Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/01/03 00:00

"EL SEÑOR"

SEMANA reproduce el capítulo del libro ''Jaque mate'', del general Rosso José Serrano, en <BR>el cual se narran las increíbles circunstancias que rodearon la captura de Miguel Rodríguez.

"EL SEÑOR"

El sábado 15 de julio de 1995, en las horas de la mañana, recibimos de un
informante una comunicación según la cual Miguel Rodríguez Orejuela se encontraba en el apartamento
402 del edificio Colinas de Santa Rita, en el occidente de Cali.
-Allá está ahorita, vayan y lo verán- dijo el hombre por teléfono y los de la ClA y la DEA confirmaron
que era la voz de uno de sus mejores informantes.De inmediato tomé el avión y volé a Cali con Oscar
Naranjo, director de Inteligencia, 14 agentes especiales y cuatro hombres de la DEA y la CIA.
Al llegar al lugar algunos agentes ya habían iniciado la inspección del edificio, que era una
construcción moderna en el barrio Santa Rita. Una zona de residencias para gente pudiente que, desde
el punto de vista estratégico, estaba muy bien ubicada ya que era prácticamente imposible ponerle
vigilancia sin que fuera detectada. Con un hombre a la entrada del edificio se podía controlar toda la
calle, que era de subida, y las casas del frente eran residencias privadas. También tenía circuito
cerrado de televisión.
Inspeccionamos todos los apartamentos hasta llegar al 402, un apartamento pequeño, de 70 metros
de construcción en el que, según supimos después, había 25 líneas telefónicas. Yo llegué muy
entusiasmado y empezamos a buscar. Sacamos la ropa, buscamos el nombre de los Rodríguez en
libros o documentos pero nada. Lo único que encontré fue un periódico de una de las farmacias La
Rebaja, con lo que aumentaron las probabilidades de que en efecto se encontrara allí. En una mesa
estaba el Artensol, las vitaminas, las gafas de marca, la loción Cartier en el baño, la Virgen con su
veladora, en fin. Todo nos daba a entender que Miguel estaba ahí. Entonces medimos el apartamento
para buscar vacíos, posibles caletas.
Yo me senté en el sofá y miré para todos los lados a ver qué hacía uno cuando entraba. Había una
muchacha del servicio que era de Bolívar, Cauca, perfectamente instruida para no dar información de
ningún tipo. Incluso se quejaba del dueño, que no le pagaba sino 70.000 pesos al mes. Me parece que
el apartamento figuraba a nombre de un tipo que vivía en Bogotá y esporádicamente venía a Cali.
Estaba también el conductor, un hombre de apellido Castillo, que luego supimos era el corazón y
alma de Miguel Rodríguez. Pero no fuimos capaces de sacarle nada. Y eso que lo interrogaron los más
duros: Naranjo, Barragán, ni siquiera el de la DEA, Rubén, ni el de la CIA, Paco. Nadie fue capaz de
hacerle decir algo sospechoso, algo que nos diera la clave de la posible caleta. A mí tampoco me
dijeron nada, solo me convencieron de su inocencia.
Pase más de seis horas entrando y saliendo del apartamento. La nevera estaba llena y yo me decía
aquí está, carajo, aquí, seguro, pero dónde. Le metimos broca a unos sitios en la pared tratando de
encontrar caletas, desarmamos los closets, quitamos cuadros, buscamos interruptores secretos,
levantamos las alfombras, pero nada. Todos los agentes trabajaban con destornilladores, sensores,
palancas, parecíamos obreros de construcción. Yo había llegado al apartamento al mediodía, y a las
nueve de la noche, decepcionado, le dije al oficial de Inteligencia y a los de la DEA:
-Este tipo se nos voló, yo me voy.
Y me devolví para Bogotá con una gran frustración.
Pero un poco más tarde, como a la una de la mañana, el informante volvió a comunicarse con uno de
los agentes de la DEA y dijo que había verificado su información y que Miguel Rodríguez seguía allí.
Entonces volví a llamar a Cali, a Murcia y a Serna:
-Bueno, hermanitos -les dije-. Parece que Miguel sí está allá. Córranle.
Regresaron inmediatamente al lugar pero cuando llegaron quedaron estupefactos. La caleta estaba
abierta y en uno de los corredores estaba tirado un tanque de oxígeno al que sólo le quedaba media
hora. Al lado había un bluejean con sangre en la rodilla -lo que quiere decir que la broca lo alcanzó a
herir-, una toalla y una camisa azul. Miguel se nos había volado.
La caleta era una de las más perfectas que hemos visto: la entrada era un espacio de 40 centímetros
debajo del lavamanos que se abría introduciendo un alfiler dentro de una ranura. El alfiler hacía contacto
y el bloque se desplazaba permitiendo la entrada. Pero el operativo no fue del todo estéril, pues detrás
de un armario, en un doble fondo, encontramos tres maletines llenos de documentos con información
que fue de gran valor para la Fiscalía.
Luego supimos que el teniente Efrén Buitrago, del Bloque de Búsqueda, lo había sacado, y ese fue uno
de los casos de corrupción que más me dolió pues este hombre también le pasaba información sobre
las llamadas que recibíamos relativas a su ubicación. Después de que yo pasé la tarde ahí y me fui
dejamos una vigilancia, pero en la noche el teniente entró al apartamento y sacó a Miguel en el baúl de
un auto. Esa fue una frustración muy grande pues tuve a Miguel a 20 centímetros durante varias horas.
La caletica debajo del lavamanos era un hueco muy pequeño en el que sólo cabía una persona de pie,
con oxígeno para poder respirar y sin moverse. Si nos quedamos una hora más él o sale o se muere de
asfixia, pues ya había consumido casi todo el aire. Lo alcanzamos a herir, pero por el cemento la punta
de la broca no salió con sangre y Miguel ni gritó ni nada. Berraco el tipo. El capitán fue destituido e
investigado de forma fulminante.

