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| 7/9/1990 12:00:00 AM

EL VENGADOR ANONIMO

Alguien está vengando a los policías muertos en Medellín, barriendo todo lo que huela a sicario

Era una tarde de domingo. Las esquinas del barrio Manrique, localizado en la comuna nororiental, estaban atiborradas de jóvenes entregados al juego de las cartas, el dominó y el parqués. Un programa común en las zonas de tolerancia y que por lo general termina en trifulca y con varios muertos que al otro día registra la crónica roja de los periódicos. Ese día, a las 4:30 de la tarde, la muerte recorrió las calles del barrio Manrique en un campero.
Nadie lo vio. Sólo supieron de su presencia, cuando seis hombres encapuchados descendieron del vehículo y comenzaron a disparar sus metralletas. En su recorrido por las calles del barrio acribillaron niños que se encontraban jugando pelota, viejos que observaban por las ventanas de sus casas el transcurrir del día y jóvenes entregados a los juegos de azar. Mataron 30 personas. Luego subieron al vehículo y se perdieron colina abajo, en busca del centro de la ciudad.

De esa tarde de espanto en las calles del barrio Manrique, donde operan las principales bandas de sicarios, nadie supo nada. Ni a nadie pareció importarle en una ciudad donde todos los días asesinan un promedio de 35 personas. Las estadísticas de criminología, que llevan minuciosamente las autoridades militares, registraron los hechos como casos aislados de "vendettas" y cobro de cuentas entre las bandas de sicarios. Sicarios o no los muertos, ese domingo en el barrio Manrique hubo una masacre de civiles. Y más allá de las cifras; lo cierto es que desde hace dos semanas una nueva modalidad del crimen, como si no bastara con las que ya están enquistadas en la población paisa, comenzó a tomar fuerza en los barrios de la comuna nororiental, el campamento de las bandas sicariales. Son comandos de hombres vestidos con chaquetas, capuchas que les cubren el rostro y armados con miniIngram, que recorren en camperos estas zonas donde se supone que habitan los miembros y jefes de las bandas de sicarios. Su trabajo es "limpiar" lodo aquello que huela a sicariato. Llegan en busca de jóvenes entre los 16 y 30 años. Especialmente aquellos que pasan el día parados en las esquinas o metidos en las cantinas de mala muerte. Los siguen y en las noches irrumpen violentamente en sus casas de donde los sacan esposados y amordazados para fusilarlos en cualquier muro o frente a las paredes de sus mismas casas. En esta cacería indiscriminada, se calcula que en las últimas dos semanas han sido asesinados en la capital paisa cerca de 50 jóvenes. Al parecer, algunos de ellos inocentes:
estudiantes, albañiles, transeuntes que a esas horas de la noche, cuando los comandos de "limpieza" están operando, regresan de sus trabajos.

Los asesinatos se incrementan los fines de semana, en la noche, como el sábado anterior, cuando 32 personas perdieron la vida. Fue una madrugada de infierno en la comuna nororiental.
Horas antes, cinco policías habían sido asesinados y los comandos llegaron en taxis y carros particulares y barrieron con sus metralletas todo aquello que se movía.

Era la retaliación del ojo por ojo, sin importar el ojo de quién. Cada vez que un policía es asesinado en la capilal paisa, a los barrios del nororiente llegan los comandos de "limpieza" a cobrar el muerto. Esta situación, llevó al entonces alcalde de Medellín, Juan Gómez Martínez a solicilar al ministro de Gobierno, Horacio Serpa Uribe y al procurador general de la Nación, Alfonso Gómez Mendez, adelantan una investigación que permitiera establecer quien estaba ordenando estas matanzas colectivas. La solicilud fue reforzada por el procurador regional, Alberlo Giraldo Castaño, quien cuestionó en días pasados las investigaciones adelantadas en los crímenes colectivos. Y pidió a la Procuraduría General enviar abogados especializados que revisaran uno por uno los casos y tener una respuesta ante esta ola de criminalidad.

Pero como las investigaciones en este país no conducen a nada, por lo pronto, los estudiosos de la violencia en Medellín tienen dos teorías frente a los homicidios colectivos de las últimas semanas. La primera, está relacionada como una respuesta al asesinato indiscriminado de policías que a la vista parece no tener fin y las autoridades no tienen en su poder los autores de estos homicidios. Esta situación ha generado una atmósfera de desconfianza entre los agentes y muchos de ellos han solicitado su traslado o la baja, especialmente los policías casados. Los agentes creen que los asesinatos no van a parar y que en cualquier momento el turno les corresponde a cualesquiera de ellos. Es tal la situación de paranoia que no permiten que en los velorios de sus compañeros , los noticieros de televisión realicen sus filmaciones porque éstas son utilizadas por los sicarios como prueba ante sus jefes de que realizaron su trabajo y tienen derecho a reclamar su paga. También se ha podido establecer que esas filmaciones sirven para identificar y seguir con facilidad a los policías que están de turno lo que los convierte en presa fácil de sus cazadores.

