Lunes, 1 de septiembre de 2014

Este es el momento, el pasado 12 de agosto, en que el presidente Juan Manuel Santos y su ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, despidieron a los miembros de la cúpula militar saliente (a la izquierda) y anunciaron la nueva (a la derecha). Presidencia

| 2013/08/17 11:00

El súbito cambio en la cúpula militar

El remezón fue toda una sorpresa. ¿Por qué se dio ahora?

Sorpresa. Es la palabra que quizá mejor describe el cambio en la cúpula militar y de la Policía, que se anunció en gran rueda de prensa la semana pasada. ¿Por qué el presidente decidió cambiar una cúpula que él mismo y su ministro de Defensa habían nombrado y calificado reiteradamente como la de mejor desempeño en la historia? 


El lunes 12 en la noche, el presidente Juan Manuel Santos anunció la tercera cúpula militar en lo que va de su gobierno. Como hacen las autoridades en estos casos, declaró el cambio una renovación natural y le reconoció a la cúpula saliente “resultados contundentes, incontrovertibles y nunca antes vistos”. 


Salieron los generales que estaban al frente del Comando General, Alejandro Navas; del Ejército, Sergio Mantilla; de la Fuerza Aérea, Tito Pinilla; el jefe de Estado Mayor Conjunto, Javier Pérez,  el almirante Roberto García, de la Armada, y el director de la Policía, José Roberto León. Salvo este último, que llevaba un año escaso al frente de la fuerza, los demás llegaron en septiembre de 2011, junto con el ministro Juan Carlos Pinzón.


Sus reemplazos son poco conocidos por la opinión pública. De forma altamente inusual, el nuevo comandante general, el general Leonardo Barrero, salta del mando de una división al de todas las fuerzas, sin pasar antes, como es tradicional, por la jefatura de su institución, el Ejército. Para dar paso al nuevo jefe de la Fuerza Aérea, el general Guillermo León, al menos tres generales debieron hacerse a un lado. 


Una excepción es el general Rodolfo Palomino, a quien sí le había ‘llegado el turno’ y es reconocido como un experto en seguridad ciudadana, un elemento que, según pudo averiguar SEMANA, fue importante en el cambio de cúpula. El nuevo comandante del Ejército, Juan Pablo Rodríguez, y el de la Armada, el vicealmirante Hernando Wills, también estaban ‘en la fila’.


La cúpula saliente participó en los golpes más importantes contra la guerrilla, como la muerte del Mono Jojoy en 2010, y lideró la de Alfonso Cano, a fines de 2011. En la forma de contar resultados propia de los militares, registraba, desde septiembre de 2011, la muerte, captura o desmovilización de un miembro del secretariado de las Farc, dos del Estado Mayor, 22 jefes de frente y 12 de columnas y compañías móviles; diez comandantes de frente o compañía del ELN, y una larga lista de capos de las bacrim, entre ellos todos los narcos más buscados. Fue la cúpula que diseñó Espada de Honor, la nueva estrategia militar con la que el gobierno buscó adaptarse a los cambios en el accionar de las Farc.


Pese a todo esto, el presidente cambió esa cúpula. Sobre los motivos se han generado toda clase de especulaciones. Algunas explicaciones se han centrado en presuntas asperezas de carácter del general Mantilla. Se ha llegado hasta insinuar  que el general estaría en contra de las conversaciones con las Farc. Sin embargo, el cambio obedece a razones menos anecdóticas. 

 

Una de ellas empezó a hacerse visible hace unos meses en las cifras de resultados y en variables delicadas de la ecuación de la guerra. Hay indicios de que la cúpula saliente había llegado al tope de su desempeño y los rendimientos, si bien se seguían presentando, empezaban a ser decrecientes frente a la nueva naturaleza de la inseguridad en el país.  


