Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1999/12/20 00:00

El siglo XIV: los Cuatro Jinetes

El siglo XIV: los Cuatro Jinetes

obre la floreciente Europa cristiana (y sobre el mundo entero: pero estas crónicas del Milenio son sólo el registro de cómo la Europa cristiana obtuvo el dominio del mundo entero) el siglo XIV cayó como una lluvia de sangre. Galoparon sobre el continente los temidos Cuatro Jinetes anunciados en el Apocalipsis de San Juan: el Hambre, la Guerra, la Peste. Y la Justicia Divina, que es ese cuarto jinete que en la enumeración todos olvidamos siempre, porque no se ha visto nunca.

El Hambre. Volvieron las hambrunas de la alta Edad Media, pero causadas ahora por algo que hay que llamar con un nombre muy posterior: la Crisis Económica. Se hundió la producción agrícola, abrumada por la creciente y triple extorsión eclesiástica, señorial y real. Se hundió el comercio, incapaz de soportar los crecientes y triples impuestos: se inventaron nuevos, se reforzaron los existentes, se resucitaron algunos que habían desaparecido desde los tiempos de Carlomagno. Y se hundió la moneda, corroída por las devaluaciones de los reyes, el agotamiento de las minas y el atesoramiento de los metales preciosos, que los retiraba de la circulación para convertirlos en coronas, en cálices, en cetros. Un ejemplo: Bonifacio VIII, el primer Papa del siglo, agrandó la tiara papal hasta el descomunal tamaño de un codo, y la adornó no ya con una, sino con tres coronas: la espiritual, la temporal, y otra. De oro las tres.

La Guerra, a la vez causa y consecuencia de la crisis económica generalizada. Los señores, los Papas y los reyes necesitaban sin cesar mayores recursos para financiar sus muchas guerras: de sucesión, de conquista, de represión, de prestigio, contra el hereje, contra el infiel, de todos contra todos. De extremo a extremo, Europa se vio desgarrada por revueltas señoriales, masacres de inocentes (en particular leprosos y judíos), levantamientos campesinos: la Grant Rage (la gran cólera) que se extendió espontáneamente por Francia, por Flandes, por Inglaterra, por Bohemia, por Cataluña, por Lombardía, y en todas partes fue ahogada en sangre. La nobleza empobrecida por la crisis se entregó a guerras de rapiña, como cuenta el Poema de Alfonso XI:

“En ese tiempo los señores

corrían Castilla...”.

Y lo reitera el francés Jean Froissart en sus famosas Crónicas.:

“Todo era nuestro, y todo era robado a nuestra voluntad”.

Y la forja y consolidación de las monarquías nacionales exigía, naturalmente, guerras grandes: guerras civiles en Castilla, guerras dinásticas en Alemania, guerras territoriales entre franceses y borgoñones. Y la gran guerra entre franceses e ingleses por el trono de Francia, que iba a llamarse la Guerra de los Cien Años. Italia, por su parte, siguió siendo minuciosamente pasada a sangre y fuego por todo el mundo: franceses, aragoneses, alemanes, sin contar sus propios príncipes pendencieros y sus ciudades revoltosas, Génova, Milán, Florencia, Venecia.

Por añadidura, la Peste. Venida de China y Turkestán, la introdujo en Occidente una galera genovesa cuya tripulación se infectó en Caffa, en el Mar Negro, en 1347, y fue contagiando todos los puertos que tocó a su regreso, de Sicilia a Marsella. En su forma bubónica la transmitían las pulgas de las ratas, y en su forma pulmonar, más grave, la respiración de las personas. En cuatro años, y con sucesivas recrudecencias que se prolongaron hasta 1400, la Peste Negra redujo tal vez a la mitad la población de Europa, en especial en Inglaterra, Cataluña, Toscana, el Languedoc, Navarra. Se ha dicho que fue una peste “infantil y proletaria”, porque se cebaba particularmente en los niños y en lo pobres, por razones de debilidad y de higiene. Pero si maltrataba a los “pobres pastores de ganados”, tampoco respetaba “emperadores ni prelados”. Mató al rey Alfonso XI de Castilla, y a Laura, la novia del poeta Petrarca. En Aviñón, donde desde principios del siglo vivían los Papas como rehenes del rey de Francia, exterminó a dos tercios de la corte pontificia. Aniquiló casi por completo a los dominicanos, que constituían entonces la élite intelectual de la Iglesia. Se calcula que, en el mundo entero, la Peste Negra acabó con un tercio de toda la humanidad. Jamás en la historia se había visto, ni ha vuelto a verse, una catástrofe semejante.

Y contagió también, como era de esperarse, las conciencias: se acusó de la peste a los judíos, de quienes se decía que envenenaban los pozos para transmitir la plaga. El siglo XIV es el de la primera gran oleada antisemita, desde España hasta Rusia.

¿Y el cuarto jinete, el de la Justicia Divina? Ah, sí: lo habíamos olvidado otra vez. La justicia divina corría por cuenta de los Papas, naturalmente: eso representaba la triple tiara de Bonifacio VIII. Pero la arrogancia de este Papa (“su Grandísima Fatuidad”, lo llamaba en sus cartas el rey Felipe IV de Francia), no le bastó para imponerse al poder temporal de los reyes, en particular el francés, que llevó su irreverencia hasta el extremo de ponerlo preso en su castillo de Agnani. Murió a los pocos días, de la humillación sufrida. Pocos años más tarde, Dante lo enviaría al infierno en su Divina Comedia.

Pues fue también un mal siglo para la Justicia Divina, o por lo menos para sus autodesignados representantes en la tierra. Bonifacio había iniciado el siglo proclamando las indulgencias del primer jubileo (el de 1300) y publicando la famosa bula Unam Sanctam, que afirmaba sin ambages el absolutismo teocrático:

“Es necesario para la salvación creer que toda criatura humana está sometida al pontífice romano: nos así lo declaramos, lo anunciamos y lo definimos”, concluía solemnemente la bula. Pero muerto Bonifacio el rey de Francia no sólo obligó a sus sucesores a anularla (así como otras, que prohibían cobrar impuestos a los curas), sino que se los llevó a la ciudad francesa de Aviñón, en un ‘cautiverio’ que duraría 60 años y se prolongaría en el Gran Cisma (había simultáneamente dos Papas, y a veces tres), hasta entrado el siglo XV. La batalla por la supremacía temporal la habían perdido definitivamente los Papas, aunque seguiría inspirando tercamente su política por lo menos hasta León XIII, a finales del siglo XIX.

Aunque también es posible, si bien se piensa, que la Justicia Divina no estuviera representada por la pretenciosa tiara de Bonifacio VIII, sino por el hambre, la guerra y la peste.

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