Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2015/11/12 16:00

El soldado secuestrado por las FARC que también sufrió la tragedia de Armero

Semana.com presenta la historia de Róbinson Salcedo Guarín que tuvo que vivir a flor de piel dos de las catástrofes más grandes de las últimas décadas en Colombia.

Muchos colombianos recuerdan el rostro de Robinson Salcedo Guarín, un soldado que duró 14 años secuestrado por las Farc (foto pequeña). Foto: Archivo SEMANA.

Muchos colombianos recuerdan el rostro de Róbinson Salcedo Guarín, un soldado que duró 14 años secuestrado por las FARC y que recuperó su libertad en el 2012. Lo que pocos saben es que él también vivió la avalancha de Armero y que durante la tragedia perdió a la mayor parte de su familia.

La historia de Salcedo Guarín está marcada por dos de las catástrofes más grandes de la historia nacional reciente: una natural (acompañada por la desidia del Estado) como la de Armero, y una provocada por los odios y la violencia del conflicto armado. La vida de este soldado representa así el drama de lo que ha sido vivir en Colombia para varias generaciones.

El 13 de noviembre de 1985, Salcedo dormía en el cuarto con sus tres hermanos cuando sintió un estruendo. Aunque las autoridades de la ciudad habían dicho que no había de qué preocuparse, el agua de pronto empezó a inundar la casa. Así supo que la avalancha, de la que se venía hablando durante meses, había llegado.

El instinto de supervivencia los hizo a todos salir despavoridos en medio de la oscuridad. Salcedo, entonces de 13 años, corrió y corrió con la avalancha tocándole los talones. Y logró esquivarla: llegó a la plaza de mercado, que estaba seca, y se salvó.“Pasé la noche solo en medio del llanto y los lamentos de las otras personas que habían llegado a buscar refugio”, le dijo a Semana.com.

Como muchos otros sobrevivientes, Salcedo no sabía con certeza qué había pasado y solo hasta la madrugada se enteró de la magnitud del desastre. Se puso de pie, caminó durante horas por los senderos que los socorristas habían improvisado y así salió de Armero rumbo a Guayabal. Días después, por medio de los boletines radiales logró encontrar a unos familiares en Ibagué. Y allá también dio con su hermano, su madre y su sobrina. Pero tuvo que enterarse de una noticia amarga: todos los demás integrantes de la familia habían muerto.

Después de la catástrofe, la vida de los Salcedo cambio. Llegó la crisis y la austeridad. Lo habían perdido todo y tuvieron que vivir de los bonos mensuales que les daba el gobierno. Salcedo estudió hasta los 18 años. Y aunque al ser damnificado de la tragedia de Armero estaba exonerado de prestar servicio militar, en 1990, a escondidas de su madre, se enroló en el Ejército.

La toma de Miraflores

Como soldado, Salcedo hacía patrullas y cuidaba bases y puestos fijos. Después se entrenó en las comandos contraguerrilla hasta que sus superiores lo enviaron a las fuerzas especiales. Estando allí hizo el curso de suboficial y posteriormente de aire.

En 1998 lo trasladaron como comandante al batallón Joaquín Paris en San José del Guaviare. Así llegó, junto con 200 hombres más, a reforzar una tropa en Miraflores el 20 de julio de ese año. Al mismo tiempo, los rumores de una incursión de las FARC crecían. Salcedo y los suyos tuvieron que salir de la base y permanecer en los alrededores del pueblo para proteger a la población.

“Cuando uno entra al ejército está entrenado para no retroceder”, dice Salcedo. Recuerda que bajo esa premisa, el 3 de agosto, salió con su tropa a luchar contra un grupo de insurgentes que los duplicaba en hombres y armamento. La valentía no sirvió de mucho: los guerrilleros los cercaron y así arrancó la toma de Miraflores, uno de los capítulos más tristes que el país debió vivir, impotente, a finales de los años noventa.

Cuando el fuego cesó, la oscuridad les permitió a Salcedo y algunos de sus hombres esconderse y esquivar dos cortinas de insurgentes que pasaron a su lado. Él intentó cortar la respiración para hacer el menor ruido, rezó varias veces el Padre Nuestro y les pidió perdón a Dios y sus seres queridos. Sabía que estaba en el momento más crítico de su vida.

Pasaron unos minutos y, por un instante, en medio del silencio, sintió que se había salvado. Pero justo entonces un jefe guerrillero que traía un dispositivo de visión nocturna identificó a uno de sus compañeros heridos y, posteriormente, a él.

Así empezó la segunda tragedia de la vida de Salcedo: un secuestro de 14 años.

En ese tiempo pasó por innumerables campamentos y sobrevivió a los bombardeos del Ejército y a la violencia y las humillaciones de la guerrilla. La experiencia que más lo marcó, según sus propias palabras, fue la de tener que estar encerrado en una especie de jaula hecha de alambres en la zona de distensión en San Vicente del Caguán.

Hoy, Salcedo no mantiene una amistad con sus viejos compañeros de cautiverio, pero los recuerda como aliados de vida. Compartió, por ejemplo, con Alan Jara, quien le dio clases de ruso. Dice que pasó por varias fases: desde la rabia de los primeros meses, pasando por la reflexión de los años que siguieron, hasta la final espera de una libertad que sentía cerca pero esquiva. Sostiene que durante los años conversó con sus captores para "tratar de entender su ideología" y que en repetidas ocasiones leyó libros del grupo guerrillero.

La libertad le llegó una noche mientras escuchaba por radio la narración de un partido del Atlético de Madrid. La emisión fue interrumpida para anunciar la noticia de que él y sus otros compañeros iban a ser liberados. Horas después recibió la orden de marchar, y Salcedo caminó por varios días hasta que, el 2 de abril de 2012, en un paraje entre Meta y Guaviare salió de las cadenas de la guerrilla junto a otros tres militares y seis policías.

Hoy Salcedo es sargento primero del Ejército y se considera, a pesar de todo, un hombre optimista. El día que volvió a ver a su mamá sintió o, mejor, se dijo a sí mismo que durante esos 14 años no había estado en cautiverio, sino trabajando. Y dice que tanto la avalancha de Armero, como el secuestro han sido dos experiencias que la vida le puso "para aprender".

“De pronto Dios me puso ahí para reflexionar, para ser una persona más mesurada. Yo era un loco, no medía las consecuencias, siempre iba de frente llevando la gente a primera línea, al límite", dice. "Hoy analizo más las cosas”.

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