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| 4/28/2012 12:00:00 AM

El segundo tiempo del gabinete presidencial

Vargas, el ungido; Rengifo, el viejo amigo, y Mesa, el nuevo mejor amigo se convierten en la nueva guardia pretoriana del presidente.

Desde hace más de un año Germán Vargas decía en privado que aspiraba a ser ministro de Vivienda. Esto sorprendía a muchos si se tiene en cuenta que él era considerado el superministro de Santos y Vivienda ha sido generalmente visto como un ministerio de segundo nivel. El raciocinio de Vargas para ese bajonazo era que él, desde antes de llegar al gabinete, ya tenía imagen de mano dura. Su trayectoria como parlamentario siempre fue de amigo de los militares y enemigo de la guerrilla. Por eso estaba más interesado en ser ministro del Interior y de Justicia que de Defensa, pues quería agregarles a su hoja de vida los laureles de estadista y reformador.

 Esto definitivamente lo logró. Su gestión como ministro del Interior lo consagró no solo como el hombre del momento, sino como el hombre del futuro. Hasta sus enemigos le reconocen su éxito en el manejo del Congreso. Logró pasar 74 leyes, entre las cuales se incluyen algunas tan importantes como la de Reparación a las Víctimas, el Estatuto Anticorrupción y la Ley de Ordenamiento Territorial, que se había hundido 23 veces.

Lo único que le faltaba era el toque social. Y es ahí donde entran las casas. Para ser presidente es bueno ser amigo de los políticos y de los militares, pero más importante es ser visto como amigo de los pobres. Con 100.000 casas regaladas, y la pantalla que esto genera, ese nicho queda cubierto.

Coincidencialmente el presidente Santos tenía el mismo problema. Como lo demuestra la última encuesta de Ipsos-Napoleón Franco, si bien su fortaleza en los estratos 5 y 6 se mantenía, en el 1 y en el 2 estaba flaqueando. En su elección definitivamente había contado con el respaldo de estos sectores, pero nunca se supo si eran propios o eran de Uribe. Como los efectos de las leyes de Tierras y Víctimas son a mediano o largo plazo, se requería un tratamiento de choque. Y para eso era necesario un producto estrella y un vendedor de lujo. Las casas gratis y el alto perfil de Vargas llenaban esos requisitos.

Ese gana-gana tiene otro ingrediente muy interesante. Al darle el presidente a su ministro una plataforma de ese nivel, lo está prácticamente ungiendo como sucesor. Con la hoja de vida y exposición mediática que este gobierno le ha dado a Germán Vargas, su ventaja sobre cualquier aspirante a la Presidencia en el futuro parece difícil de remontar. Esa generosidad por parte de Santos no ha sido muy común en la historia de Colombia. Por lo general, los presidentes tratan de crear un delfín propio y de no darles muchas gabelas a sus antiguos rivales. Santos y Vargas Lleras han creado un binomio de confianza y mutuo respeto que va en contravía de esa tradición.

El nombramiento del secretario general de la Presidencia, Federico Rengifo, como reemplazo de Vargas en la cartera del Interior fue lógico y bien recibido. El nuevo ministro no solo es tal vez el más viejo compañero de lucha del presidente, sino un hombre que, sin haber sido parlamentario, sabe moverse en el Congreso. Rengifo ha estado con Santos en las buenas y en las malas. Cuando el actual presidente estaba en el asfalto y pocos creían en sus posibilidades, él estaba ahí. Ese nivel de lealtad es raro en el mundo oportunista de la política y Santos sabe reconocerlo.

A esto se suma que a pesar de no ser manzanillo este abogado, economista y banquero tiene los genes y la experiencia. Su padre, Marino Rengifo, era uno de los jefes históricos del liberalismo en el Valle del Cauca y Federico creció en ese ambiente. En su juventud llegó a ser concejal de Cali y en una ocasión segundo renglón en la lista al Senado de Juan Martín Caicedo. Posteriormente, en los tres viceministerios que desempeñó -Desarrollo, Minas y Hacienda- le tocó lidiar con congresistas, particularmente en Hacienda. Cuando Santos desempeñó esa cartera, en el gobierno de Andrés Pastrana, tuvo que 'echarse al bolsillo' al Capitolio para pasar la reforma tributaria y la ley que modificaba las transferencias, y su punta de lanza en esa conquista fue Rengifo, su viceministro. Y por último, una de sus principales responsabilidades como secretario general era la coordinación de la mesa de Unidad Nacional, que en la práctica es el manejo de los hilos políticos desde Palacio.

El reto que tiene el nuevo ministro por delante es enorme. Se trata de sacar adelante los más controvertidos proyectos de la administración Santos. En esa lista está el proyecto de reforma a la Justicia, cuya suerte está en el aire. También el del fuero militar, donde se medirán las fuerzas entre el santismo y el uribismo. Y hay muchos otros de enorme trascendencia como el del marco legal para la paz y la reforma tributaria. Llenar los zapatos de un líder parlamentario como Germán Vargas no va a ser fácil, pero Rengifo tiene el don de gentes, el conocimiento, el equilibrio y la confianza del presidente.

Mientras Rengifo capotea a los congresistas, Juan Mesa se consolidará como el hombre fuerte de Palacio. Su nombramiento en el cargo de secretario general de la Presidencia sorprendió a algunos. Porque así como todo el mundo coincide en que tiene ampliamente la capacidad para desempeñar ese cargo, muchos creen que va a ser casi imposible encontrar una persona que lo reemplace como alto consejero para las Comunicaciones. Él era los ojos y los oídos del presidente sobre lo que estaba pensando la clase dirigente colombiana. Para eso se necesitaba tener acceso a todos los centros de poder del país y ese es un privilegio que pocos tienen. Mesa era visto en círculos periodísticos, políticos, judiciales y empresariales como uno de los suyos. Esto le permitía tener más información que cualquier otro miembro del Ejecutivo y servirle como filtro al presidente para que este la recibiera.

En el desempeño de esas funciones Mesa se había convertido, para sorpresa de todo el mundo, en la persona más cercana al presidente en el día a día. Los ministros están con el jefe de Estado de vez en cuando, pero el alto consejero estaba siempre a su lado. Tanto en el consejo de ministros, como en el Chocó, como en México, Chile o Japón. A pesar de no tener pasado santista ya que su ADN es samperista, no es secreto que entre él y su jefe se ha generado una relación de confianza y afecto. 

Mesa conoce desde muy temprana edad los vericuetos del poder. A los 20 años fue nombrado director ejecutivo del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga y a los 24 se convirtió en secretario privado del presidente Ernesto Samper. Posteriormente, se transformó en un exitoso asesor de comunicaciones y manejo de crisis, tanto que Santos lo había detectado desde su época de ministro de Defensa. Por eso lo tuvo de asesor durante la campaña y después de su triunfo lo nombró alto consejero para las Comunicaciones.

 Lo que nadie anticipaba era que el nuevo santista fuera a consolidarse como el colombiano que le hablaba al oído al presidente. Seguirá desempeñando ese papel en la Secretaría General en la cual tendrá, entre otras responsabilidades, las de coordinar a los altos consejeros y manejar el presupuesto de Palacio. Lo malo de ese cargo es que lo va a tener atornillado a la Casa de Nariño, pues el manejo de todo ese tinglado es de escritorio. Y Mesa prestaba el servicio como alto consejero 'patrullando' en restaurantes, medios de comunicación, gremios y despachos judiciales o reuniones con magnates y ahí era invaluable. Palpaba y transmitía esa realidad que a veces no se registra en el palacio presidencial. Y es en esta misión en la que no será fácil reemplazarlo.
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