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| 11/21/2014 12:00:00 AM

El sigilo que envuelve la liberación del general Alzate

En medio de las especulaciones, el CICR, con prudencia, avanza en los protocolos para lograr el regreso de cinco plagiados por las FARC.

La imagen de un helicóptero azul y sin insignias que permaneció estacionado en la pista del aeropuerto de Quibdó es tal vez la única información que los medios de comunicación han podido obtener sobre los detalles que rodean la liberación de cinco secuestrados por las FARC, entre ellos el general Rubén Alzate Mora, comandante de la Fuerza de Tarea Conjunta Titán del Ejército.

En medio de un mar de especulaciones sobre el lugar donde las FARC tendrían a sus rehenes o sobre las coordenadas que indicarían el punto de la selva abrupta en el que se llevaría a cabo la liberación, pocas cosas se pueden decir con certeza. El único hecho inobjetable es que el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) está en contacto con las partes desde el jueves pasado, día en que voceros de los países garantes anunciaron que, gracias a su intervención, los guerrilleros estaban prestos para devolver al general.

A partir de ese momento la información que ha fluido desde el Gobierno es nula. El CICR, en sus oficios de organismo neutral, se ha limitado a decir, por razones de seguridad y por la sensibilidad propia de este tipo de operaciones, que están sólo pendientes de que se establezcan las condiciones de seguridad necesarias para llevar a cabo la tarea. Esa ha sido la única declaración de Patricia Rey, vocera del organismo en Colombia.

Si bien la liberación se hace bajo la estricta confidencialidad, lo cierto es que las acciones del CICR, como ha ocurrido en otros casos, dependen exclusivamente de que las partes del conflicto se hayan puesto de acuerdo en cuanto al cese de acciones militares en zonas determinadas. Y ahí es donde tal vez está el escollo más grande. Con el secuestro del general Alzate quedó en evidencia que la delegación de las FARC en La Habana no tiene una comunicación rápida y constante con sus hombres en terreno, especialmente con los del frente 34, que se esconden a lo largo y ancho de una enorme selva surcada por el río Atrato y sus afluentes.

De darse las condiciones, el CICR está en capacidad de llevar a cabo la operación en un lapso máximo de 36 horas. Para ello cuenta con vehículos y lanchas suficientes. Incluso tiene la posibilidad inmediata de alquilar helicópteros civiles si las condiciones topográficas así lo ameritan. Ese fue el modo como operó la acción humanitaria que permitió en el 2013 la liberación de dos ciudadanos alemanes que el ELN mantuvo secuestrados en el Catatumbo.

En el caso del general Alzate y sus acompañantes no se utilizarán aeronaves de la Fuerza Aérea o del Ejército, pues son partes en el conflicto. La experiencia indica que un avión o un helicóptero militar sólo puede operar en estos casos si pertenece a una fuerza armada extranjera que haya sido autorizada previamente por las FARC y el Gobierno. Vale recordar que en marzo del 2012, dos helicópteros Super Cougar de la Fuerza Aérea de Brasil fueron usados para la liberación de diez militares y policías secuestrados por esa guerrilla.

Ahora bien, no en todas las liberaciones se han necesitado de aeronaves. La delegación humanitaria que llegó hasta el lugar en el que las FARC entregaron al periodista francés Romeo Langlois, en mayo de 2012, lo hicieron a bordo de un carro del CICR. Los delegados primero llegaron en avión hasta el aeropuerto de Villavicencio y de ahí partieron por tierra hacia el lugar ignoto que había determinado la guerrilla.

Las coordenadas que las FARC entregan para una liberación son proporcionadas a los pilotos sólo cuando el helicóptero ha alzado vuelo. Lo mismo ocurre si la misión se hace en un vehículo. Se trata de información que previamente está en manos de un miembro del CICR o de un facilitador. En ciertas oportunidades, por ejemplo, las coordenadas han sido manejadas por un miembro de Colombianos por la Paz, organización que ha estado presente en varias liberaciones.

Y mientras esas acciones toman su rumbo, con el más completo sigilo y prudencia, un puñado de camarógrafos y reporteros continúa esperando a las fueras del aeropuerto de Quibdó, allí donde parece que no se moviera ni una mosca.
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