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| 7/9/2001 12:00:00 AM

El río de los paras

De Honda a Barranquilla hay 930 kilómetros, el río se vuelve navegable y el viajero avanza con la constante sensación de sentirse vigilado.

Por el Magdalena Medio y Bajo el forastero moderno viaja como los conquistadores, que lo recorrían atribulados, sin ver un solo indio pero esperando encontrárselos a todos en la siguiente curva: el río de los paras -porque es de ellos- es tranquilo en la superficie, brutal en el fondo y un infierno de calor, de humanidad y de posibilidades.

Cuando me llevaba a La Dorada en carro, porque desde Honda no hay transporte público por el río, un especialista que lo conoce bien resumió la situación: "Por Natagaima, Coyaima, Nariño, Beltrán, y también entre Río Seco y Guaduas, están las FARC, y hay elenos y Bolcheviques del Líbano por Ambalema y Venadillo. Pero desde aquí todo el río es los paras". Dos semanas hasta la desembocadura, se encargarían de demostrar de esta afirmación.



El fin del Alto Magdalena

Si bien Honda pertenece formalmente al Alto Magdalena, dos cosas la hacen parte del resto del río: la subienda y los paramilitares. A lo largo de sus rápidos, cavadas en el fondo, docenas de camas de cemento, con dueño y escritura notarial, se alquilan por turnos de dos horas, hasta por 2 millones de pesos la temporada, a pescadores venidos de todo el país a probar con atarraya y cóngola la suerte del rebusque en tiempo de subienda. Y, desde hace poco, los pescadores cuentan en susurros que ya hay grupos cumpliendo la tarea urbana y macabra de "limpieza" de indigentes.

En la seccional de Cormagdalena, que con tres funcionarios sin bote vela por 405 kilómetros de río de Natagaima a Nare con 28 municipios de cinco departamentos, dice que los problemas son iguales para todos. De Ambalema para abajo, quieren malecones; varios no tienen con qué operar las nuevas plantas de tratamiento de aguas negras; en lugar de rellenos de basura, botaderos a cielo abierto escurren lixiviados al agua. Mientras la reforestación o la siembra de alevinos a gran escala podrían ser estupendos negocios, los técnicos de la seccional, se cogen la cabeza ante el magro presupuesto y la miseria local: "la plata que usted dé es poquita; es frustrante oír a un alcalde pedir míseros 50 millones como una maravilla para su pueblo".

Y en lugar de unir a los municipios ribereños, "la cloaca más grande de Colombia", como llaman amargamente aquí al Magdalena, se vuelve desde Honda límite administrativo entre sus departamentos que pone a poblaciones con idénticos problemas a mirar a capitales distantes y disímiles. Que se pesque en el mismo sitio donde caen al río los detritos de los 7 mil habitantes de Puerto Bogotá luce como una tontería ambiental frente a la irresuelta odisea burocrática de la descontaminación del río Bogotá, que involucra un montón de instituciones. "Cormagdalena debía tener grandes proyectos de incidencia regional, en lugar de dar un peso aquí y otro allá"; esta crítica de un especialista de Honda se oye por todo el río.



El Magdalena Medio

La voz de Pedro Romero, funcionario de la alcaldía, feliz con los 22 millones de pesos que había conseguido en Manizales para sus proyectos de cultura ciudadana y ciclopaseos ecológicos, parecía sonar en Suiza y no en La Dorada, zona de influencia de los paramilitares. Pero sonaba, y al otro día 250 jóvenes salían en bicicleta al río Consacá. "Aquí tenemos una paz perfecta": el presidente del Comité de Ganaderos, dueño de una hacienda ejemplar donde cría búfalos que se venden más caros que el Brahman, el cebú tradicional, del cual la región tiene 300 mil cabezas, repite una frase que se oye por todo el Magdalena Medio. Y un alto funcionario local, que pidió no citarlo, sentencia: "ningún alcalde puede defender al Estado aquí".

