Martes, 2 de septiembre de 2014

EL SHERIFF

| 1992/05/04 00:00

EL SHERIFF

Este es el juez que tiene en pánico a la clase política y medio paralizada la administración pública.


HACE ALREDEDOR DE DOS AÑOS EL JUEZ César Tulio Lozano dictó una orden de captura contra uno de los miembros de la temible banda de sicarios conocida como Los Priscos. En el momento del operativo el juez, quien estaba presente, se indignó al darse cuenta de que el encargado de adelantar la operación mandaba adelante a los agentes y él se quedaba esperando afuera. En un movimiento rápido y sorpresivo Lozano tomó el arma del oficial, entró a la casa y personalmente le puso el cañón de la pistola en la cabeza y detuvo así al sospechoso.
Esta anécdota refleja no sólo el temperamento del juez sino su impaciencia ante la falta de resultados, dos rasgos que lo han convertido en uno de los funcionarios más efectivos y controvertidos de la justicia colombiana. Tan especiales son estas características que Lozano no recibe sus casos por reparto sino señalado a dedo por sus superiores. Con frecuencia, cuando hay un caso muy difícil al que no se le quiere medir nadie, la respuesta siempre está a la mano: Lozano. Aunque inicialmente circuló el rumor de que el juez era del M-19, la realidad es que se trata de una extraña combinación godo-samperista. No conoce personalmente a Ernesto Samper, pero de los políticos que hay en el abanico es el que más le gusta. Pero la política no es su pasión, como no lo son tampoco ni la gloria ni el dinero. Su vida está centrada en dos pilares: su familia y la justicia. Es un hombre de muy pocos amigos porque piensa que la amistad verdaderamente sincera y desinteresada está es en la familia de uno. Y si algo tiene en abundancia el juez Lozano es familia: 132 personas son descendientes de su abuelo materno. Ese núcleo es tan unido, que hacen fiesta los últimos sábados de cada mes, rotándose el turno de hacer de anfitriones. Tienen un periódico propio hecho en mimeógrafo sólo para noticias de la familia. Y como si todo esto fuera poco, tienen una cooperativa para financiar los problemas de plata.
Es profundamente religioso, y cree que todo lo que pasa en este mundo es insignificante frente a lo que pasará en el otro. La rumba tiene poco cupo en su vida, y ha adoptado una regla bastante extraña que nunca viola: sólo toma trago cuando su esposa está presente. Con ella y sus cuatro hijos, vive en una casa arrendada en el municipio de Mosquera, en las afueras de Bogotá. Su vida es la vida típica de un profesional de clase media que logra pasar los meses a ras con un sueldo de 540 mil pesos. Dados los casos que maneja, los intentos de soborno y las amenazas son parte de su vida cotidiana. Como dato increíble, este hombre que se le ha medido a casos como el del complejo de cocaína de Tranquilandia, la muerte del magistrado Hernando Baquero Borda y el robo de los 13 y medio millones de dólares del Chase Manhattan Bank, la semana pasada se colocó por primera vez en su vida un chaleco antibalas. Delante de los periodistas de SEMANA, rechazó la oferta de una escolta de tres personas de la Dijin, señalando que si lo querían proteger de verdad le dieran un carro blindado sin chofer. Le tenían un Mazda listo, pero la posesión, la víspera, del nuevo fiscal general de la Nación, Gustavo de Greiff, lo volvió a dejar en su Renault.
Registra un poco con sorpresa toda la notoriedad que ha recaído sobre él desde el momento en que dictó el auto de detención contra el alcalde. Puntualiza que es consciente de que no hay nada más peligroso que un juez entusiasmado con el aplauso de la opinión pública, pues esta puede convertirse en una presión tan indebida como cualquier otra. Le correspondió dictarle un auto de detención al alcalde, y si encuentra méritos en las investigaciones a los concejales hará lo propio cuantas veces sea necesario. Rechaza enfáticamente la acusación de que está en plan de moralizar al país, aclarando que su función se limita a hacer cumplir las leyes, y que si esto moraliza es un asunto que nada tiene que ver con él.

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