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| 2/2/2006 12:00:00 AM

El ‘señor’ de la Sierra

Tras dos décadas de clandestinidad en la Sierra Nevada, Hernán Giraldo da la cara, anuncia su desmovilización y exige nunca ser extraditado.

Asesino, narcotraficante y bandido, para las autoridades de Colombia y Estados Unidos; magnánimo, buen padre y líder comunal, para sus vecinos de la Sierra Nevada de Santa Marta, Hernán Giraldo Serna es tal vez el último de los fundadores del paramilitarismo que anuncia su desmovilización: "De mí se han escrito muchas leyendas, pero nadie hasta ahora había venido aquí a preguntarme si eran ciertas".

Lo dice allí, en el corazón de la Sierra, un lugar exótico y hermoso que sólo un puñado de colombianos ha tenido el privilegio de apreciar, con ríos de aguas diáfanas y transparentes en las que se ven los peces nadar. "Esto es muy bonito, aquí vivo con mis vaquitas y mis muchachos. Soy feliz porque aquí nadie lo molesta a uno", le dijo a SEMANA, el jueves de la semana pasada.

En efecto, es difícil que alguien le altere su tranquilidad. Para llegar a él se necesita pasar varios filtros de seguridad montados estratégicamente por 1.100 hombres que lo veneran. Es un poderoso ejército que conforma el Bloque Resistencia Tayrona que en los próximos días se desmovilizará. "Aún no le puedo dar la fecha exacta porque tenemos hombres peleando contra la guerrilla, arriba en la Sierra, a 12 días de camino. Cuando estemos todos concentrados, entregamos las armas".

Explica con su marcado acento campesino en el que aún están intactas sus raíces paisas. Nació en 1948 en San Bartolomé, un corregimiento de Pácora (Caldas) donde aprendió el gusto por los sembrados del café que lo llevaron por varios lugares del país hasta llegar aquí. Eso fue hace casi 25 años. Desde entonces no volvió a salir por lo que, dice, no ha vuelto a pisar una ciudad en este largo tiempo. Aquí construyó una historia que empezó con largas jornadas de tumbar monte en las que aguantó hambre y pasó noches de insomnio bajo enramadas sacudidas por aguaceros eternos. Hasta los días de hoy, cuando las autoridades de Estados Unidos estiman en 1.200 millones de dólares el valor de la droga que envía cada año a ese país.

Para las agencias de seguridad norteamericanas, Giraldo pasó de ser un labriego a convertirse en uno de los cinco barones de la droga más poderosos del país. La DEA, por ejemplo, lo sindicó, junto con su hermano Jesús Antonio, de estar vinculados con grupos de narcotraficantes, de liderar la banda 'Los Chamizos' así como de controlar la salida de lanchas rápidas cargadas de droga de las playas del Parque Nacional Natural Tayrona hacia Centroamérica y de ahí hacia Estados Unidos. Jesús Antonio fue extraditado a Estados Unidos por esas acusaciones.

Hernán Giraldo sabe que Estados Unidos le tiene precio a su cabeza. "Dicen que valgo cinco millones de dólares. Hombre, eso es mucha plata. Aunque de todas maneras yo sé que me voy a quedar aquí. Soy un hombre de campo y sueño que cuando muera sea en este bello lugar". Eso, según su testimonio, es lo que le prometió el alto comisionado para la Paz, Luis Carlos Restrepo, hace varios días, cuando firmaron el acuerdo de la desmovilización. "Él entendió que nuestro problema es con las autoridades colombianas y con nadie más". Se define como autodefensa puro al que lo atrapó el vendaval de una violencia que él no buscó.

Según su versión, todo empezó cuando las Farc vieron que los cultivos que él había sembrado empezaron a dar frutos: café, plátano y yuca. "Nos habíamos organizado bien con otros campesinos, muy pobres. Un día llegó un comandante de la guerrilla y nos dijo que como éramos campesinos y ellos eran campesinos, debíamos darles el 10 por ciento de nuestras ganancias para que ellos nos defendieran. Eso no lo entendimos. Entonces les dijimos que lo íbamos a pensar". Algún tiempo después, las Farc regresaron y le anunciaron a Hernán Giraldo que necesitaban las aulas de la escuela para enseñarles doctrina política durante dos horas diarias a los niños.