Así, con variaciones, es el Magdalena Medio. Dependencia de finanzas departamentales casi tan magras como las municipales, ganaderos satisfechos y funcionarios que, quieran o no hacer cosas, deben contar con quien es la real autoridad. "A Dorada le pasa lo del país", me dijo su alcalde, "tiene todas las condiciones, está en el centro de Colombia, y es un pueblo pobre", señalando en un mapa el barrio Las Ferias donde la gente se hacina en proporción de 7 personas por 48 metros cuadrados. En el muelle, de donde tampoco salen chalupas de transporte público hace tiempo, se ven los primeros desplazados: unos niños indígenas que no hablan español, jalando del agua nicuros para el almuerzo. Y se puede almorzar en un estupendo restaurante, mirando el Magdalena, en la azotea del edificio del Comité de Ganaderos.

A Puerto Salgar no llega un barco hace diez años y Sergio Villamil, el inspector fluvial, tiene una lancha parada por falta de plata para la gasolina y no le mandan ni los bombillos de repuesto para su oficina. En Bogotá, en el ministerio de Transporte, declaran que para mantenimiento de equipos de todas las inspecciones del país el año pasado hubo 28 millones de pesos.



Empieza el río

Formalmente, el Magdalena Medio llega hasta Río Viejo, Bolívar, pero está dividido en dos zonas: la de control viejo de los paras y la reciente. Boyacá, Triunfo, Berrío hace años pasaron sus carnicerías. Aquí raramente matan a alguien pero reina un estricto control sobre quién llega. Desde Puerto Berrío (desde Yondó, por la ribera izquierda) hacia abajo los paras sólo hace poco le quitaron las orillas a la guerrilla, y aunque ya no es tan peligroso como antes, la gente viaja con cuidado.

"A usted aquí no lo paran porque anda conmigo", dijo el señor, con más de veinte años en Puerto Boyacá. En el día con él, me enteré que hay tres petroleras y 400 taxis y busetas, que se perfora un inmenso pozo petrolero y se gradúan al año 450 bachilleres, que el Partido Liberal fue fuerte en los setenta y la izquierda en los ochenta; hubo una década de guerra feroz y desde los noventa los paras tienen el control, y los liberales la mayoría de nuevo en el concejo. En el entierro de un profesor, otro contó que una colega había preguntado en la escuela a los niños quiénes eran sus héroes: "Botalón, Ponzoña y Colorado" -los jefes paras. "Hay cultura anti-subversiva hasta en los niños", sentenció un ex-alcalde presente. Les gustan las peleas de gallos, no hablan con la prensa. "Los conocen todos, la policía, cada persona".

A Puerto Boyacá (Boyacá), me llevaron dos pescadores que dieron una clase sobre los instrumentos del oficio. En este río, que ya es grande y navegable aunque no naveguen barcos, y donde se ven bagres de veinte kilos, se pesca con volador, para coger el pescado cuando candelea (sale a la superficie para aparearse), con peluso, una red superficial que es sólo para subienda, con trasmayo pesado, parecido a los chinchorros del mar, se ralea, entre dos, con una red que se tira antes de las palizadas, los troncos varados en el río, o se guacayanea, entre tres.

"El motor mío lo conocen, y no me hacen nada", fue una frase que oí a menudo de los lancheros, cuyas reglas pronto se aprenden. Ningún dinero compra que un motorista, como se llaman a sí mismos, acepte salirse de su zona.Donde lo conocen, puede viajar; fuera de ahí, el miedo puede más que la plata. Y así, va uno por el Magdalena, de manos de un motorista al siguiente, cada uno de ellos perfectamente conciente de las fronteras invisibles que no se deben cruzar, y uno esperando dónde, a la próxima autoridad, oficial o paralela, le parezca sospechosa la historia de un tipo recorriendo solo el Magdalena para escribir en una revista.

Aunque parezca inconcebible que alguna civilización pueda desarrollarse en un sitio donde los cafés tienen abanicos en las verandas al aire libre, Puerto Berrío, bulle de vida y tranquilidad. Hay ciclovía los domingos, se espera la apertura de la nueva refinería y la presencia del ejército es ostensible y la de los paras invisible. "Uno los transporta y conversa con ellos cuando vienen a mercar", dijo un taxista. El tren se suspendió y el ingenio local inauguró el motorodillo, una moto con carros de balineras que va por las vías. Las tractomulas que van a Medellín rugen frente a su casa, mientras el alcalde dice que en orden público esto es un país aparte y espera que la relocalización de la industria de Medellín se haga aquí. Por lo pronto, Berrío envía por el río modestas cantidades de carbonato de calcio y recuerda, como dijo la dueña de un bar, los días, hace años, de 50 muertos que tendían en el puerto envueltos en hojas "como cigarrillos".



