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| 9/16/2017 10:15:00 PM

La fiebre antipartidos llega a Colombia

El huracán que ha arrasado con los partidos políticos en otros países llegó a Colombia. ¿Qué significa esto para la gobernabilidad y la democracia?

La fiebre antipartidos no para de subir. En los últimos días les llegó a dos representantes de los partidos tradicionales, ambos exministros con buena imagen en las encuestas. Marta Lucía Ramírez, la excandidata conservadora en las últimas elecciones, anunció que se postulará el año entrante por firmas y no por su colectividad. Humberto de la Calle, liberal de varias décadas, informó que si su partido insiste en una consulta interna, en marzo también se irá por la figura de moda, la de un movimiento ciudadano. Según la última encuesta Invamer, la imagen negativa de los partidos llegó a 87 por ciento y la positiva cayó a 10: el peor registro en diez años.

Ramírez y De la Calle coinciden en su estrategia de abrazar la bandera independiente por molestias frente a lo que están haciendo sus respectivos partidos. Para la primera, la clase política azul está ‘enmermelada’ y comprometida con el gobierno. Para el segundo, llegar a marzo con cuatro o cinco precandidatos equivale a un suicidio. Pero más allá de las motivaciones particulares, que dos líderes, otrora caracterizados por defender los partidos como instituciones necesarias para la democracia, se unan a la corriente de moda de las candidaturas por firmas, dice mucho sobre hasta dónde ha llegado la crisis de los partidos. Hace unas semanas también había sorprendido con un anuncio semejante Germán Vargas Lleras, un nombre considerado sinónimo del de su partido, Cambio Radical, pero que también optará por la maratón de rúbricas. Ya se aproximan a 30 los aspirantes que irán a elecciones con respaldo de firmas y no de un aval partidista.

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Muy pocas cosas se pueden anticipar de los comicios de 2018, por la proliferación de candidaturas y por la falta de claridad sobre los procesos para decantarlas. Pero desde ahora se puede decir que esta campaña presidencial pasará a la historia por el ocaso de los partidos. La pregunta es cuál va a ser el efecto de esta ola para la democracia y para la gobernabilidad del próximo presidente.

La tradición del pensamiento sobre la democracia diría que no habrá muchas consecuencias positivas. Los partidos son la columna vertebral de las instituciones representativas. Son la fórmula por excelencia para ordenar la política, articular intereses, asegurar que las visiones pluralistas estén bien representadas y garantizar la estabilidad en el largo plazo. Los partidos tramitan, en la política y en forma pacífica, los conflictos inherentes a una sociedad diversa. Y se considera que son indispensables para generar consensos sobre lo que hay que hacer para alcanzar objetivos globales.

Por el contrario, la falta de partidos, según la tradición de la democracia representativa, es un terreno abonado para que se fortalezcan liderazgos personalistas que pueden llegar a ser arbitrarios. Un sistema político sin organizaciones partidistas es más susceptible de alimentar el populismo y, por la falta de una competencia institucional, facilitar el autoritarismo.

Pero el pensamiento del común de la gente por estos días no tiene mucho que ver con el papel de los partidos para la democracia desde un punto de vista racional o académico. Y está más determinado por la rabia generalizada contra fenómenos asociados a la forma de hacer política. Sobre todo, contra la corrupción. Tantos escándalos y tan pocos resultados en las gestiones del gobierno para solucionar los problemas de la gente hacen que defender conceptualmente a los partidos sea poco menos que imposible. El fenómeno no solo es colombiano. En los próximos 12 meses las principales democracias latinoamericanas –Chile, Colombia, Brasil, México– celebrarán elecciones, y en todas ellas la característica principal del proceso electoral es el auge de los candidatos de la antipolítica y de los electorados escépticos y en rebeldía contra los partidos. El contagio no es solo latinoamericano: en la segunda vuelta de las elecciones francesas no hubo un solo representante de los partidos que han protagonizado los últimos 50 años.