Los asesinatos de los policías comenzaron en abril, cuando la IV Brigada del Ejército, en Antioquia, ordenó la toma militar de Envigado.
En represalia por la acción militar, Pablo Escobar, el jefe del cartel de la droga, hizo "regar la bola" de que por cada policía asesinado pagaría dos millones de pesos. El resultado en una sola semana fue de 12 agentes asesinados. En tres meses pasó a 97 agentes. Cincuenta de ellos perdieron la vida momentos despues de haber prestado su turno de vigilancia en un CAI o patrullando las calles de Medellín.

Ante los hechos, según los estudiosos que defienden la teoría de la retaliación, comenzaron a operar grupos de justicia privada, que algunos llaman "paramilitares urbanos,, encargados de llevar a cabo una "limpieza" general en los barrios populares de la capital paisa cada vez que asesinan un policía.

"Esta situación no es más que una "vendetta" donde la población civil ha pagado los platos rotos. Son muchos los jóvenes inocentes entre los 15 y 16 años que han sido asesinados sin tener nada que ver en esta guerra sin cuartel. Las autoridades civiles lo saben, el ejército lo sabe, la policía lo sabe... Pero nadie quiere hablar de esto. Y eso es muy grave", señaló a SEMANA un estudioso de la violencia paisa.

Y mientras las autoridades militares mantienen absoluto silencio sobre este espinoso tema, los asesinatos de policías y de personas civiles, continúan en Medellín. La semana pasada una docena de agentes fueron asesinados, mientras la cifra de civiles era el doble.

La segunda teoría de los expertos estaba cimentada en la guerra que libran sin cuartel las bandas de sicarios, que comenzaron a perder terreno y a ver resquebrajada su infraestructura, desde cuando las autoridades iniciaron en enero una ofensiva para desbaratar las bandas y capturar los jefes de estas organizaciones. Esta ofensiva militar llevó a que se presentaran conflictos internos en la unidad sicarial que han terminado con guerras intestinas con saldo de muchos muertos. A ello se suma el problema del desempleo sicarial que desde la muerte de "El Mexicano" ha hecho mella en la estructura sicarial y que se acentuó con el cerco tendido a Pablo Escobar.

Sin embargo, los resultados en esta ofensiva no han sido los esperados por las autoridades militares. El fracaso de la justicia ordinaria que de 130 sicarios detenidos ha dejado en libertad a ochenta, ha permitido la reorganización de algunas bandas. El problema no es tanto de los jueces como del sistema judicial que exige el careo entre el acusado y el testigo, y en estos casos es casi imposible de lograr porque los testigos no se atreven a enfrentar cara a cara al criminal. Al reorganizarse muchas de estas bandas se dedicaron a otras actividades delictivas como el robo a corporaciones financieras, el secuestro y la extorsión. Pero algunas que permanecieron fieles a sus compromisos, siguen al servicio del Cartel y son las que llevan a cabo el exterminio de los agentes de la policía.

"Mientras la justicia ordinaria sea corrupta e inoperante en los procesos que se siguen contra los sicarios detenidos, el problema sicarial de Medellín no tendrá fin.
Las consecuencias las estamos viviendo. Y en esta pesca de río revuelto, las únicas ganancias las ha obtendio la organización del crimen", señaló a SEMANA, un alto oficial de la policía.

Por lo pronto, algunas medidas de seguridad se han tomado por parte de las autoridades de policía para proteger más a sus efectivos y desde la semana anterior se autorizó que los agentes podrán llevar sus armas de dotación a sus casas como medida de precaución.
Algunos consideran que esta medida es un paño de agua tibia, por cuanto la mayoría de los policías de Medellín viven en zonas de tolerancia donde operan las bandas de asesinos y son presa fácil de sus verdugos. "Es casi imposible evitar el ataque de los sicarios. Muchos de nosotros vivimos en zonas donde las bandas de sicarios permanecen todo el día a la espera de trabajo.
Uno pasa sin uniforme, desarmado, y saluda. A la vuelta de la esquina lo están esperando para bajarlo.
Cómo hace uno para defenderse.
Así mataron a varios compañeros", indicó un agente que pidió reserva de su nombre.

Lo único cierto es que Medellín es tal vez la única ciudad que no entró en la calma "chicha" que vive el resto del país, desde el día de las elecciones presidenciales. Al contrario, esta nueva modalidad de "limpieza", ha sido más leña vertida sobre el fuego de la terrible violencia que ha azotado a la capital antioqueña en el último año. Y con lo único que se cuenta, por ahora, para explicar las masacres, aparte de los cadáveres, es con las dos hipótesis: venganza por los asesinatos de policías y peleas internas entre las bandas. Aunque la versión del ojo por ojo es vox populi en Medellín, no hay una autoridad civil, ni militar, ni académica que se atreva a decir la última palabra sobre el origen y las causas de las matanzas de jóvenes en los barrios en donde supuestamente viven los asesinos a sueldo.-
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