Sábado, 21 de enero de 2017

| 1991/02/25 00:00

EL ULTIMO MES DE DIANA

Prácticamente no se conocían, el secuestro los unió. Richard Becerra relata para SEMANA las intimidades de esos 30 días que habrían de cambiar su vida.

EL ULTIMO MES DE DIANA

Ella estaba tirada en un lodazal, con tres disparos en la espalda . Yo rodé por una ladera segundos antes de que uno de los secuestradores me disparara. Traté de ponerme de pie y subir para auxiliar a doña Diana! pero ella me gritó: quédese quieto. No se mueva, no respire; hágase el muerto o si no ellos vienen y nos rematan....
Fueron momentos terribles. Ella se moría y yo no podía aceptarlo. Me arrastré loma arriba y la cogí entre mis brazos, coloqué en sus manos la imagen de María Auxiliadora y los dos comenzamos a rezar, a pedirle a Dios que nos ayudara a salir de allí. Ella, a pesar de sus heridas mortales, conservaba la calma y me decía que me escapara, que salvara mi vida, que no fuera bobo y no me quedara con una mujer herida que estaba a punto de morir. Pero le contesté que me quedaba porque si aquí íbamos a morir, moriríamos juntos . Estaba desesperado, como loco. No sabía qué hacer. Y en el fondo sabía que el final de su vida estaba muy cerca.
Atrás quedaba un mes en el que compartimos todo. Nuestras vidas nuestros sueños, nuestras ilusiones y metas. Aunque llevaba varios años trabajando en su empresa, ella era la dueña y yo un simple carsaladrillos que hacía mi oficio detrás de la cámara. Pero el destino nos acercó y nos permitió conocernos. Por eso no podía aceptar que entre un matorral se fuera a morir. Por eso lloraba desconsoladamente y ella en medio de su dolor, de su agonía, me pedía que me tranquilizara, que me escapara. Pero no podía irme y dejarla abandonada. Lo único que se me ocurría era abrazarla y darle ánimos diciéndole que ya éramos libres, que nos Ibamos para la casa, que la libertad estaba sólo a unos pasos.
Pero no fue así. Y no puedo aceptar que doña Diana esté muerta. Ella tenía ganas de vivir. Ni siquiera se quejó del dolor que le causaban las heridas.
Cuando la subimos al helicóptero me pedía que mirara si estaba botando sangre por la boca o por las heridas en la espalda. La tranquilicé diciéndole que no. Yo no sabía que estaba tan grave. Posteriormente los médicos me dijeron que si hubiera sobrevivido habría quedado parapléjica por la bala que le destrozó la columna vertebral. Entonces comenzó a hablarme de sus hijos. De Miguelito, tan pequeño e indefenso. De Carolina, le preocupaba que se le había vuelto mujer y estaba atravesando los problemas de la adolescencia. Ellos dos eran su vida y durante todo el tiempo que estuvimos juntos, nunca guardó una palabra, para expresar todo lo que sentía por sus hijos. Ellos le habían dado las fuerzas suficientes para seguir aguantando el cautiverio. Pero cuando descendimos del helicóptero y tomé su mano, por última vez, sentí que su vida se iba. Sus ojos se habían cerrado y ya no me hablaba.
Hoy recuerdo, segundo a segundo, lo que fueron nuestras vidas durante los últimos 30 días de cautiverio. Recuerdo que el día más amargo de mi encierro fue el 24 de diciembre. Hasta ese momento estábamos en casas separadas. Metido en un cuarto de tres por tres, sin ventanas, sin luz, apenas con un viejo televisor en blanco y negro y un radio, pasé mi navidad. Orando, pidiéndole a Maria Auxiliadora que le diera fuerzas suficientes a doña Diana para que pudiera soportar ese día de soledad Y allí, en medio del encierro, le escribí una carta donde le decía que hiciéramos todo lo posible para que nos reunieran en una sola casa a los dos. El Señor nos hizo el milagro. El 26 ó 27 de diciembre uno de los secuestradores me dijo que alistara todas mis cosas porque esa noche nos Ibamos de esa casa donde permanecí durante cuatro meses encerrado. Me dijeron que me llevaban para donde estaba doña Diana. Ella me estaba esperando. Cuando me bajé del carro y entré a la casa, nos abrazamos y comenzamos a llorar. Yo la miré y me quedé asustado. Estaba muy flaca, acabada, y supe que desde hacía varios días sólo tomaba tinto agua