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| 5/5/1997 12:00:00 AM

EL TEATRO DE LA PAZ

La propuesta del ministro de Defensa, Gilberto Echeverri, puso nuevamente a los protagonistas de la guerra a representar el libreto de la paz.

Hasta hace dos semanas hablar de paz en Colombia era imposible. En medio de los muertos que dejaban los ataques guerrilleros, las masacres de los paramilitares y la intensificación de los enfrentamientos entre unos y otros, quien se atreviera a mencionar la palabra paz era considerado poco menos que un loco. Sin embargo, repentinamente todo cambió. Bastó con que el nuevo ministro de Defensa, Gilberto Echeverri Mejía, pusiera sobre el tapete el tema para que, como por arte de magia, todo el mundo volviera no sólo a hablar de paz, sino lo que es más sorprendente, a pensar que ahora sí a la paz le puede haber llegado su cuarto de hora.¿Qué fue lo que logró cambiar en cuestión de horas la percepción de todo un país sobre la paz? En realidad, en la propuesta de Echeverri de crear una institución que a nombre del Estado sea la responsable de la paz no hay mucho de novedoso. Varias de las personas que han trabajado en el tema han propuesto en otras ocasiones que el manejo de la paz se saque de las esferas puramente gubernamentales para involucrar en él a otros sectores del país. Lo que impactó en este caso fue el hecho de que en un momento de intensificación del conflicto fuera precisamente el ministro de la guerra el que hablara de paz.
A partir de ese momento los distintos actores de la guerra se sintieron con el derecho y en la obligación de sentar sus posiciones. Empezaron a buscar el escenario adecuado, a tratar de cautivar audiencia y, finalmente, el pasado jueves se levantó el telón en el Congreso de la República donde todos, desde el general Harold Bedoya hasta el cura Manuel Pérez, tuvieron oportunidad de representar su libreto. Aunque algunos de los protagonistas han cambiado, para la mayoría de los observadores la nueva versión de la paz no se diferencia mucho de las que ya se han visto en otras oportunidades. Nuevamente los actores han salido al escenario a insistir en su voluntad de encontrarle una solución negociada al conflicto. Sin embargo, más allá del parlamento de cada uno, no hay hechos nuevos que indiquen que en esta ocasión sus intenciones son distintas a las de lograr, una vez más, el aplauso de la galería.

Los protagonistas
El hecho de que el ministro de Defensa, Gilberto Echeverri, aceptara su cargo hablando de paz, sorprendió a muchos colombianos, pero no a los paisas. Desde hace más de dos años Echeverri venía trabajando discretamente junto con un grupo importante de antioqueños, incluido el gobernador Alvaro Uribe Vélez, en una 'comisión facilitadora' cuyo objetivo era aproximarse a los actores de la guerra en ese departamento para tratar de entender sus motivaciones. Sin embargo, una cosa es aclimatar un diálogo regional en Antioquia, con características e intereses particulares, y otra tratar de repetir esa experiencia a nivel nacional. De todos modos una propuesta de paz, por vaga e ingenua que sea, en boca del Ministro de Defensa adquiere un peso específico diferente. Mucho más si se trata de una persona que llega al cargo con la credibilidad y la confianza que generó el nombramiento de Echeverri. Es un hecho que el país está cansado de la guerra y por lo mismo cualquier esperanza de paz que le abran va a ser bienvenida. Esto explica en buena medida la euforia que crearon las palabras del Ministro. No obstante, está demostrado también que es prácticamente imposible para una misma persona manejar el discurso de la paz y administrar la guerra. El dilema que tiene Echeverri entre sus manos es que al mismo tiempo deberá responderle a la opinión por su propuesta pacificadora y a los generales por el éxito en el campo de batalla. La primera prueba de fuego para el nuevo Ministro llegará cuando tenga que actuar ante una ofensiva de la guerrilla y se vea obligado a decidir entre la mano tendida o el pulso firme. Pero lo más difícil para el Ministro va a ser convencer a los militares de que se monten en el bus de la paz. De entrada, Echeverri cometió el error táctico de lanzar la propuesta sin contar con su apoyo. La reacción negativa de la cúpula fue inmediata. Es por esto que el primer problema que tendrá que resolver el Ministro cuando se posesione será el del respaldo de los militares a sus intenciones de paz. La disyuntiva no será fácil. Las alternativas son dar un reversazo y asumir el costo político que ello implique o remover la cúpula y buscar un equipo que le camine a su propuesta.
En cuanto a la posición de las Fuerzas Militares, el general Harold Bedoya dejó en claro desde el comienzo que no están dispuestas a sentarse fácilmente en la mesa de negociación. Para ellas se trata de una cuestión de principios. Simplemente no van a dialogar con quienes consideran dejaron hace mucho tiempo de ser combatientes políticos para convertirse en terroristas y narcobandoleros. Además, para los militares es evidente que no se puede creer en la voluntad de paz de la guerrilla. Ellos saben mejor que nadie el desgaste que significa para las Fuerzas Armadas terminar involucradas en un proceso de paz fallido, en el que cualquier acción por parte suya puede ser considerada como un atentado contra la paz, y los proyectos de modernización y adquisición de armamentos corren el riesgo de ser suspendidos.
Pero Bedoya no se conformó con rechazar de frente la propuesta del nuevo Ministro. Decidió salir a la ofensiva y en una intervención en la Escuela Superior de Guerra propuso volver a establecer las milicias nacionales, una especie de comandos civiles armados que actuarían bajo la tutela del Ejército. La propuesta cayó como un baldado de agua fría en medio del entusiasmo que había producido la iniciativa de Echeverri. Para muchos lo que hay detrás de las palabras de Bedoya es el deseo de las Fuerzas Armadas de buscar la forma de legalizar a los paramilitares, que tantos problemas les han traído últimamente. Como dijo un experto en temas militares a SEMANA, "lo que resulta sorprendente de este planteamiento es que mientras el Derecho Internacional Humanitario trata de sacar a los civiles de la guerra, Bedoya esté tratando de involucrarlos en ella".Aunque nadie esperaba que Bedoya acogiera con beneplácito la propuesta de su jefe, por ser tan cercano al Ministro, se pensaba que por lo menos abriría un prudente compás de espera frente al tema. El hecho de que no haya dado el más mínimo margen para una negociación hace pensar que de entrada las relaciones con Echeverri no van a ser fáciles y que muy seguramente el país deberá prepararse para presenciar en la cúpula del Ministerio de Defensa un pulso entre la paz y la guerra.

