Martes, 30 de septiembre de 2014

| 2013/05/08 00:00

El sacerdote que sepultó las megapensiones

Cómo llegó el padre jesuita Luis Fernando Álvarez a ser clave en la decisión de la Corte Constitucional.

Luis Fernando Álvarez Foto: Tomada de www.jesuitas.org.co

Los jesuitas están de moda. Un miembro de su comunidad fue elegido hace poco el representante de Dios en la tierra, el papa Francisco; y otro fue fundamental en la decisión de la Corte Constitucional para tumbar las megapensiones, el padre Luis Fernando Álvarez Londoño.

A pesar del notable éxito, él no está para celebraciones. “Tiene mucho que estudiar, tiene mucho que enseñar”, dicen quienes lo conocen. “Tiene mucho que viajar”, agregan quienes saben de su agenda.

De 66 años, nacido en Itagüí, Antioquia, y de una riqueza intelectual a toda prueba, ahora puede presumir que ya ha hecho historia porque fue uno de los conjueces de la Corte Constitucional que tomaron tan trascendental decisión. Él, como los miembros de su comunidad, no está para ufanarse de sus logros. “Al contrario, actúa con infinita vocación de servicio”, cuenta uno de sus allegados.

El padre Fernando es bastante serio y estricto en sus decisiones. Pero no huraño. Podría parecer apático, pero, como dicen sus colaboradores, “dele confianza y parece un molinito”. Su criterio y su conocimiento jurídico fueron trascendentales en la decisión del alto tribunal de fijar un tope para las millonarias pensiones de magistrados y congresistas.

Quienes lo conocen dicen que, además de alimentar su espíritu, lo hace muy feliz llenarse de conocimientos. Vive muy informado y así como a diario se comunica con Dios en sus oraciones, tiene una cita sagrada a las 7 de la noche con los noticieros para saber qué está pasando.

De convicciones claras y con un don de gente difícil de igualar, cree que su misión debe ser guiada por la constancia. Así, sagrada y puntualmente, desde hace diez años acude todos los fines de semana al municipio de Silvania, en Cundinamarca, en donde les ofrece ayuda espiritual a personas de la tercera edad.

Eso sí, rehuye de la sencillez exagerada. Al contrario, siempre anda elegante, sobrio. Sus vestidos, generalmente oscuros, están impecables. Quienes lo ven a diario lo describen como una persona centrada, coherente con sus acciones.

Los estudiantes y la cátedra universitaria en la Universidad Javeriana son su pasión. Y ese amor es correspondido. Tal vez el mejor ejemplo de este cariño se lo dieron los alumnos de pregrado. El padre les contó que obtuvo el cargo de vicerrector de Extensión y Relaciones Interinstitucionales de la Universidad, por lo que tendría que viajar mucho por el mundo. “No puedo darles la cátedra porque casi nunca voy a estar”, les dijo. “No, no, por favor no”, le respondieron los muchachos. “Vendrá otro a dar la clase de derecho internacional”, explicó. “Que no, por favor”, le exigieron. En la actualidad –así sea a distancia- da su clase. Y cuando está en Colombia, allí se le ve los lunes y los jueves.

Uno de sus compañeros más cercanos, quien pidió reserva de su nombre, señala que es un hombre de relaciones, una persona increíblemente sociable. Incluso está en la comitiva designada por el presidente Juan Manuel Santos para la canonización de la madre Laura Montoya en Roma. “Es querido en los círculos sociales del país y en especial en los jurídicos”, dice la fuente.

Y se ha ganado el respeto a pulso. Su preparación académica y espiritual sobresale de manera impetuosa cuando su nombre es mencionado entre los estudiantes. Hizo estudios de Filosofía, Teología, Derecho y Derecho Canónico en la Javeriana; de Derecho Internacional en el Rosario y en la Universidad de Aristóteles en Tesalónica (Grecia); también se formó en la Academia de Derecho Internacional de La Haya (Holanda) y la Universidad de París II. “Siempre que se le ve en la Javeriana, anda con un libro debajo del brazo”.

Hace un par de años experimentó uno de sus más grandes dolores: la muerte de su madre, Graciela Londoño. “Ha sido una de las grandes tristezas en su vida”, cuentan. “Por eso trata de hablar el mayor tiempo posible con su padre Paulo Emilio, que vive en Estados Unidos”. Su papá es su apoyo y hoja de ruta en todas las decisiones de su vida.

Y aunque le gusta estar bien físicamente, hace poco ejercicio. Sólo trota pocos minutos. Una operación en el corazón le impide dedicarle más tiempo a esta actividad. Come bien, en especial arepas y fríjoles, vive feliz. Aunque todos saben qué es lo saca de quicio: las injusticias.

Por su gran conocimiento en materia jurídica ha sido varias veces conjuez de la Corte Constitucional y de la Corte Suprema de Justicia. Pero en esta oportunidad su voto fue trascendental para que se tumbara en el régimen especial de pensiones para magistrados y congresistas.

El padre Álvarez fue designado conjuez de la Corte Constitucional, junto a otros cuatro juristas de gran calibre, debido a la imposibilidad de varios magistrados que se declararon impedidos porque están tramitando una pensión.

El padre estuvo en el punto más caldeado de la discusión, cuando las fuerzas estaban parejas, casi empatadas (unos porque se tumbara el régimen y otros porque no). Pero él siempre tuvo su postura clara. La misma que fue asumida por la Sala Plena en su fallo, que era respetar a los colombianos y promover la equidad en materia pensional.

Con su teoría jurídica logró que la Corte enfilara su decisión hacía acabar las pensiones multimillonarias. Pero por cosas de la vida no pudo estar en la discusión final debido a que viajó fuera del país cumpliendo su labor como vicerrector de Extensión y Relaciones Interinstitucionales de la Javeriana. Eso sí, estuvo conectado todo el tiempo.

Y ocurrió una curiosidad muy terrenal: Sus compañeros de discusión anotan que no le gustaba que le dijeran “padre” en las discusiones. Prefería la palabra doctor, como los demás.

Un paisa enamorado del conocimiento, las relaciones públicas y la arepa terminó dándole el giro definitivo al debate de las pensiones, en el cual la Corte Constitucional estaba encrucijada por una decisión definitiva. Está satisfecho porque cumplió con la esencia de la comunidad jesuita, que es la de estar a la vanguardia de la historia.

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