El desquite
Pero tres semanas después llegó el desquite, exactamente el 6 de agosto de 1995. El hecho bonito fue
que una persona nos llamó al teléfono de informaciones:
- Acabo de ver entrar a Miguel Rodríguez Orejuela al edificio Hacienda Buenos Aires, en el barrio
Normandía de Cali.
Era un lugar con las mismas características de seguridad del anterior, es decir en una calle cerrada,
frente a un monte deshabitado y con una vista panorámica de lo que sucedía alrededor.
El informante aseguró que Miguel había entrado a las cinco y media de la tarde, y entonces mandamos
para allá a los de Inteligencia. Pero los hombres decidieron no entrar porque era un edificio como de 18
pisos, muy grande, y no sabíamos en qué apartamento estaba. Gracias a esta precaución nos
salvamos y lo pudimos atrapar más tarde por la costumbre que tenía de encender una veladora.
Al decidir esperar nuestros hombres se escondieron en la loma que quedaba al frente y esperaron que
se hiciera de noche. Como sabíamos que tenía vigilancia se ubicaron lejos, y con binóculos infrarrojos
se vigilaron los movimientos en todos los pisos.
A la una de la mañana se apagaron las luces del edificio y todo el mundo se acostó. Y entonces vino
el milagro, pues en medio de la oscuridad lo único que se veía, desde el cerro, era la luz de una
veladora en uno de los apartamentos. Entonces se decidieron a actuar pues sabíamos que Miguel era
muy devoto de la Virgen y siempre dormía encendiéndole una vela. Un grupo de asalto se movió con
sigilo y lo sorprendieron en calzoncillos, metiéndose a la caleta. Tal sería la sorpresa para él. Si se
llega a dar cuenta del asalto un poco antes habría tenido tiempo de meterse, y quién sabe si lo
hubiéramos encontrado. Fue cuestión de segundos, pues cuando los agentes llegaron Miguel tenía
medio cuerpo adentro. La caleta estaba en su dormitorio y fue una mujer de Inteligencia quien lo
encañonó y lo capturó en calzoncillos. Se ve que su seguridad se durmió, pues el tipo se dio cuenta
de la incursión sólo cuando se derribó la puerta. Los agentes hicieron saltar la chapa con un mazo y en
poquísimo tiempo tomaron el control. No hubo ninguna resistencia, pues estaba con su mujer y con el
contador. Las agentes Betty y Jennifer, con la malicia de la mujer colombiana, volvieron a triunfar.
Leonardo, un excelente oficial de inteligencia de la Armada Nacional, también participó en la
operación.
Se puede decir que en este caso la Virgen prefirió ayudarnos a nosotros, a pesar de que la veladora la
había encendido él. Y es que Miguel tenía una característica: había invertido el metabolismo. Dormía de
día y trabajaba de noche haciendo cuentas. El secreto de esta captura fue saber esperar y mover las
fichas en el mejor momento del juego. Nosotros jugamos con fichas blancas, ellos con las negras. Esa
partida la ganamos por mejor concentración.

