Jueves, 19 de enero de 2017

| 2002/05/26 00:00

El triunfo de la tenacidad

La elección de Alvaro Uribe en primera vuelta es casi un milagro político. ¿Cómo lo logró?, 50816

El triunfo de la tenacidad

Tal vez la eleccion de Alvaro Uribe ha sido la más sorprendente en Colombia en los últimos años. Entendiendo por sorprendente que en la campaña que acaba de terminar hubo tres presidentes electos en tres diferentes momentos. Cuando en diciembre de 2000 Noemí Sanín regresó de su año sabático en Harvard llegó con el 40 por ciento de la intención de voto muchos anticipaban que su recorrido hacia la Casa de Nariño no iba a ser más que una procesión triunfal. Algo parecido sucedió con Horacio Serpa a los pocos meses, cuando después de su lanzamiento como candidato oficial del Partido Liberal el 43 por ciento de intención de voto se pasó a él. Pero la dicha le duró poco porque, como en la tira cómica del Correcaminos, apareció un bólido en la carretera que en un abrir y cerrar de ojos pasó a todo el mundo y llegó a la meta de primero.

Ese bólido se llama Alvaro Uribe Vélez y su elección es el mayor palo en la historia política contemporánea. En un país donde por lo general hay pocas sorpresas en materia presidencial Uribe, desafiando todas las reglas del juego, se saltó la fila. Que desafió las reglas no hay la menor duda. Su estrategia se basó en dos principios de los cuales nunca se apartó: no jalarle a ningún proceso de paz y no jalarle a ningún partido político tradicional. Adoptar esta estrategia no era un riesgo menor. El país estaba metido en el cuento de la salida negociada y criticar este proceso desde el primer día no parecía muy rentable políticamente.



Tampoco parecía muy lógico que Alvaro Uribe le montara tolda aparte al Partido Liberal. Distanciarse de la clase política no correspondía a su trayectoria. Uribe, al fin y al cabo, pertenecía a ésta. Había sido concejal y parlamentario estrella y sus antiguos colegas en esas actividades lo apreciaban y respetaban inmensamente. Si se hubiera lanzado a nombre de la maquinaria liberal hubiera sido un contendor serio. Pero escogió ser un candidato disidente. En lugar de enfrentar a Serpa en una consulta popular del liberalismo, que finalmente nunca tuvo lugar por su ausencia, decidió enfrentarlo en la primera vuelta, simultáneamente con Noemí Sanín, lo cual era un reto mucho más grande.



En lugar de montarse en las estructuras de poder existentes Uribe se limitó a trabajar la base hasta que los factores de poder acabaron sumándose a él. Aunque su base regional como ex gobernador de Antioquia era muy sólida él era un desconocido a nivel nacional. Las encuestas registraban que sólo el 4 por ciento de los colombianos lo conocían mientras que sus dos rivales, Horacio Serpa y Noemí Sanín, registraban 97 por ciento de reconocimiento cada uno.



Su campaña comenzó en 1999 y sólo dos personas integraban el equipo original: su amigo de toda la vida José Roberto Arango y su controvertido ex secretario de gobierno Pedro Juan Moreno. Sin recurrir a ningún jefe político empezó a aceptar invitaciones o a hacerse invitar a cuanto foro, universidad o reunión gremial hubiera en cualquier departamento. Durante un año entero recorrió el país sin comitiva. Su fama como gobernador de mano dura en Antioquia hacía que en cada ciudad o municipio se le uniera un discípulo. Así comenzó a armar su propia maquinaria, completamente independiente de la de su partido.



Con esos voluntarios de la primera hora decidió repetir un experimento que había instaurado cuando fue gobernador. Se trataba de unos seminarios ladrilludos que Alvaro Uribe denominó ?Talleres democráticos?, en los que se estudiaban los problemas de cada localidad en diálogo con sus habitantes. Ese mecanismo de intercambio de opiniones con la comunidad le había funcionado bien cuando era mandatario departamental. Por eso decidió extenderlo a nivel nacional cuando se lanzó de candidato. Cada taller costaba tres millones de pesos y el voluntario tenía que conseguir la financiación a nivel local. En la etapa inicial de la campaña Uribe permanecía de 8 de la mañana a 6 de la tarde en los talleres.



Así transcurrió buena parte del año 2000 sin que esta cruzada quijotesca fuera registrada con entusiasmo por los medios de comunicación. Sin embargo Uribe, que es un hombre de metas, se había fijado una para el final de ese año: quedar de tercero en las encuestas después de Noemí y Serpa. Esto, que hoy suena fácil, no lo era en ese momento. Los nombres de Juan Manuel Santos y de Juan Camilo Restrepo también estaban sobre el tapete y en esa época los dos superaban a Uribe en reconocimiento y en intención de voto. En enero del año siguiente ese problema ya había sido superado y en las encuestas, aunque distante, ya era el número tres.



La segunda meta que se fijó para el final de 2001 era mucho más difícil: pasar a la segunda vuelta. El debate nacional en ese momento era el mano a mano entre Noemí y Serpa y casi nadie visualizaba que el futuro presidente no estuviera entre estos dos nombres. Sin embargo, en la medida en que el proceso de paz fracasaba el mensaje de autoridad de Uribe comenzaba a calar. Los medios de comunicación y los hombres de las chequeras empezaron a llegarle sin que él tuviera que perseguirlos. Aun así su presidencia no parecía viable para 2002. Parecía más bien una opción que se estaba perfilando para el período siguiente.