y comía roscas de maíz. Entonces le dije: no señora, así no puede seguir, tiene que comer o sino cuando llegue el momento de salir de aquí nadie la va a conocer. Esa noche doña Diana me había preparado una cena de recibimiento. Fue muy hermoso. Eran lentejas, arroz y papas. Hablamos toda la noche y desde entonces vivíamos en el mismo cuarto. Permanecíamos las 24 horas del día juntos. Yo no la dejaba un segundo sola porque le daban unas depresiones terribles. Lloraba mucho y dejaba de comer. Sólo pensaba en sus hijos y le pedía a los vigilantes que por favor la dejaran en libertad, pero ellos decían que su misión era cuidarnos y que en caso de un intento de fuga o la aparición de la policía, tenían la orden de matarnos. Siempre vivimos con esa zozobra. Muchas noches hablamos de ello, de lo que nos podía ocurrir si aparecía un grupo de rescate...
Así fuimos acercándonos. Conociéndonos el uno al otro. En las noches veíamos los noticieros de televisión y luego rezábamos el rosario y la novena a María Auxiliadora. Después hablábamos sin parar hasta que el día aclaraba Y no dormíamos por temor a que de pronto nos mataran. Entonces, cuando el sueño nos venía, hacíamos lo imposible para que uno se quedara despierto vigilando el sueño del otro. Fueron largas noches de tertulia. Saltábamos de un tema a otro. Yo le conté mi vida. La de un humilde trabajador que mantiene a sus padres y hermanos. Ella me hablaba de sus hijos, de Carolina, que era y una mujer y buscaba su independencia De su hijo, todavía tan pequeño y frágil y que con el correr de los años se había cónvertido en sus ojos. Del ex presidente Turbay. Ella sufría mucho cada vez que se acordaba de su padre porque sabía que estaba destrozado. Tenía la certeza de que su madre era más fuerte y aguantaba con más estoicismo la situación que estaba afrontando.
Dejamos de ser el jefe y el empleado para convertirnos en verdaderos amigos. Eso si con todo el respeto que ella se merecía. Así fuimos creando nuestro mundo para sobrevivir a ese infierno en que se convierte un secuestro. Con el correr de los días creamos nuestro propio código de comunicación para tener al menos unos minutos de Fivacidad, porque a pesar de que teníamos un cuarto para los dos, a unos pasos de allí, dormía un vigilante que no nos desamparaba un segundo. Tan pronto terminaban los noticieros, prendíamos la radio.
Buscábamos el programa de Eduardo Lozano en RCN. El, todas las noches, nos enviaba un mensaje y se convirtió en el medio de tener un contacto con el mundo exterior. Mientras Lozano hablaba, doña Diana escribía su diario.
Todos los días lo hacía. Siempre comenzaba: hoy me levanté a las... y de ahi para adelante era un relato de cada segundo, de cada momento, de cada situación que vivíamos. En ese diario están consignados los cinco meses que permanecimos en cautiverio.
Cuando la radio nos agotaba y doña Diana terminaba de escribir, y yo de leer las revistas o los libros que nos traían, nos inventábamos juegos para matar el tiempo, la monotonía, las interminables horas que separaban la noche del día.
Quizás uno de los momentos más felices que vivimos fue el 31 de diciembre. Ese día ella me dijo: Richard, hoy quiero que estemos con el ánimo arriba, muy bien arreglados para recibir el nuevo año. Le dijo a uno de los vigilantes que me cortara el pelo y me hizo afeitar.
Decidimos levantarnos el ánimo y hasta pedimos calzones amarillos para la buena suerte. Esa noche nos tomamos unos tragos y nos olvidamos por unos instantes de que estábamos en manos de los secuestradores. Cuando dieron las 12, estallé en llanto y le dije: toda mi vida, el 24 y el 31, mi madre me da la bendición.
Este año es todo muy diferente. Ella se quedó mirándome y me dijo: yo te quiero mucho y yo te doy la bendición. Luego comenzamos a llorar y lloramos horas abrazados. Ella no podía soportar que sus hijos no estuvieran con ella. Y lloramos casi toda la noche. Los días siguientes fueron muy duros, ambos estábamos muy deprimidos y el encierra nos tenía al borde de la locura.

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