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| 5/28/2011 12:00:00 AM

El sobreviviente

SEMANA reconstruye la historia de Francisco Piedrahíta, el rector de la Universidad Icesi, y los momentos de pánico y alegría que vivieron él, sus familiares y sus compañeros de trabajo durante los cinco días en que estuvo desaparecido.

El profesor Francisco Piedrahíta nunca tomó cursos de supervivencia ni de primeros auxilios. Por eso asegura que lo único que lo ayudó a mantenerse con vida durante los cinco días que estuvo perdido en el parque nacional Jean Lafitte, cerca de Nueva Orleans, fue su sentido común. "Me asusté un poco, pero nunca perdí la cabeza -contó a SEMANA-. Cualquiera pensaría que me gustan las aventuras extremas, pero no, soy un tipo tranquilo y creo que la clave fue que me manejé bien".

Rodeado de pantanos, en una isla de unos tres metros de largo por uno de ancho, el rector de la Universidad Icesi, de Cali, pasó horas hablando solo. Se preguntaba quién le habría dado la noticia de su desaparición a su esposa, Claudia Uribe, y qué debía hacer para mantenerse vivo. Hizo una bandera con un palo y su camisa por si veía un helicóptero, preparó el flash de su cámara para que notaran su presencia si alguien sobrevolaba la zona de noche y buscó algo para comer. Pero en medio de la maleza, solo encontró los tallos de plantas pequeñas. Cuando la sed se hizo insoportable, tomó sus propios orines. "No sabía si me podía hacer algún mal -cuenta entre risas-. Ya acá mi hijo me contó que no pasa nada y que existe la orinoterapia, o algo así. Haberlo sabido antes...".

En las noches no podía dormir porque "hordas inverosímiles" de insectos lo atacaban permanentemente. Sabía que había una carretera cerca, pues tenía un mapa del parque y había oído motores de camiones a lo lejos, pero de nada le servía. Al quinto día se dio cuenta de que de seguir así tenía las horas contadas. Así que decidió lanzarse al pantano, que era "tan grande como una piscina olímpica", apoyado en dos palos. Con el barro hasta las rodillas, pudo salir hasta unos troncos de cipreses de más de veinte metros que, según le contaron después, había tumbado el huracán Katrina. De repente vio un helicóptero y le empezó a disparar con el flash de una de sus dos cámaras y a mover la camisa. Estaba salvado.

Piedrahíta, un personaje ampliamente querido y respetado en Cali, había llegado a Nueva Orleans unos días antes, para asistir a una reunión en la Universidad de Tulane.

Héctor Ochoa, decano de Ciencias Administrativas y Económicas de la Icesi, quien viajó con él, cuenta que la víspera lo había acompañado a un parque urbano porque quería fotografiar un pato de la especie wood duck. "Estábamos de corbata -cuenta-. Duramos tres horas caminando hasta que nos encontramos con la pata, pero Pacho quería ver al pato. Me dijo que se quedaba un día más para ir a ese otro parque, y yo le dije: 'No te vayás a meter solo'". Pero conociendo la pasión del rector por la fotografía de aves, en el fondo sabía que igual lo iba a hacer.

Y efectivamente, Ochoa cuenta medio en broma que Piedrahíta, quien tiene 65 años y una buena condición física, contrató a un taxista de 80 años, incapaz de seguirle el ritmo. Los dos llegaron por la mañana al parque Jean Lafitte, una extensión de 8.000 hectáreas, pantanosa y exuberante, muy visitada por naturalistas que disfrutan de su variada vegetación y fauna. Almorzaron y se fueron a una zona donde supuestamente estaba el pato. Cuando llegaron, la temperatura era de unos 30 grados centígrados. Piedrahíta pidió al chofer que lo esperara unos minutos, pero no volvió. "El mapa decía que había unos laguitos -cuenta el rector-. El camino no estaba tan bien demarcado ni señalizado como otros. Seguí caminando, no encontré los laguitos y el camino desapareció de repente". Cuando cayó en la cuenta, estaba perdido en una zona húmeda y tupida. Buscó la salida entre el barro durante más de cuatro horas, hasta que se sintió agotado y decidió parar en un terreno más seco. No lo sabía, pero las autoridades de Nueva Orleans, alertadas por el taxista, se preparaban para empezar un enorme operativo para buscarlo.