Guerrilla y 'paras'La guerrilla, por su parte, aprovechó nuevamente la oportunidad para reiterar su supuesta voluntad de paz. Sin embargo es difícil creerle. Para nadie es un secreto que la paz sólo es posible cuando se agota la guerra. Y esto está muy lejos de suceder en Colombia. Después de haber obtenido éxitos militares como los de Puerres en Nariño y Las Delicias en el Caquetá es ingenuo pensar que las Farc puedan tener en este momento la más mínima intención de hablar seriamente de paz. No sólo creen que están ganando la guerra, sino que además tienen el convencimiento de que están en capacidad de convertirse a la vuelta de unos pocos años en un verdadero ejército guerrillero con más de 30.000 hombres y comandado por un cuerpo de oficiales altamente calificado. Lo que sí es claro es que las Farc no van a desaprovechar el papayazo que les ofrece la iniciativa de Echeverri. Como decía su desaparecido líder Jacobo Arenas, "la tregua no es un momento de la paz sino de la guerra". Y si algo han sabido hacer las Farc es aprovechar los espacios políticos para fortalecerse. La prueba más clara de las pocas intenciones que tienen las Farc de sentarse a la mesa de negociaciones es que cada vez que este gobierno ha hablado de paz han puesto condiciones prácticamente imposibles de cumplir. En las épocas en que Carlos Holmes Trujillo era alto comisionado para la Paz exigieron la desmilitarización de La Uribe, requisito que era imposible de satisfacer, pues el Ejército no estaba dispuesto bajo ninguna circunstancia a entregarle a las Farc por un acuerdo político el trofeo más importante obtenido en el campo militar. Ahora, según manifestó el propio Raúl Reyes _miembro del secretariado general y vocero internacional de la organización_ en el video presentado la semana pasada en la Cámara de Representantes, no sólo exigen el retiro de las tropas de La Uribe sino también de Mesetas, Vistahermosa y La Macarena. Hay motivos para creer que el ELN tampoco está siendo sincero en su voluntad de paz. El primero de ellos es que, al igual que las Farc, no es una guerrilla derrotada sino en crecimiento, como lo demuestra el hecho de que ya estén creando frentes en Cundinamarca. El segundo es que, aunque el cura Manuel Pérez y Nicolás Gabino han insistido en la humanización de la guerra y en mantener un discurso político, sus tesis han sido constantemente derrotadas por el poderoso frente Domingo Laín, lo cual _dentro de la estructura del ELN en donde las decisiones no se toman en forma vertical sino colegiada_ les ha significado tener que someterse a la tendencia militarista de ese frente. La imagen de un cura viejo, cansado y aparentemente enfermo, repitiendo la misma retórica antiimperialista de los años 60, dejó la impresión dentro de los asistentes al debate en la Cámara la semana pasada de que este hombre está muy lejos de poder conducir al ELN a algo diferente de la guerra en que ha estado enfrascado durante los últimos 30 años.
Los grandes ganadores de esta puesta en escena parecen ser los paramilitares, quienes poco a poco han ido pasando de ser los encargados de hacer el trabajo sucio de la guerra contra la subversión a tener un espacio político propio. Es un hecho que ellos son los únicos que están realizando secuestros políticos en este país. A los ojos de mucha gente se anotaron un hit cuando retuvieron por varios meses a familiares de guerrilleros con el argumento de hacerles sentir en carne propia la crueldad de un secuestro, y otro cuando decidieron devolverlos a través de la Cruz Roja Internacional para demostrar su voluntad de paz.Aunque Raúl Reyes hizo saber que no existe la menor posibilidad de que las Farc se sienten a la mesa de negociación con los paramilitares, pues