Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2015/09/19 22:00

La Patria Boba

La paz se acerca, la economía está amenazada y las relaciones con Venezuela en crisis. Y la dirigencia nacional está concentrada en su afán de protagonismo.

La Patria Boba Foto: Carlos Julio Martínez

Hace mucho no se sentía un clima político tan convulsionado. Los graves incendios causados por el calor y la sequía en varias regiones del país se contraponen a las tormentas protagonizadas por los líderes de la vida nacional. Una muy preocupante constelación de agendas particulares, vanidades de poder, falta de ponderación e intereses políticos tienen sorprendidos a los colombianos y están desviando la atención del país de los asuntos realmente importantes.

El fiscal general, Eduardo Montealegre, en el ojo del huracán por la millonaria contratación de asesores, desenfunda su mosquete y se va lanza en ristre contra una prensa que hace cuestionamientos legítimos. El país se pierde en una apasionada e inocua discusión sobre el cambio de apellido de Natalia Springer o en un debate impertinente e innecesario sobre la vida privada de la actriz Carolina Sabino. El procurador Alejandro Ordóñez pontifica contra el proceso de paz, habla sobre lo divino y lo humano, y emite fallos moralistas a toda hora y por todos los canales de televisión. La Corte Constitucional casi no puede sesionar porque ahí sigue sentado el magistrado Jorge Pretelt, denunciado por corrupción por sus colegas de mesa, con algunos de los cuales no se dirige la palabra. Las otras altas cortes están enfrascadas en peleas intestinas hasta el punto que un par de magistrados han llegado a hacer grabaciones clandestinas para sacarse los trapos sucios mientras otros solo cierran filas para defender sus millonarias pensiones. Los dirigentes de los partidos políticos, mientras tanto, reparten avales en todo el territorio a candidatos cuestionados, con alianzas non sanctas pero con votos asegurados para ganarle a toda costa al uribismo o al santismo. Y frente a la crisis con Venezuela se han desbordado ciertas actitudes nacionalistas que, en lugar de contribuir a bajar tensiones, le echan gasolina a la hoguera.

La lista se podría extender aún más. En medio del bullicio, la semana pasada pasó casi inadvertida la declaración de Iván Márquez, jefe negociador de las Farc, que da casi como un hecho el fin próximo del conflicto de 60 años con esa guerrilla. En medio de la avalancha de noticias, de la lógica polarizante de la política y de los intereses particulares de muchos líderes públicos, la pugnacidad se impone sobre el respeto y la exageración sobre la realidad. Las voces moderadas están ahogadas por quienes gritan más duro y se quieren hacer sentir más.

En todo esto hay un denominador común. Los que ostentan altas responsabilidades en el Estado han perdido sentido de lo público. Quienes deberían dar ejemplo con un manejo serio y responsable de las instituciones, actúan como si fueran feudos particulares. Hoy, los organismos de control, la Justicia, el Congreso y los partidos, entre otros, parecen manejarse acomodando la agenda personal y política de quienes son sus cabezas. La feria de vanidades y egos se impone por encima de las consideraciones institucionales, y esto ha terminado por subordinar los intereses colectivos a los caprichos personalistas. En esta coyuntura, la ponderación y el bajo perfil parecieran estar en vías de extinción.

Así no puede funcionar bien una democracia. Los principios y valores que sustentan la Constitución y el Estado de derecho se erigen sobre el ejercicio ético y responsable de lo público. Y la distancia que hoy se aprecia entre esa piedra angular y el comportamiento de los actuales altos funcionarios está alejando a las instituciones de las preocupaciones de la gente. El resultado es una pérdida de legitimidad que puede llevar a los ciudadanos a cuestionar el acatamiento de la autoridad. Ante el desbarajuste de la Justicia, por ejemplo, ya se han oido voces desde el uribismo que defienden el derecho a desconocer fallos que forman parte, según ellos, de una persecución política contra exfuncionarios del gobierno de la seguridad democrática. Es lo que pasa cuando se debilita la credibilidad de las instituciones.

Y esa creciente desconfianza se puede convertir en el caldo de cultivo perfecto para aventuras mesiánicas y antidemocráticas. El surgimiento de liderazgos caudillistas y la captura de los mecanismos para tramitar en forma pacífica las diferencias llevan a las sociedades a proyectos políticos revolucionarios y autoritarios como el que ha padecido Venezuela.

Colombia todavía está lejos de un escenario así. Es más, los colombianos tienen la tendencia a ver todo peor de lo que realmente está. Y la economía, por ejemplo, a pesar de la recesión mundial, va creciendo al 3 por ciento, una de las más altas tasas de América Latina. Sin embargo, para algunos sectores, pareciera que el país estuviera ante una crisis catastrófica. Pero así como en temas económicos, empresariales o sociales se ha avanzado, la política deja mucho que desear.

