Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1991/09/30 00:00

EL TESTIGO CLAVE

El gobierno de los Estados Unidos esconde a este hombre. Se llama Max Mermelstein. De su testimonio depende la condena de los hermanos Ochoa.

EL TESTIGO CLAVE

EN ALGUN LUGAR DE LOS ESTADOS UNIDOS, cuya ubicación es hoy en día un secreto de Estado, está un hombre de 49 años, de apariencia normal, probablemente sentado en una cafetería o de compras en un supermercado. Le dedica su vida a una actividad que lo hace parecer común y corriente entre los millones de norteamericanos que lo rodean, y no llamaría en absoluto la atención de no ser por la nube de guardaespaldas que lo acompañan a donde quiera que va, y que no le quitan la mirada de encima un solo instante. Este hombre, cuya identidad ha sido cambiada y probablemente su rostro también, es nada menos que el norteamericano Max Mermelstein, el testigo clave en el juicio contra los hermanos Ochoa Vásquez, recluídos desde finales del año pasado en una cárcel de Itaguí, Mermelstein es, quizás, el hombre mejor custodiado del mundo. De que se le mantenga con vida depende en buena medida el que a Jorge Luis, Juan David y Fabio Ochoa Vásquez los condenen a penas de prisión severas. De ser cierto su testimonio, alguno de ellos podría llegar a pagar hasta 30 años de cárcel. El nombre de Mermelstein ya está consignado en los voluminosos expedientes que se están recopilando tanto para los casos de los hermanos Ochoa Vásquez, como para el de Pablo Escobar y los de una serie de narcotraficantes de menor importancia. En el caso de los Ochoa, la semana entrante se cumplen nueve meses desde que se solicitó a gobiernos extranjeros, especialmente a los Estados Unidos, suministrar pruebas que puedan servir para fundamentar los procesos que se les siguen. De acuerdo con las medidas de estado de sitio que reglamentaron el proceso de entrega, el plazo que se les otorga a las autoridades para recopilar las pruebas en contra de los narcotraficantes confesos es de nueve meses. Sin embargo, existe la tesis de que el Gobierno podría extender ese plazo en caso de que haya más pruebas para incorporar a los procesos en curso.
Pero independientemente de la fecha en que se venza el plazo para la recolección de esos indicios, lo cierto es que lo verdaderamente difícil va a ser aportar las pruebas suficientes para demostrar, de manera contundente y definitiva, la participación de los Ochoa Vásquez en los delitos que todos los colombianos presumen que han cometido, y para condenarlos a severas penas. Esa dificultad radica en dos aspectos fundamentales. Por una parte, el narcotráfico es un delito en el que las personas que las autoridades cogen con las manos en la masa, son generalmente mulas de distintas categorías, a partir de las cuales es muy difícil probar la vinculación de los grandes capos con el negocio. Por esta razón, el grueso de los indicios y las pruebas contra los jefes de los carteles corresponden a testimonios hablados de personas que, de alguna manera han tenido vinculaciones con ellos. Por otra parte, existe una diferencia técnica entre los sistemas jurídicos de Colombia y otros países del mundo especialmente Estados Unidos, que hacen que no sea nada fácil trasladar las pruebas y que ellas tengan, de por sí, la misma validez que tienen en esos lugares. Las confesiones de los narcotraficantes que se han entregado en aplicación de los decretos de sometimiento, recogen delitos mínimos, con el fin de que sus penas no se alarguen demasiado. Es lógico suponer que Pablo Escobar o los hermanos Ochoa no han reconocido un solo delito de terrorismo, pero se sabe que han confesado delitos relacionados con el narcotráfico, aunque no en la dimensión de gran empresa internacional que la prensa mundial ha venido describiendo desde hace por lo menos una década. En todos los magnicidios cometidos en Colombia atribuidos al narcotráfico, tienden a figurar los nombres de Gonzalo Rodríguez Gacha, El Mexicano, y el de Pablo Escobar. Pero jamás han aparecido en esos temas los de los miembros del clan Ochoa. Los asesinatos de Luis Carlos Galán, Rodrigo Lara Bonilla, Valdemar Franklin Quintero, Carlos Mauro Hoyos y Antonio Roldán, entre muchos otros, son crímenes que las autoridades han vinculado directa o indirectamente con Pablo Escobar, pero no con los hermanos confinados en la cárcel de Itaguí.
En el proceso que se les sigue a los hermanos Ochoa tanto por narcotráfico como por otros delitos, incluído el de asesinato, los gobiernos de Colombia y Estados Unidos consideran que la pieza clave es ese hombre sin rostro cuya vida vale oro: Max Mermelstein

EL CLAN OCHOA
Aunque por razones de reserva del sumario nadie sabe exactamente cuál será el testimonio de este hombre en el proceso contra los Ochoa, ya es de conocimiento público buena parte de su versión, En su libro

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