Entonces él llamó a sus vecinos y les explicó que la única manera era defenderse. Y crearon un grupo de autodefensa en el que sus militantes se contaban con los dedos de la mano, vestían como campesinos y usaban dos escopetas de fisto. Con el tiempo fueron rompiendo el cerco de la guerrilla, en gran parte gracias a su conocimiento de la Sierra. De ese imponente macizo independiente del sistema andino que en tan sólo 42 kilómetros se eleva abruptamente desde las costas del mar Caribe hasta los 5.775 metros de altura. Es un triángulo de aproximadamente 17.000 kilómetros cuadrados que abarca tres departamentos.

En este escenario, un ecosistema único en el mundo, Giraldo Serna aprendió las artes de una guerra que poco a poco se hizo más despiadada. Por eso, varias organizaciones de derechos humanos lo acusan de ser un experto en la tortura y en el desmembramiento de los cuerpos de sus víctimas. "Son cuentos de los periodistas aliados con los organismos de inteligencia que se ponen de acuerdo para calumniarme", dice. Lo cierto es que un juez lo condenó a 20 de años de cárcel por las masacres en las plantaciones bananeras de Honduras, La Negra y San Jorge, en Urabá, donde decenas de militantes y simpatizantes de partidos de izquierda fueron amarrados, arrodillados y fusilados ante los gritos de sus esposas e hijos. "Yo nunca he ido allá", afirma, aunque eso sí reconoce haber trabado amistad con Fidel Castaño, el otro sindicado de estas matanzas, y su hermano Carlos.

Esta última amistad terminó en una cruenta guerra por el asesinato de tres agentes de la DEA, y nunca nadie supo con certeza cuántos muertos hubo. Empezó el 9 de octubre de 2001. Un informe de la Policía Antinarcóticos afirma que en esa fecha fueron asesinados por hombres de Giraldo el intendente Heriberto Cordero Guerra, el subintendente Fabián Torralba Vásquez y el patrullero José Gregorio García Sanguino, todos miembros de la institución que servían a la DEA La reacción fue doble. De una parte, la Policía Antinarcóticos desplegó operativos contra Giraldo en las estribaciones de la Sierra. Casi simultáneamente, las Autodefensas Unidas de Colombia, en ese momento comandadas por Carlos Castaño, enviaron 200 hombres para presionar la entrega de Jairo 'Pacho' Musso, hombre consentido por Giraldo y quien, según las AUC, fue el autor del triple homicidio.

El jefe paramilitar de la Sierra les dijo a sus hombres que se prepararan para la pelea con una convicción clara: "Recuerden que yo no le tengo miedo a Castaño, a mí no me asusta nadie". Una declaración osada, pues para la época, Castaño intimidada a cualquiera en el país.

"No se podía caminar tranquilo, todo daba miedo", dijo en aquella ocasión un congresista de la región, quien prefirió mantener su nombre en reserva, para referirse a la insólita situación que produjo la guerra abierta entre dos sectores de los paramilitares y que abarcó la Sierra Nevada, el Parque Tayrona y la ciudad de Santa Marta.

Para la época, Hernán Giraldo , según versión de las autoridades, realizó dos acciones sin precedentes en la historia del país, para demostrar su fortaleza. Primero envió a sus muchachos en moto y con pistola al cinto a distribuirse por Santa Marta. Unos fueron al mercado público, otros escogieron locales al azar, algunos más seleccionaron a transportadores casuales. "Hay paro los próximos jueves y viernes", anunciaron. Y en efecto, ni una sola alma salió a la calle los días 7 y 8 de febrero de 2002, por decisión de un paramilitar que en el pasado se había ganado el día a día con grandes esfuerzos. "A través de las cortinas uno se asomaba y veía la ciudad desierta, vacía, daba miedo", narró en aquel momento un habitante de Santa Marta. Así mismo, dio la orden a los campesinos de la Sierra de bajar a la Troncal del Caribe para bloquearla y llamar la atención del país. A principios de ese año había 15.000 personas en la vía. "Tengo miedo, por eso bajé", le dijo en ese entonces a SEMANA uno de los desplazados. "El señor dio la orden y por eso aquí estoy", explicó otro.

