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| 6/6/2014 4:00:00 AM

El video de Timochenko

¿Cómo interpretar la andanada de las FARC contra el establecimiento en la recta final de la campaña presidencial y cuando el proceso de paz avanza?

Dos pronunciamientos recientes de Timoleón Jiménez, comandante de las Farc, han desconcertado a más de uno y han sido percibidos como otros tantos desafíos en el proceso de negociaciones de La Habana. Sin embargo, son más reveladores de las complejidades y matices del proceso que el blanco y negro con el que a menudo se lee lo que dicen los guerrilleros. 

El primer caso es una declaración de Timochenko que ha generado indignación en las redes sociales, pues dice que solo entregarán las armas si les entregan el poder. Esas palabras figuran, en efecto, en el video de una entrevista reciente. Sin embargo, al ponerlas en su contexto, se prestan para una lectura más sofisticada.

En el video, el comandante guerrillero habla del proceso de negociaciones como “un escenario que tiene su propia dinámica, su propia dialéctica, donde estamos intentando conciliar posiciones y buscar el camino intermedio acertado, allí estamos colombianos que tenemos visiones distintas del país, pero colombianos al fin y al cabo”.

En ese marco, frente a eventuales diferencias hacia adelante, dice: “Nosotros estamos en la disposición. Nosotros no estamos planteando, no, es que ustedes quieren la revolución por contrato. No, lo que pasa es que claro, ellos llegan y nos dicen: ‘hombre, venimos aquí, ustedes están mal, bueno, y nos pintan un panorama según la visión de ellos, ‘entréguennos las armas y desmovilícense’’. Eh hombre, pues qué les decimos nosotros: ‘bueno, listo, y ustedes nos entregan el poder’. Si así son las cosas… Ah no. Bueno, entonces, pongámonos de acuerdo qué es lo que queremos, cuál es el país que queremos, qué hay que hacer para que podamos convivir pacíficamente”.

En el segundo caso, cuando el sentido común más básico daba por sentado que a las Farc les convendría más Juan Manuel Santos que Óscar Iván Zuluaga para dar continuidad al proceso de paz en Cuba, Timochenko publicó un artículo diciendo que no hay diferencia entre uno y otro y que ni las elecciones son un plebiscito entre la paz y la guerra, ni está en ellas en juego la continuidad del proceso.

“Tal disyuntiva no se corresponde con la verdad –dice–. El mentado plebiscito no es más que una farsa, un escenario mediático que pretende trasladar a la inmensa mayoría de colombianos, la responsabilidad por una guerra de la que los únicos responsables son las dos facciones políticas oligárquicas y violentas que hoy se disputan el control del Estado en Colombia”.

Sorprende, ciertamente, que el jefe guerrillero parezca no ver diferencias sustanciales en materia de la negociación y la paz entre el presidente que inició los diálogos con él y la oposición uribista que los ha criticado implacablemente. Sin embargo, la posición completa que expone Timochenko en el texto tiene matices importantes que han escapado a la atención pública.

Propone como alternativas electorales, por una parte, el voto en blanco (pero sostiene que el corto tiempo que queda hasta las elecciones juega en su contra) y, por otra, una “poderosa coalición con la izquierda política con el apoyo político de la insurgencia” para hacer oposición a quien salga elegido. Y termina con una proposición algo insólita: “una fórmula a considerar –plantea, como posibilidad para el 15 de junio–sería, conformada esa coalición, pactar con uno de los candidatos de manera seria, un programa progresista de cambios”. Con buena parte de la izquierda alineada con Santos y con Marcha Patriótica habiendo llamado a votar por él, lo único que faltaría sería que las Farc lo hicieran también. Y Timochenko declara que la idea de tal acuerdo es atractiva pero poco realista.

La percepción pública de esas dos declaraciones del jefe guerrillero cuando se compara con su contenido completo muestra uno de los grandes problemas que ha enfrentado el proceso de La Habana. La avalancha de declaraciones que han hecho las Farc desde que empezó la negociación hace 18 meses (y la excesiva y contraproducente discreción del gobierno) han generado no poca confusión y escepticismo en una opinión pública en la que dominan la prevención o la aversión por la guerrilla. Sentimientos que, combinados con el carácter desafiante y provocador de esos pronunciamientos, han llevado a que buena parte de lo que dicen las Farc pase desapercibido, se lea equivocadamente, o que el énfasis se ponga solo en los elementos que ratifican la imagen negativa y soberbia que, con razón, se han ganado los jefes guerrilleros.

Los cuales, por otra parte, no debe olvidarse que necesitan hablarles a sus tropas o, como le dicen ellos, a su ‘guerrillerada’. En especial en este momento, cuando están negociando poner fin a la lucha armada, justo cuando acaban de cumplir 50 años de librarla.

Por todo esto, por más reticencias que despierten sus palabras, y por desafiante que suene su discurso, leerlas en su integridad contribuye a la buena salud del proceso.
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