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El triunfo de Emmanuel Macron, de hecho, fue bien recibido. Era una opción comprometida con la democracia y con los valores predominantes en Occidente, a diferencia de su rival ultranacionalista, Marine Le Pen. Y demuestra que las alternativas independientes no necesariamente conducen al autoritarismo populista. Fue, de hecho, un antídoto en su contra en la sui géneris realidad de Francia. Pero entre Macron y Hugo Chávez, que llegó al poder en Venezuela como expresión del hastío con los partidos, hay un largo trecho.

¿Cuál será el efecto de la fiebre antipartidista en Colombia? La campaña de 2018 se va a dar en un escenario paradójico. En las elecciones presidenciales los partidos están quedando desplazados frente a los candidatos por firmas, pero en las de Congreso las colectividades tradicionales siguen mandando la parada. Es cierto que la Registraduría ya ha recibido 27 solicitudes para inscribir listas a Senado por firmas y 43 para Cámara. Pero ninguna de estas tendrá la fuerza de las planchas que presenten los partidos tradicionales. Estos permanecerán en la banca en las elecciones de mayo, pero protagonizarán las de marzo.

La pregunta es cómo sería la gobernabilidad en un escenario de un presidente elegido como independiente, sin respaldo en el Congreso. Es el caso de Pedro Pablo Kuczynski, en Perú. Menos de un año después de haber llegado a la Presidencia, su popularidad está en 19 por ciento, y el Congreso –con fuerte presencia de la oposición fujimorista– le ha bloqueado buena parte de su agenda y le ha tumbado a varios ministros. Es una fórmula riesgosa.

En Colombia, los partidos políticos se han convertido, más que en representantes de una ideología, en fábricas de avales para las elecciones de Congreso, Asambleas y Concejos. Para ser candidato hace falta un aval. Una vez elegido el parlamentario, el partido que lo respaldó recibe durante el periodo una fuerte suma de dinero de financiación estatal según el número de votos obtenidos por el avalado. Con esos recursos los partidos financian su burocracia y crean una estructura de poder que los induce a perpetuarse sin consideraciones ideológicas de ninguna clase y sin diferenciarse los unos de los otros.

Casi nadie, en consecuencia, está satisfecho con lo que está ocurriendo. La pregunta es qué hacer. Desde el punto de vista normativo, el país ha oscilado de manera pendular sin ninguna continuidad en el largo plazo, con leyes que unas veces favorecen a los partidos y otras a las fórmulas contra ellos. Después de un siglo y medio de férreo bipartidismo liberal-conservador, la Constituyente del 91 abrió las puertas para el nacimiento de 72 partidos formalmente inscritos. Esa proliferación de organizaciones de garaje llevó a imponer umbrales estrictos, después de lo cual el número de partidos relevantes y con presencia en el Congreso se redujo a menos de diez. Y ahora, con la ola de candidaturas por firmas, los “movimientos significativos de ciudadanos” se aproximan a 30.

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En el corto plazo, sin embargo, el asunto no es normativo. La realidad política indica que los ciudadanos están contra las organizaciones partidistas. La era de las redes sociales facilita los contactos directos, incluso entre candidatos y votantes, un escenario en el que los intermediarios sobran.

Pero el fin de los partidos no es una hipótesis esperanzadora. En la mayoría de los países latinoamericanos esa idea condujo a regímenes autoritarios y dictaduras, o a populismos caudillistas. Hay quienes piensan que solo una nueva constituyente puede reparar el desorden actual. Otros, más optimistas, consideran que en realidad hoy se presenta una transformación del esquema de partidos: los tradicionales están en crisis, pero los nuevos –Centro Democrático, los verdes– están creciendo. Y para algunos analistas la tendencia inexorable se dirige a un nuevo concepto de “democracia sin partidos”.

Los tres escenarios son riesgosos o exagerados. La fórmula ideal sería construir un esquema nuevo de partidos que se ganen la confianza de la gente. Pero no es claro el camino para llegar a él.

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