según las palabras del propio Reyes "ellos están al margen de la ley", los hechos serán los que determinen finalmente quiénes deban ser los interlocutores en un proceso de paz en Colombia. Y lo más seguro es que de ninguna manera se pueda excluir a los paramilitares. Poco a poco han ido ganando terreno militarmente en zonas importantes como Urabá, el sur de Sucre, Córdoba y Cesar y el Magdalena Medio y hoy en día nadie puede desconocer que una paz sin ellos sería una paz a medias. El epílogoQuizás lo más positivo de la iniciativa del nuevo Ministro de Defensa es que logró en pocas horas lo que muchas personas habían estado tratando de conseguir por años: la desatanización de la paz. Después del fracaso de las conversaciones en Caracas y Tlaxcala durante el gobierno de Gaviria y del intento fallido de Carlos Holmes Trujillo al comienzo de la administración Samper, hablar de buscar una negociación política a la violencia que vive el país era considerado una herejía. Ahora la paz no sólo ha vuelto a los grandes escenarios como el Congreso y los medios, sino que además será tema obligado de la próxima campaña electoral, en la cual los candidatos ya no podrán dejar de sentar sus posiciones sobre las posibilidades de una paz negociada en Colombia. La iniciativa del ministro Echeverri le cayó como anillo al dedo a un gobierno que ya había renunciado a meterle el diente a la paz. Aún así todos saben que es poco lo que puede hacer la administración Samper, pues la guerrilla no negocia la paz con gobiernos débiles. En palabras del ex canciller Augusto Ramírez Ocampo, miembro de la Comisión Nacional de Conciliación, "la propuesta del Ministro deshiela la actitud que había asumido el gobierno frente a la paz. Pero el gobierno no puede apropiarse de ella para mejorar su pírrica posición política".Sin embargo son muchas más las voces escépticas que las optimistas. En opinión de un ex asesor de la Consejería de Paz, "el mayor temor es que la propuesta de Echeverri termine por belisarizar la paz y que todos acabemos por creer que para lograrla es suficiente con desearla. La paz no se hace pintando palomas en las paredes". Quienes tienen experiencia en estas materias saben que la única manera de alcanzar la paz es cambiar la correlación de fuerzas de la guerra. No es gratuito que los procesos de paz exitosos se hayan logrado con guerrillas que estaban disminuidas militarmente. Es por esto que hay quienes opinan que lo mejor que puede hacer Echeverri Mejía al frente del Ministerio de Defensa, si quiere conseguir la paz, es ser un buen gerente de la guerra. Es decir, ayudar a las Fuerzas Militares a ser más eficientes en el campo de batalla para que puedan propinarle a la guerrilla derrotas que la obliguen a sentarse a la mesa de negociaciones. Pero no sólo eso. La paz con guerrillas fuertes tiene un alto precio que la sociedad debe estar dispuesta a pagar y que, en el caso específico de las Farc, pasa necesariamente por una reforma agraria.
En estas condiciones el país debe prepararse y hacer maletas para un viaje muy largo hacia la paz en el cual, en el mejor de los escenarios, los primeros resultados no se verán antes de que empiece el próximo gobierno. Mientras tanto es posible que algunos de los protagonistas de la guerra hagan gestos humanitarios para convencer a los demás de su voluntad de paz, como por ejemplo la liberación de los soldados retenidos o incluso de algunos secuestrados. Sin embargo estas luces sobre el escenario no deben encandilar al país y llevarlo a convertir la paz nuevamente en un espectáculo con muchos protagonistas y grandes aplausos, pero sin un buen libreto que garantice el éxito de la obra.
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