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| 6/6/2012 12:00:00 AM

El Tercer Milenio, un parque agridulce

El 3 de julio del 2002 entró en servicio la primera etapa del parque Tercer Milenio, que llega así su décimo aniversario. Aunque sus jardines se mantienen bien cuidados, su construcción ha dejado varios sinsabores.

Durante los años sesenta y setenta, en plena gestación del narcotráfico, las calles y casas del barrio Santa Inés alcanzaron niveles extremos violencia e insalubridad. El sector se llamaba El Cartucho, un nombre del lirio de agua que muchos terminaron atribuyendo a los casquillos que arrojan las armas de fuego tras los disparos. Era sin duda el sitio más peligroso de la ciudad, que a su vez era la capital del país más violento del mundo.

Los bogotanos recomendaban ni acercarse, y razones no les faltaban: El Cartucho era a la vez una fábrica de muerte, una severa zona de exclusión social y un mercado abierto de drogas y de armas. Paradójicamente, era por esas mismas razones un poderoso polo de atracción, que captaba enormes riquezas que salían del bolsillo mismo de los capitalinos, listos a evadir las restricciones al narcotráfico, esconder muertos o encargar asesinatos.
 
Según cifras del Departamento Administrativo de Bienestar Social, a finales de los años 1990 el sector presentaba tasas de homicidios superiores a los 1.000 muertos por 100.000 habitantes, lo que significaba que uno de cada cien habitantes del sector moría asesinado. En efecto, en 1997 la OMS calificó la calle como una de las más peligrosas del mundo.

Su desmantelamiento y la construcción del parque Tercer Milenio constituyeron un verdadero evento social y urbano de la historia de Bogotá, en un proceso que se emprendió a finales de los noventa y duró unos cuarenta meses. Se trató de una de las intervenciones de mayor envergadura que haya acometido la administración distrital, pues se compraron 602 predios distribuidos en 16,5 hectáreas, entre las avenidas Décima y Caracas, y las calles Sexta y Once. Algo así como un tercio de la Ciudad del Vaticano.

La polémica que generó su construcción fue enorme e involucró a varios sectores de la sociedad. Aunque se inauguró durante la segunda administración de Antanas Mockus, se reconoce que se gestó, proyectó e inició durante la de Enrique Peñalosa, con quien se lo asocia, evocando en la mente de los bogotanos un vínculo similar al que lo ata al sistema Transmilenio.

Un mirador privilegiado
Los parques urbanos y los vinos se parecen en que a ambos les sientan los años. No cabe duda de que en su décimo aniversario el Tercer Milenio ha ganado cierta naturalidad. Por ejemplo, los terraplenes que enmarcan su zona interna han dejado de recordar el cráter de un volcán, pues la vegetación ha crecido y es vistosa la armonía entre las formas y tonos de sus diferentes especies. En las tardes de sol, la vista de las peñas de los cerros de Guadalupe y de Aguanoso es deslumbrante.

Para los comerciantes y los habitantes de los barrios occidentales, el diagnóstico es netamente positivo. Cuando se les pregunta qué opinan del desmantelamiento del Cartucho, su respuesta es de sorpresa, como si se le pidiera a un varsoviano que opinara sobre el final de la Segunda Guerra Mundial. No es cuestión de si el barrio mejoró o no, sino de la proporción en que lo hizo.

El señor Alirio Pérez —propietario de la panadería La Prosperidad del conjunto Campo David, situado una cuadra más al suroccidente del parque— afirma que el Tercer Milenio ha brindado a residentes como él un sitio de esparcimiento familiar, lo mismo que la posibilidad de acceder al centro de la ciudad sin tener que dar grandes rodeos. "A finales de los noventa", señala "se volvió casi imposible bajar desde la Décima, y tocaba caminar hasta la calle Trece, o hasta la Tercera para poder venir hasta la Caracas".

Del otro lado
Tal vez el punto más alto de la mejoría del sector sea el cibercentro del parque, situado a algunos pasos de la carrera Sexta. Su estructura de dos pisos cuenta con fachadas que recuerdan el estilo high-tech de las estaciones de Transmilenio, con el mismo sistema de persianas-paredes, ventanas y vigas metálicas visibles desde el exterior. Tiene dos pisos, varios computadores con Internet, y una vista envidiable de todo el sector. Muchos de los usuarios saludan por su nombre a Henry Torres, vigilante del lugar desde hace dos años.

El señor Torres debe prestar cuatro turnos semanales, dos diurnos y dos nocturnos, a los que llega siempre a pie desde su residencia en el cercano barrio de Santa Isabel. Comenta que gracias a la poderosa iluminación con la que cuenta el terraplén central del parque, es frecuente que se disputen partidos de fútbol hasta bien entrada la noche. Sin embargo, advierte, del lado de la calle Sexta, donde están ampliando la avenida Los Comuneros, el ambiente puede ser temible, sobre todo después de la caída de la tarde.

