos que se arrojan sin mesura. Hasta sofás y piezas de vehículos han encontrado allí. La CAR (que tiene un presupuesto anual de $700.000 millones para descontaminar el río) calcula que ha extraído alrededor de seis millones de toneladas de basura, desde que, en el 2004, el Tribunal de Cundinamarca dio la orden de descontaminar ese cuerpo de agua, en un fallo que fue ratificado por el Consejo de Estado, nueve años después.

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Pero en el trayecto también se hacen evidentes algunos síntomas de que el futuro del río puede ser distinto a su presente, y que son producto, precisamente, de esas sentencias judiciales: hay hileras de árboles que crecen a lado y lado del lecho. Hasta el momento, la CAR ha sembrado 260.000 cedros, robles y arrayanes, entre otras especies nativas, con las que se pretende devolver el entorno natural a la cuenca, y alrededor de los cuales ya han vuelto a revolotear patos y "monjitas" sobre el espejo de agua.

Antes de llegar a Soacha, el río recibe el último golpe en su paso por Bogotá. La desembocadura del río Tunjuelo se advierte porque el olor fétido se intensifica. Allí se descargan los residuos de las actividades industriales del sur. Las aguas terminan su tránsito por Bogotá en estado crítico.

Un par de kilómetros al sur, ya en Soacha, está vacío el predio donde debería ubicarse la PTAR Canoas, la que podría devolverle la vida al río. Sin embargo, hoy su construcción está en veremos. El Departamento de Planeación Nacional está estructurando una APP para que un privado asuma los 1.200 millones de dólares que, calcula la CAR, cuesta la construcción. Se espera que en el 2022 la obra esté lista y que junto a la ampliación de la planta de Salitre, deshagan en buena medida los estragos que ha causado la ciudad sobre su principal cuerpo de agua.

El plan es que la del Salitre se encargue de dejar en condiciones aceptables las aguas del río que lleva su mismo nombre, antes de que desemboquen en el  Bogotá. Y que la de Canoas haga lo propio con las el río Fucha y el Tunjuelo. Pero esas obras están por concretarse.

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Cuando el río Bogotá sale de la ciudad no tiene oxígeno disuelto en sus aguas y, por ende, está muerto. Así avanza hasta el Salto de Tequendama, donde la naturaleza se encarga de hacer, hasta donde puede, lo que el hombre no ha hecho. Con la caída de la cascada de 157 metros, el río recupera un leve procentaje de oxígeno y las aguas se vuelven de clase VI: mejoran su calidad pero siguen tan contaminadas que no sirven para ninguna actividad humana.

Y en ese estado llega hasta su desembocadura. En Girardot, las aguas del Magdalena reciben las del Bogotá, su mayor contaminante. Los residuos de la ciudad terminan expandiéndose por media Colombia. La mancha negra del Bogotá se expande por el gran río que atraviesa el país desde su nacimiento en el Macizo caucano hasta su puerto final en Atlántico. Así es como la contaminación de los bogotanos llega hasta el mar Caribe.



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