Entre ellos, una polarización como no se había visto hace muchos años en Colombia. Las diferencias de opiniones son parte esencial de la democracia, pero hay formas de tramitarlas que también lo son y otras que la ponen en peligro. La propuesta de un grupo de conservadores de imponerle un voto de censura a la canciller, María Ángela Holguín, en medio de la crisis y sin que se conociera su desenlace, fue tan inoportuna como opuesta a los intereses nacionales. Descabezar a la jefa de las relaciones internacionales en medio de la crisis de la frontera habría sido una gran victoria para el chavismo en Venezuela.

El gobierno nacional también tiene su cuota de responsabilidad. Un momento de tanta confusión requiere de liderazgos que le muestren a la opinión pública para dónde va la Nación. Y al presidente de la República, como jefe de Estado, es al primero al que le corresponde esa tarea. Pero a Juan Manuel Santos le ha faltado claridad y firmeza en su mensaje. Ya se volvió un lugar común decir que la falta de comunicación es el principal talón de Aquiles de su gobierno. El capitán del barco no solo debe mantener el rumbo y el norte, sino mantener alta la moral de la tripulación sobre todo en tiempos de tormenta.

¿Dónde están las voces de la sensatez que tengan resonancia? En el pasado, muchas veces la aportaron los expresidentes. La foto de los sabios de la tribu reunidos en Palacio con el mandatario en ejercicio fue durante décadas un salvavidas para generar confianza y construir unidad frente a las adversidades. Hoy ya no es así. Los presidentes ya no se sientan juntos, ni siquiera, en la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores para tratar una coyuntura tan compleja como la que se vive con Venezuela. En lugar de mantener una visión de Estado, desprendida de los avatares de la coyuntura, parecieran estar en la lucha de la pequeña política. En medio de las tensiones con Venezuela, Ernesto Samper ha querido quedar bien con Dios y con el diablo, y acabó chamuscado. Álvaro Uribe da palo sin cuartel y revuela las aguas. Andrés Pastrana pesca en ese río revuelto.

Y los medios de comunicación no son ajenos a este debate. La dictadura del rating, la fascinación por las peleas y la falta de análisis y contexto no ayudan. Los políticos y funcionarios saben que nunca les van a faltar canales para difundir sus mensajes, en la medida en que sean más pendencieros y ruidosos. Los columnistas que mantienen un tono constructivo y que no se limitan a la reproducción de la banalidad, además de ser la minoría terminan opacados por los más altisonantes. La radio, la televisión y la prensa, incluida esta revista, no deben caer en la dialéctica maniqueista que agudiza la polarización y la desconfianza y aleja la reconciliación. Para no hablar de Twitter, que más que el ágora moderna, se ha convertido en una trinchera de adjetivos y agendas ocultas.

Todo lo anterior preocupa cuando están en juego grandes procesos para los cuales convendría contar con mayores niveles de consenso. La posible firma de un acuerdo con las Farc es una oportunidad histórica para reducir la violencia y alimentar el debate político. Si se llega a firmar entrañaría grandes desafíos. Hay que mantener la economía a salvo del terremoto producido por la desaceleración de China y la caída de los precios del petróleo. Y será indispensable superar la crisis humanitaria en la frontera con Venezuela y establecer la normalidad en las relaciones con ese país vecino. Para no mencionar las grandes tareas que se vienen para resarcir las víctimas, reducir la desigualdad y mejorar la justicia o la educación. No son asuntos de poca monta. En ellos debería concentrarse la atención nacional.

No se trata de desconocer la realidad política, ni de minimizar los problemas, ni de acallar las diferencias, ni de ignorar la naturaleza de la condición humana, más aún en la política. Pero se podría mejorar en algo la calidad del debate público y detener su degradación progresiva. Es una tarea que en alguna medida le corresponde a todos los ciudadanos pero que, en primer lugar, debe ser promovida por sus líderes. Se trata de volver a entender el valor de la institucionalidad, del interés público y de la ponderación, virtudes esenciales de quienes pretenden asumir las riendas del Estado.
 
En un momento en el que el país tiene ante sí grandes oportunidades históricas para escribir un nuevo capítulo como nación en el siglo XXI, donde los pilares de la nueva Colombia se deben cimentar en la reconciliación, la civilidad, y la educación, no podemos dejarnos llevar por las corrientes que nos hagan caer en aquella versión del siglo XIX de la patria boba.

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