Río de la guerra

El remolcador petrolero, que como toda la flota del río lleva las bordas blindadas y una guardia de infantes de marina hasta Magangué, varios días río abajo, pasa, con un suspiro de su capitán ante las Bocas de la Rompida: "hasta hace un año y medio, desde aquí la guerrilla nos levantaba a plomo, y viajábamos escondidos tras las bordas. Desde que los paras agarraron la orilla, vamos tranquilos". Todavía se ve la refinería de Barranca.

Dos días antes, la primera chalupa de línea, el bus del río, me había traído de Berrío al puerto petrolero, recién reponiéndose de una sequía que tuvo a la flota de remolcadores varada 53 días ante el Canal del Dique. Aquí, por la Casa Campesina, han pasado 3 mil desplazados de la guerra que conmueve hace años el río, y la oficina central de Cormagdalena bulle de gente calificada planeando cómo rescatar el río. En los barrios nororientales le cuentan a uno que en la Punta del Palo los paras, que han casi erradicado a los elenos, tenían hace unos días un muchacho trotando, castigado por haber dado correazos a una chiquita de tres años; y en la Sociedad Portuaria están celebrando que el puerto pasó de recibir 13 mil toneladas en el 99 a 73 mil el año pasado. Así, con dos vidas, vive Barranca.

Buena parte del camino hasta Calamar, 540 kilómetros río abajo, lo hice en esos paquidermos fortificados, sobrevivientes de la gran navegación por el Magdalena, que viajan en zig-zag por el río con 7.200 toneladas de petróleo, oyendo a un infante de marina contar cómo, cuando hay operativos contra los paras, ellos mismos les avisan, y viendo gente mísera de la ribera arrimar canoas para cambiar pescado por sobras de comida y ACPM

En San Pablo dan la bienvenida dos carteles: "Jesucristo te ama" y "Ejército Nacional no nos abandones". En la estación de policía reforzada con concreto y mallas, un agente con tres semestres de universidad cuenta preocupado que los paras hicieron un atentado con granadas a su jefe porque les están "recuperando" camperos y motos robadas, mientras señala, despreocupado, un civil que entra a la estación: "ese es uno de ellos ". Raspachines desempleados hablan de los estragos que la fumigación hace, de paso, con la yuca.

Desde Barrancabermeja, este es otro río, vasto y navegado, con pueblitos miserables y haciendas, a veces de narcos del interior, desfilando por la orilla. Se pasa por pueblos de nombre colombiano como "Cosas de la Vida". Los marinos cuentan los muñecos, a veces amarrados, a veces sin cabeza, que arrastra el río: en el viaje de subida fueron ocho los cadáveres flotantes. Un infante de marina, mirando una burrita en la orilla, suspira: "mi primera mujer". En Gamarra, que como todos los pueblos del gran río, vive tranquilo un mes al año con el agua a las rodillas, muestran al Mono, el para que patrulla en moto, y cuentan que sus colegas hacen lo mismo todas las mañanas en lanchas que toman prestadas y devuelven con gasolina. Se pasan La Gloria, las Bocas de Tamalameque y el puerto carbonero en el límite de Cesar y Magdalena. Y un día al atardecer, con los brazos de Loba y de Mompós abriéndose al fondo, aparece la silueta de El Banco que Pablo Escobar cambió para siempre con el edificio gigante que su muerte dejó, inconcluso, a la orilla. El estruendo del dominó en los cafés, el Old Parr de contrabando, los pikó atronadores son inconfundibles: este es el departamento del Magdalena.



El río grande

Mompós fue célebre y por décadas el "agua oficial, es decir, el cauce principal, por oposición a los brazos del río. Hoy es al revés y se navega por el brazo de Loba al que todo el mundo llama "río grande". Pero el olvido tiene sus ventajas pues esa es la zona de guerra, y el apacible brazo de Mompós uno de los pocos sitios del río donde es raro encontrar un grupo armado. Eso sí, la ciudad colonial paga, abandonada hasta por los aviones esta Semana Santa, el precio de la tranquilidad, y hace tiempo que las lanchas naranjeras, ganaderas y lecheras dejaron de venir.