Extremo sigilo
La operación debió hacerse con extremo sigilo pues cada vez que yo salía de Bogotá, Miguel se
enteraba, ya que por lo general me desplazo en helicóptero o en avión. Las filtraciones y sus
informantes le avisaban, y por eso él sabía de todos mis movimientos. Si le decían que yo iba para
Cali, él podía suponer que preparaba algún operativo y entonces cambiaba de escondite o se iba de la
ciudad. Por eso era necesario moverse con cuidado, evitando en ciertos casos que nuestros propios
agentes se enteraran de lo que hacíamos. Tuve varias noches de desvelo. Muchas veces con mi
equipo de trabajo y gente de confianza amanecía en la oficina de la Dirección General.
Pero ese día las cosas se facilitaron porque era un puente y yo anuncié que me iba para Girardot a
descansar, con lo cual nadie pensó que se preparaba una captura. Salí con Oscar fingiendo viaje de
descanso. Para la anécdota, recuerdo que mi mujer no estaba y que por esos días teníamos en la casa
un perrito French Poodle. Entonces me tocó traerme al hijuemadre perro en el helicóptero. Yo estaba
encartadísimo pero para no dañar el matrimonio decidí llevarlo a Girardot. Esa noche estuve en la casa
de un gran amigo y me mantuve pendiente del teléfono. A las 11 hablé con Rubén, agente de la DEA.
-Vamos bien -me dijo-.
¿Cuánto? -le pregunté.
-Ochenta por ciento.
Siguió pasando la noche y me acosté como a la una, en la pieza encerrado con el perro, entre dormido
y despierto esperando la llamada. A las cuatro de la mañana me llamó el general Montenegro pero la
comunicación se cayó. Hijuepucha. Yo hasta ahora estaba aprendiendo a usar el celular, que
recientemente habían salido al mercado, y no supe cómo devolverle la llamada. Entonces llamé a un
centro nuestro de comunicaciones y les pedí que me marcaran el número para probar si el teléfono
estaba bueno. Y sí, el teléfono me sonó y entonces más ansiedad sentí de no poder comunicarme. Con
los timbres del teléfono el perro se despertaba y empezaba a ladrar, y yo trataba de callarlo y más
desespero me daba. A las 4:45 de la mañana, por fin, entró una segunda llamada de Montenegro.
-Cumplida la misión, mi general -dijo-. Ya lo tenemos.
Me mandaron el avión, lo abordé a las 5:45 en Girardot y cuando llegué a Cali ni siquiera lo apagamos,
pues Miguel estaba listo en la base para el traslado a Bogotá.
Durante el viaje conversé un poco con él y noté que estaba muy bravo. Le salía baba por la boca de la
rabia. Pero a pesar de eso no fue grosero.
-¿Qué pasó Miguel? -le pregunté-. ¿En qué falló? ¿Qué le pasó a su seguridad?
-Nooo, mi general -me respondió-. Es que usted y su gente son unos berracos... Yo nunca creí que me
fueran a agarrar.
Hablando ya llegamos a Bogotá, le tomamos los datos y al poco tiempo lo presentamos en rueda de
prensa.
La identificación de Miguel, como siempre, fue un momento de nervios. Ahí estaba él, frente a los otros,
uno de los hombres más buscados del país, listo para ser llevado a la cárcel.
Hombre de instinto
Estuvimos de buenas y esto aumentó la fama que me tienen en la Policía de tener buena espalda, de
que cuando intervengo de cerca en una operación las cosas salen bien. En esto hay algo importante: a
lo largo del reordenamiento de la Policía yo jugué un papel fundamental por el instinto. De mí dicen
que no soy hombre de grandes teorías sino de instinto, de un sentido común agudo. A veces eso
plantea contradicciones con la teoría que manejan algunos de mis hombres, pero lo que pasa es que
a veces la teoría o se queda corta o la supera el instinto. Tanto que muchas veces hacemos apuestas.
Es algo curioso: yo no sé cuál es la fuente del instinto, posiblemente sea por mi extracción
campesina. Hay algo clave y es que yo no miro las facetas negativas de las cosas, sino que me
concentro siempre en lo positivo. Tal vez esto es lo que me trae buena suerte, una suerte que, de
todos modos no existiría sin el trabajo sistemático de todo un equipo, por quienes, debo decirlo, tengo
un profundo aprecio.
Miguel nació el 15 de agosto de 1943 en Mariquita, Tolima, y a lo largo de su vida delictiva se le
conoció con los nombres de 'El Señor', Róbinson Pineda, Patricia, Patricio, Patty, Pat, Manuel,