Curiosamente Alvaro Uribe siempre pensó que podía ganar. Su terquedad, su seguridad en sí mismo y su capacidad de trabajo le habían demostrado en el pasado que podía romper moldes. Por consiguiente, lo único que hizo fue intensificar el ritmo de trabajo. Como los talleres democráticos requerían la presencia del candidato durante todo el día se cambiaron por otro evento llamado conversatorios, en los cuales dos o tres horas de su presencia eran suficientes. En esta forma podía cubrir dos y hasta tres localidades por día. En esas reuniones lograba transmitir preocupación por empaparse de los problemas de sus interlocutores y el número de sus seguidores aumentaba. Sobre todo crecía su credibilidad, lo cual desde el primer día de su campaña siempre había sido su obsesión.



En ese momento su fundación Primero Antioquia cambió el nombre por Primero Colombia y se trasladó de Medellín a Bogotá. En la capital inicialmente no había prácticamente nada. Sandra Ceballos, a quien había conocido en Harvard y fue empleada de la gobernación, prestó su oficina como primera sede. Cuando las cosas empezaron a tomar forma se cambió de oficina y llegó Mario Pacheco, quien tomó las riendas en esa etapa de la campaña.



En enero de 2002 el fenómeno Uribe explotó a nivel nacional. La fecha coincidió con la impopular decisión del presidente Andrés Pastrana de prolongar la zona de distensión. Ya el país no creía en eso y al gobierno le quedaba muy poco espacio político de maniobra. El tiempo le había dado la razón a Alvaro Uribe. No sólo cumplió su meta de pasar a Noemí sino que en pocas semanas, cuando se estaba rompiendo el proceso de paz, ya era el primero en las encuestas. Para ese entonces el hombre fuerte en la campaña era Fabio Echeverri, a quien le correspondió institucionalizar un movimiento político que había pasado de quijotesco a triunfante.



Los políticos comenzaron a golpear. El primero fue Alberto Montoya Puyana, ex alcalde de Bucaramanga y más administrador que político, luego llegó Luis Guillermo Giraldo, reconocido como jefe político pero sin muchos votos. Siguieron Enrique Gómez y Claudia Blum, quienes por subirse a tiempo al bus lograron una importante votación en las elecciones al Congreso. Y de ahí en adelante se vino la desbandada. Más de medio Partido Liberal oficialista y prácticamente todos los conservadores, con excepción de Fabio Valencia, se sumaron a la causa.



Hoy Alvaro Uribe, quien derrotó a los dos partidos tradicionales, es de facto el jefe de las dos colectividades. Sin embargo no tiene compromisos casi con nadie. Su victoria fue tan rápida y tan inesperada que no alcanzó a adquirirlos. Es un triunfo personal sin antecedentes en la historia de Colombia.



El nuevo alvarismo es el movimiento de opinión espontáneo más grande de la historia reciente. Rompió prácticamente todos los esquemas, derrotó a los dos partidos tradicionales y luego los asimiló. Enterró el concepto de la fila india y es previsible que de ahora en adelante sean los que intenten saltársela a nombre de movimientos independientes. Uribe logró congregar alrededor de su nombre tantos estamentos de la sociedad colombiana que logró el cuasimilagro de ganar en la primera vuelta. Lo hizo entre los hombres, entre las mujeres, entre los jóvenes, entre los viejos, en la ciudad y en el campo y en estratos altos, medios y bajos.



Su llegada a la Casa de Nariño tiene muchas interpretaciones. Pero sin duda alguna la más contundente podría ser la de que es un mensaje contra la guerrilla. El domingo pasado se le comunicó en forma inequívoca que la mayoría de los colombianos respaldan un cambio de actitud frente a la subversión. Si tocara definir la elección que acaba de terminar en una sola palabra sería autoridad. Uribe nunca utilizó la palabra guerra durante la campaña. En su discurso de aceptación habló más bien de buscar mediación internacional desde ahora para restablecer un diálogo con los grupos subversivos bajo nuevas condiciones. No obstante la razón por la cual fue elegido no es tanto porque habla de autoridad sino porque la irradia. Es el primer presidente de Colombia que tiene experiencia directa en el manejo del orden público. La adquirió como gobernador de Antioquia y todos los que trabajaron con él en ese momento saben que cuando afirma que como presidente va a ser el primer soldado de la patria no se trata de una figura retórica.



A partir del próximo 7 de agosto los colombianos podrán medir en su vida diaria el gobierno de la mano firme y el corazón grande. La llegada de éste representa un cambio histórico. Las circunstancias que rodearon la elección de Alvaro Uribe así lo aseguran. El próximo gobierno podrá tener éxito o fracasar, pero de lo que no hay duda es de que será muy diferente a lo que los colombianos están acostumbrados. Es por esto que ha generado tal cantidad de expectativas que serán difíciles de satisfacer para cualquier gobernante. Sin embargo Colombia ha corrido con una suerte inusitada. Habitualmente en Latinoamérica cuando las frustraciones se desbordan aparecen figuras como Chávez, Fujimori o Bucaram. Algo parecido hubiera podido pasar en Colombia con la coyuntura actual. Se hubiera podido caer en manos de cualquier demagogo o de cualquier populista. Para fortuna del país esto no sucedió.

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