Ochoa, quien había regresado el sábado a Cali, recibió un mensaje de alerta de Tulane el domingo a las ocho de la mañana. Lo primero que hizo fue contarle a Claudia. "Nos volvimos expertos en Google Maps -cuenta Ochoa-. Aunque sabíamos que así no lo íbamos a encontrar, mirábamos el parque desde diferentes ángulos y solo lo cerrábamos cuando se veían cocodrilos para que Claudia no se asustara".

Alarmada, la familia se organizó. Su hijo Esteban, exdirector de Planeación Nacional, viajó esa tarde desde Bogotá a acompañar a su mamá en Cali. "Cuando llegué a la casa, el ambiente era muy parecido al día en que murió mi hermano Gabriel", confiesa. Gabriel perdió la vida en 1995, en el avión de American Airlines que se estrelló cerca de Cali. Tras la tragedia, la familia creó la fundación Gabriel Piedrahíta Uribe, que ayuda a dar educación de calidad a colegios de sectores deprimidos.

Esteban y su mamá volaron el lunes a Nueva Orleáns. Vicente, su hermano menor, quien vive en Phoenix, había llegado la noche anterior. Las autoridades les explicaron cómo trabajaba el grupo de rescate, conformado por equipos de perros, helicópteros, vehículos anfibios y más de cien hombres que llegaron de todo Estados Unidos. Les dijeron que la zona era agreste, por lo que la búsqueda iba a ser lenta. Les organizaron una carpa en el parqueadero y enviaron a unos sacerdotes para que les dieran asistencia espiritual.

Allá la familia instaló su comando. Llegaban a las siete de la mañana y se iban a las ocho de la noche. Un día Esteban desa-cató la orden de los oficiales y se metió al parque a ver si encontraba alguna pista. Las cadenas locales reportaban que los perros habían encontrado el rastro del colombiano, pero todavía no lograban dar con él.

Francisco, mientras tanto, sin saber del operativo que se había armado por su desaparición, anotaba en medio del pantano sus memorias en unos recibos de pago de tarjeta de crédito que había guardado en su billetera. El primer día había sobrevolado un helicóptero. Pero a pesar de que le agitó desesperadamente su bandera, siguió de largo. También había escuchado ladridos, pero se apagaron al poco tiempo. Nada pasaba.

"En ese momento había muchas teorías -cuenta Ramiro Guerrero, quien trabaja en la Icesi y es amigo de la familia-. Decían que le había dado un ataque al corazón, que había perdido la memoria, que lo habían atracado, que se lo había tragado un caimán o la tierra. También que se lo habían llevado los extraterrestres o que su desaparición demostraba que el mundo sí se había empezado a acabar ese sábado, como habían dicho". Más de un brujo llamó a la universidad con el argumento de que sabía el sitio exacto donde estaba Francisco. Por no descartar ninguna posibilidad, un empleado buscó las coordenadas que daban los adivinos y se dio cuenta de que era un lugar alejado del parque.

Y cuando apareció, el miércoles al mediodía, "Vicente, en el centro de comando, oyó por radio que confirmaban el rescate -contó a SEMANA Silvio Borrero, profesor enviado por la Icesi para acompañar a la familia-. Claudia se desmayó cuando nos contaron. Tratamos de asistirla. Fue, curiosamente, el único momento improvisado de la operación".

En la Icesi todos siguen celebrando. Y, mientras Piedrahíta se recupera de la deshidratación, las picaduras y las heridas, reconoce que no solo sintió una alegría inmensa al ser rescatado. "También estaba apenado por ese operativo tan aterrador -dice-. Lo que más pena me da es que todo habría sido diferente si yo hubiera llevado el celular, como siempre me han dicho mis hijos, y no lo hubiera dejado en la caja fuerte del hotel...".
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