Se trata del límite con el barrio San Bernardo, que en ese sector está reproduciendo a ojos vistas el proceso que tomó un par de décadas en el barrio Santa Inés. La zona de mayor deterioro se concentra en la carrera Once entre las calles Quinta y la referida Sexta y evoca los sitios más duros del Cartucho, incluida su amalgama de olores de basura, excrementos y bazuco. La colindante zona baja del barrio Santa Bárbara, que era el sector sur la Santa Fe colonial, también ha sufrido un visible deterioro, lo mismo que el sector del Bronx, hacia la plaza de Los Mártires.

La invasión que se produjo durante la demolición del Cartucho significó un viraje hacia el despeñadero para algunas zonas limítrofes. Como los sobanderos de los alrededores de Medicina Legal —que movieron ‘su calle’ hacia la zona de Campo David— muchas ollas se limitaron a trastearse, con sus jíbaros y sus compradores, algunos metros más al sur. Si bien el sector ya estaba deteriorado, el barrio San Bernardo pasó en sus puntos más críticos —literalmente de la noche a la mañana— a ver sus calles llenas de indigentes y narcodependientes. Quien pase por la carrera Décima con calle Quinta podrá constatar los grandes cerros de desperdicios, una notable presencia de consumidores de drogas y, lo más grave, de prostitutas de muy baja edad.

¿Cortar la cabeza de la Hidra?
El arquitecto Alberto Escovar, quien ha trabajado en temas de conservación y recuperación del patrimonio cultural, señala que el parque Tercer Milenio es una muestra de lo poco que Bogotá ha aprendido de sus errores. "Las ciudades se construyen en el tiempo", y recuerda la frase de su colega Daniel Bermúdez, según el cual estas "tienen sus mañas", es decir dinámicas y usos propios, como sus vocaciones sociales, sus sitios con alto valor simbólico, o sus actividades históricas. Más que una etiqueta folclórica, esas tendencias los definen como espacios sociales, que "pueden ser muy difíciles de construir pero muy fáciles de echar a perder".

Respecto a sus 'barrios indeseables' es claro que la ciudad ha tenido el gatillo sensible a la hora de eliminarlos, confiando en vano en que renacerían como el ave Fénix de sus cenizas. El mejor ejemplo de sus grandes proyectos que 'no salieron como se esperaba' es la red de avenidas, que literalmente se abrió entre las casas se la Santa Fe colonial y creó más problemas de los que solucionó. Entre los especialistas, es por ejemplo amplio el consenso de que la apertura la Décima, la Caracas, la Sexta y de la Jiménez fue decisiva en la desvinculación del barrio Santa Inés del resto del tejido colonial, favoreciendo poderosamente la formación del Cartucho. El automóvil pudo entrar pues al centro, en masa y sin restricciones, justo cuando su presencia se hizo indeseable.

Aunque el parque Tercer Milenio cumplió con el objetivo inmediato de brindar a algunos de los habitantes del sector un espacio apropiado para la recreación y el deporte, lo hizo a costa de múltiples propiedades en los barrios vecinos, arrojando según Escovar un "resultado agridulce". El objetivo de dar al sector un terreno para desarrollar un gran centro de comercio mayorista, que fue otro de los argumentos para la intervención, ha tenido a su vez cierto sabor de fracaso. Una década después de ser demolido para expandir la zona comercial de San Victorino, el lote entre las calles Décima y Once se sigue utilizando como parqueadero para las tanquetas y otros carros de la Policía.

Sin embargo, donde más estrepitosamente falló el proyecto del Cartucho fue en brindar alternativas a hombres, mujeres y niños de distintos orígenes, que la miseria cubría con su manto uniforme y una palabra infame: 'desechables'. El desalojo del sector se dio en tales condiciones de violencia —bajo de la orden de "demolición total"— y mediante un pago tan bajo por los predios, que Ingrid Morris, autora de la crónica En un lugar llamado el Cartucho, encuentra argumentos que indican que se trató de una simple estrategia de gentrificación, que significa reemplazar la población original por otra con más dinero.

Lo cierto es que El Cartucho era lo más visible de lo que no se quería ver. Su entrada se hallaba a pocos pasos de la plaza de Bolívar, y desde las azoteas de los edificios de gobierno los presidentes y alcaldes podían ver cómo empeoraba el lodazal de sus calles. Tras ciento quince mil millones de pesos invertidos, eso ya no es posible: el sector se encuentra ahora un poco más al sur.

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