Si se revisan las cifras del Ministerio de Defensa, entre el primer semestre de este año y el del año pasado, hay leves aumentos en homicidios, en número y víctimas de masacres, en atentados contra oleoductos, entre otros. La extorsión denunciada fue la mayor desde 2004. El número de guerrilleros capturados, que venía en aumento desde 2010, disminuyó por primera vez en el primer semestre de este año. El de guerrilleros muertos, que era más o menos estable desde 2009, también bajó en este primer semestre. 


No es que la situación se haya deteriorado notablemente, pero en ciertas áreas empieza a verse un estancamiento o, al menos, una desaceleración en algunas cifras. Las acciones terroristas vienen en aumento desde 2007 sin que se haya logrado invertir la tendencia. Otras acciones, como hostigamientos, emboscadas y ataques a instalaciones, no han bajado significativamente desde 2009.  Algo similar ocurre con el secuestro extorsivo.


Aún más importantes han sido los cambios en variables sutiles pero decisivas de la guerra. Los golpes asestados a las Farc contribuyeron a convencerlas de una negociación. Pero esta se inició cuando la nueva estrategia militar apenas se estaba poniendo en pie: las conversaciones secretas en La Habana y la puesta en marcha de las nuevas fuerzas de tarea conjuntas para atacar a las Farc en sus zonas históricas arrancaron simultáneamente, en febrero de 2012. Las Farc y el ELN han cambiado de manera notable desde entonces, ahora se mimetizan más entre la población civil y promocionan acciones de masas de protesta a través de paros y marchas. 


A todo esto se añade el peso creciente que otros desafíos están cobrando en el mapa de la seguridad. En un reciente artículo en el portal Razón Pública, María Victoria Llorente, directora de la Fundación Ideas para la Paz, planteó que, mientras las grandes amenazas a la seguridad del Estado, representadas por el “entrecruce letal del conflicto armado interno con el narcotráfico” están en declive, han venido ganando peso amenazas a la seguridad ciudadana ligadas a las bacrim, a las redes que se nutren de las drogas y a la minería ilegal, la extorsión, el microtráfico, el delito callejero y la violencia intrafamiliar.


La nueva cúpula militar y policial luce como un intento del gobierno por adecuar sus estrategias a esta evolución en los desafíos a la seguridad. Por una parte, es evidente la creciente preocupación de la gente y las autoridades por la seguridad ciudadana. 


La respuesta de la Policía aún deja mucho que desear y, con la salida de una figura del peso del general Óscar Naranjo, fricciones internas han emergido y le han restado efectividad. La escogencia del general Palomino es una apuesta por un experto en seguridad ciudadana y por un mejor ejecutor que su predecesor; el “policía de calle” que demandan las circunstancias, como lo llamó una fuente que pidió reserva por su cercanía a la institución.


Por otra parte, la fase actual de la guerra plantea también desafíos nuevos. Cada día son más vitales una buena relación de los militares con la población civil (y no, como ocurre en algunas zonas, cierta desconfianza mutua) y una adecuada comprensión territorial y política, no solo militar, del conflicto. Se ha dicho que los generales Barrero y Rodríguez aportan perfiles de ese tipo. 


“El nuevo mando deberá ofrecer una mayor cercanía e interacción con la población civil”, dijo el presidente Santos al anunciar el cambio. Ambos oficiales aportan, a la vez, eficacia operativa: los dos golpes más fuertes a las Farc en los últimos meses, la muerte de Caliche y Zeplin, tuvieron lugar en Cauca; y el general Rodríguez estuvo involucrado, de principio a fin, desde la V División hasta el Comando Conjunto de Operaciones Especiales (Ccoes) en la cacería contra Alfonso Cano.


Así, más que una cúpula para un posconflicto, que no empezará decididamente hasta que no se llegue a acuerdos claros con las guerrillas, el nuevo mando militar y policial luce como una apuesta del presidente y su ministro para ajustar las políticas de seguridad a los nuevos desafíos. Con las elecciones presidenciales a un año de distancia no es improbable, además, que se trate de una cúpula de transición. 

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