Las 85 casas de techo de paja de La Ladera, antes de cruzar a Magangué, pueden ser cualquier pueblo de esta zona: hay agua dos horas al día porque se va la luz, no llegan buses ni lanchas y los niños de la escuela, para el programa "Pasaporte a la Alegría", que les pide una foto, se ven obligados a dibujarse a sí mismos.

Juan Gonzalo Botero maneja Cormagdalena en Magangué, su papá es el alcalde, y sus haciendas ganaderas son famosas. Es protector de manatíes y amigo del tonante coronel García, comandante del Batallón Fluvial 60 de la Infantería de Marina, que describe los frentes de las FARC y las autodefensas con el mismo fervor con que declara que le da sin vacilar "dos sopapos en la cara" al que pille con una tortuga hicotea o un cocodrilo aguja, especies del río en extinción. El ganado, que hay que sacar en invierno a tierras altas, se sigue transportando por el río, en lanchas de dos pisos que cargan 450 reses para venderlas en Barranquilla. Y Magangué, según Botero, está tranquilo; hay una chalupa diaria a Barranca, y por carretera es mejor no salir: al norte están los Montes de María, al sur, Achí.

A Calamar (Bolívar), donde formalmente empieza el Delta, hay doce horas en un remolcador con un marino retirado tan viejo que estuvo en las tropas que persiguieron a Tirofijo en Marquetalia. Se pasa por Zambrano (Bolívar), donde hace poco, en una operación inusual, capturaron al jefe de los paras y les cerraron la oficina que tenían, y por Jesús del Río, la hacienda de 15 mil hectáreas cerca a Plato (Magdalena), dominio de Micky Ramírez, que acaba de salir de prisión por supuesto narcotráfico y, me dijeron en Magangué, "ahora vendrá a reclamar lo suyo".

En Calamar, una draga perezosa da paso a los remolcadores por el Canal del Dique dos horas por la mañana y otras dos por la tarde. De aquí a Barranquilla ya no hay chalupa y hay que contratar otro expreso por un río con la otra orilla borrosa por la niebla y en el cual de tarde las olas ya no dejan navegar. Y se cruza la última frontera invisible del río: en Calamar, dice la gente, los paras tienen oficina; en Atlántico no hay ni uno, y al frente, adentro de la orilla derecha andan ellos, las FARC y los elenos.

Lo que queda son 90 kilómetros de un río que se parece al mar, con el viento descrespando en espuma el oleaje y los pueblitos de Atlántico y Magdalena, uno frente a otro, revelando la inmensidad del río. En Suan (Atlántico), el jarillón, el muro que protege al pueblo de las inundaciones, está a 300 metros de la orilla, y el espacio entre él y la ribera, lleno de cultivos, se vuelve río en el invierno. Enfrente, en Cerro de San Antonio (Magdalena), Doris Meriño, que vende desayunos en un kiosco en la orilla, me dijo que cada año suspende su negocio por las semanas que dure la crecida. Como ella, la gente del Bajo Magdalena y la Depresión Cenagosa vive las inundaciones con la misma tranquilidad lacustre de los indígenas precolombinos, con esa fatalidad tranquila y periódica con la que se aceptan las cosas divinas o sobrenaturales.

Con los caños pestilentes de Barranquilla, el puerto privatizado y el puente Pumarejo, que en realidad se llama Laureano Gómez, el viaje termina en la Colombia urbana, en los tajamares destrozados de Bocas de Ceniza que albergan sendos tugurios de pescadores. Sobre la lengua de roca del tajamar occidental, rota en parte por la violenta marea y ahora en reparación, los últimos habitantes del gran río arriesgan la vida colgados de una cuerda entre las olas para ir a pescar a la punta. Aquí no hay paras ni guerrilla, y el Estado es tan tenue como en el resto del río. Arriba, 1.540 kilómetros atrás, había indios sin tierra; aquí, vivienda urbana de tabla, y a lo largo, las maravillas y los horrores de un país que, como el río, parece a veces funcionando por milagro. Si el Magdalena ha sido siempre el río de Colombia, hoy, quizá mas que nunca, es el espejo de Colombia.
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