Niños, mujeres, hombres y animales domésticos se apretujaban en la carretera calcinante mientras arriba, entre la selva, los paramilitares se mataban entre sí. "No seamos pendejos que los enemigos son otros", relató un testigo que le dijo Hernán Giraldo al propio Salvatore Mancuso cuando éste llegó en un helicóptero para pedirle la paz. "Entréguenme a Jairo 'Pacho' Musso y le ponemos punto final a esto". "Un padre no entrega a sus hijos", le respondió el sexagenario paramilitar, quien además le recordó que cuando Mancuso era un bebé, él ya se estaba dando plomo con la guerrilla.

Pero con el tiempo Musso fue entregado a las autoridades y Giraldo siguió su vida tranquila allí en su trono, desde donde se divisan las nieves perpetuas de los picos Colón y Bolívar. Un reinado que, según uno de sus hombres de confianza, impresionó a mucha gente además de Mancuso, Vicente Castaño y 'Jorge 40' cuando vinieron en helicóptero a pedirle silenciar las armas. Y es que el visitante se sorprende cuando entra a la Sierra y descubre las obras de infraestructura construidas aquí: puentes colgantes, escuelas, puestos de salud, iglesias, parques infantiles, sistemas de electrificación, acueductos, canchas deportivas y hasta cementerios.

Dice que tiene 25 hijos -aunque sus hombres de confianza anotan con orgullo que en realidad son 49-, muchos ahijados y decenas de novias que le son llevadas por sus propios padres y se las ofrecen como agradecimiento por los favores recibidos. Y es que en el costado nororiental de la Sierra no se mueve una hoja sin que él se entere. Sus dominios se extienden por todo el litoral desde el río Palomino hasta San Pedro de la Sierra.

Ese poder de las armas le permitió controlar el tráfico de drogas que él niega categóricamente: "Lo único que hicimos fue cobrar un peaje". Eso sí reconoce que se lo cobraron a todo el mundo y todos se acostumbraron a pagar. "Es que mantener 1.100 muchachos cuesta mucho dinero y eso no puede financiarse con naranjas". De ahí que rechace el calificativo del 'nuevo Pablo Escobar' que le aplicó la revista Neewswek cuando le dedicó su portada en mayo de 2001 con el título de 'El Señor de las Sombras'.

Lo suyo, dice él, son las autodefensas. Pero a diferencia de otras estructuras militares que se han desmovilizado, la mayoría de los combatientes de este bloque son nativos o hijos de los colonos. De esta forma han tejido un sólido entramado social que le permite moverse con confianza por estos lugares. Con ese argumento le anunciaron al gobierno que ellos no se irían de aquí. "Aceptamos quedarnos en colonias agrícolas", sentencia. Esto es sitios de reclusión en donde puedan seguir cultivando sus productos y, si el gobierno quiere, bajo la vigilancia del Inpec. Además, exigen continuar los proyectos productivos puestos en marcha para los 40.000 campesinos que habitan en las 120 veredas de este paraestado. Y eso sí, insiste, nunca jamás la extradición.

Y en eso Hernán Giraldo es concluyente. "Yo llevó aquí 20 años y nunca, pero nunca, ha venido nadie del Estado a ayudarnos y ahora dicen que los ilegales somos nosotros".

Por eso, proclama que su causa ha sido justa por lo que no tiene ningún segundo para el remordimiento. ¿Usted no se arrepiente de nada

, le preguntó SEMANA cuando llegó hasta sus dominios. "¿Pero de qué? Si yo lo que he hecho es defender a la gente contra la guerrilla". ¿Y entonces por qué se desmoviliza si las Farc están intactas? "Ah, porque ahora sí tenemos al presidente Uribe, quien tiene los pantalones bien amarrados. Por eso lo apoyamos y le creemos", responde. Y entonces se marcha tranquilo, con una romería de hombres armados. n
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