Manolo, Miki y Mauro. Era el segundo del cartel de Cali, por detrás de su hermano Gilberto, con quien
se había iniciado en el negocio a partir de los años 70.
En su prontuario estaba el haber organizado una sociedad de tráfico de estupefacientes al lado de
Hélmer 'Pacho' Herrera y José Santacruz Londoño, ambos aún prófugos de la justicia en ese
entonces.
Miguel había sido vinculado al narcotráfico cuando su hermano Gilberto fue detenido por la Interpol en
Madrid (España), en noviembre de 1984, al lado de Jorge Luis Ochoa Vásquez, bajo los cargos de
conspiración para el tráfico de estupefacientes. Dentro de la organización era reconocido como el
hombre de la línea dura, y se cree que fue el autor intelectual de un centenar de operaciones en la
guerra entre narcotraficantes, concretamente contra el cartel de Medellín a finales de los años 80, en la
llamada época 'narcoterrorista'. Pero advierto que el enemigo número uno del cartel de Medellín era
Pacho Herrera.
Los Rodriguez
Miguel se caracterizó por su trato afable y por su facilidad en penetrar los diferentes sectores sociales
del país, tanto los políticos como los deportivos y económicos. De él puede decirse que dirigió el
transporte de grandes cantidades de base de coca provenientes de Bolivia y Perú hacia los distintos
laboratorios ubicados en los departamentos del Valle, el Putumayo, Cauca, Tolima y los Llanos
Orientales. También coordinó los envíos de cocaína a Estados Unidos camuflados principalmente en
postes de cemento y alimentos con destino a zonas rurales de Texas y Florida.
Miguel era un estudioso de las normas penales, exclusivamente de las normas penales, es decir de lo
que tenía que ver con la cárcel y las sentencias que podían dictar contra él. No le interesaba la
doctrina legal, pues sin duda no pensaba respetarla. Sólo le interesaba lo penal. Era, eso sí, un gran
comerciante, y esto se ve en sus libros de cuentas. La exactitud de todos los gastos, el detallismo
con el que anotaba todo era de un gran comerciante, de una persona muy seria en su trabajo. No era
el botaratas que sólo daba constancia, por decir algo, de lo que estuviera por encima del millón de
pesos. No. El lo anotaba todo, incluso los tres mil pesos del pago del parqueadero.
Miguel tenía un tipo de 'chuleado', de marca característica en los documentos que quería decir que era
lo más importante, y cuando tenía que ver con otras personas entonces quería decir que se trataba de
una orden. Sobre los documentos encontramos también la anotación de todas las llamadas, una por
una, con el nombre de las personas con las que hablaba; unos con los nombres reales y otros con
nombres ficticios. Todo se iba al computador y algunas las grababa para poder pedir retribuciones
después. En fin, mi conclusión es que ellos jamás dieron nada gratis. Yo creo que le grababan hasta a
los amigos. De hecho el apartamento en el que Miguel se nos voló tenía 25 líneas telefónicas. Era una
especie de gerencia. En alguna oportunidad dije que la telefónica de Cali era más de ellos que de los
usuarios normales.
Tras su captura, Miguel Rodríguez Orejuela entabló una demanda ante la Procuraduría General de la
Nación contra el ex ministro de Defensa Fernando Botero Zea, acusándolo de haber violado sus
derechos fundamentales. Pero con todo fue llamado a declarar el 11 de marzo de 1996 ante la Corte
Suprema de Justicia en la investigación contra algunos congresistas involucrados en el proceso 8.000.
El 2 de abril de ese mismo año, la Fiscalía General de la Nación solicitó para él la máxima pena de 24
años por el delito de narcotráfico. Dos veces fue pedido en extradición por Estados Unidos y Canadá
por conspiración, importación, comercio y tráfico de cocaína en esos países.Su sentencia llegó el 17
de enero de 1997 y fue condenado a nueve años de prisión, pena que en mayo de 1997 fue
aumentada a 15 años, siempre por los delitos de narcotráfico y enriquecimiento ilícito. Desde entonces
Miguel Rodríguez Orejuela se encuentra recluido en el pabellón de alta seguridad de la Penitenciaría
Central de Colombia La Picota en Bogotá.

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