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| 6/16/2014 12:00:00 AM

Ganó la paz

El presidente-candidato logró asegurar su reelección. Ahora tiene el reto de asegurar su gobernabilidad y de reconciliar a un país dividido.

Tenía razón la campaña del presidente Santos cuando aseguraba que el mejor adversario para la segunda vuelta sería Óscar Iván Zuluaga. La lógica era que como la izquierda nunca podría votar por el candidato de Álvaro Uribe, por eliminación tendría que inclinarse por Santos. Existía la posibilidad de que si Marta Lucía Ramírez, Clara López o Enrique Peñalosa pasaban a la segunda vuelta, se pudiera crear algo parecido a una ‘ola verde’. Con Óscar Iván, por el veto de la izquierda, esto no podía suceder. Eso fue exactamente lo que pasó y un poco más. Toda clase de movimientos progresistas que estaban convencidos de que salvar el proceso de paz era casi una obligación moral se sumaron a la reelección.

A pesar de que la paz nunca fue una gran prioridad en las encuestas, fue la que acabó definiendo la elección. Fueron tal el número de adhesiones a esa causa que se presentaron en forma casi diaria en los últimos días, que la ola zuluaguista de la primera vuelta se convirtió en una ola antiuribista en la segunda.  El antisantismo es una fuerza política considerable en Colombia, pero el antiuribismo la superó. 

Paradójicamente, Juan Manuel Santos, el símbolo del Establecimiento, acabó siendo elegido por los más enconados enemigos de este. Prácticamente todos los artistas, intelectuales y columnistas (con la notable excepción de William Ospina) pusieron al lado sus diferencias con el gobierno por la paloma de la paz. Antanas Mockus, su contrincante en la pasada campaña, se la jugó por él a fondo.

Personajes que casi nunca habían tomado partido político como el expresidente Belisario Betancur y el pintor Fernando Botero se pronunciaron. Los indígenas, quienes le habían causado muchos dolores de cabeza en estos cuatro años, también. Fecode y otros sindicatos como la CUT y la CGT pasaron de marchar contra Santos en la calle a apoyarlo en las urnas. Aunque el Polo como partido no lo apoyó, su plana mayor, con la excepción de Jorge Enrique Robledo, sí lo hizo. También lo hicieron la Marcha Patriótica y la Unión Patriótica. Las organizaciones de derechos humanos, las feministas, los defensores de los derechos de los gays, los ambientalistas, las víctimas del conflicto, uno tras otro fueron montándose al tren de la paz.

Sin embargo, no solo la izquierda le dio el triunfo a Santos, también fue su apuesta de gobierno y el manejo acertado que le dio a su campaña después de su derrota en la primera vuelta. Santos siempre ha tenido estrella y ha sido considerado un ganador que siempre cae parado.  Pero también es un hombre que cuando está contra las cuerdas y parece al borde de la derrota, saca nuevos bríos y sigue en la pelea hasta el final. Eso lo hizo con Mockus hace cuatro años y ahora otra vez con Óscar Iván Zuluaga. 

El presidente se supo mover bien en los últimos días. Su gobierno tenía mucho que mostrar y él finalmente logró comunicar mejor esos resultados. Pero sobre todo logró venderle al país la paz. Ese tema que producía tanta indiferencia durante el año largo que lleva el proceso pasó a producir euforia en el momento del triunfo. Hoy la mayoría de los colombianos están comprometidos con esa causa y es ese compromiso de última hora el que produjo la derrota de Óscar Iván Zuluaga. 

Pero no solo la bandera de la paz y la izquierda produjeron la victoria, también la maquinaria. Esta lo había dejado colgado en la primera vuelta, pues los congresistas una vez elegidos se echan a las petacas.  Además estaban sentidos con Santos pues sentían que los había tratado como tinieblos.

Fuera de eso no giró mucha plata y sin aceite el motor no prende. En la costa, por ejemplo, sin transporte, almuerzo y camiseta, pocos salen de su casa. Esos errores se corrigieron entre las dos vueltas. La posibilidad de una derrota pellizcó a los caciques y César Gaviria y Germán Vargas los arrearon. Por otra parte, la plata llegó y los buses y los almuerzos mal que bien aparecieron. En los siete departamentos de la costa, Santos duplicó su votación de 951.000 votos a 2.005.000 votos y sacó 1 millón de votos más que Zuluaga.

En cuanto a Bogotá, después del desastre en la primera vuelta, también hubo pellizco. Petro, algo avergonzado de ese resultado, se puso las pilas. Clara López, quien había obtenido la segunda votación después de Zuluaga en la capital, rompió con Robledo y con el Polo para ayudar. Y la mesa de Unidad Nacional también movió sus fichas. Personajes como Rafael Pardo, Gina Parody y David Luna pusieron su granito de arena. Después de haber sacado solo 450.000 votos y quedar en tercer puesto, el domingo pasado sacó casi 1.400.000 y quedó de primero. 

Con los empresarios las cosas fueron mucho menos claras. A pesar de que algunos muy importantes adhirieron con sus firmas, en esa lista llamaron más la atención los que faltaron. En el sector privado el recuerdo de Uribe evoca nostalgia y el proceso de paz genera incertidumbre. Por eso, los que no firmaron son tan prestantes como los que sí lo hicieron. En esto hay bastante ingratitud pues tanto la economía como los balances de las empresas pocas veces han estado mejor. Los grandes conglomerados económicos como siempre, apoyaron financieramente a los dos bandos, pero directa o indirectamente le dieron su respaldo al proceso de paz.   

A pesar del delirio y la felicidad en el momento del triunfo, la campaña y la elección de Juan Manuel Santos transcurrieron sin mucho entusiasmo. Antes de que el país se ilusionara auténticamente por la paz el principal motor de la campaña fue el miedo del salto al vacío que podría representar el regreso del uribismo. El gobierno de la prosperidad democrática por lo general ha tenido resultados pero no ha sido muy popular. Santos ha pensado y actuado en grande, pero si perdía las elecciones todo hubiera quedado en el aire. Además de los éxitos económicos, en los próximos cuatro años espera mostrar grandes resultados en materia de infraestructura con las concesiones de cuarta generación. El despegue de estas llegó tarde, pero ya está listo. 

El interrogante es por qué no ganó en primera vuelta. La respuesta está en el proceso de paz que hasta último momento le costó su prestigio. El escepticismo que este generó y la etiqueta de ‘traidor’ le llegaron a costar 30 y hasta 40 puntos de favorabilidad en las encuestas de imagen. El paro agrario también tuvo algo que ver, aunque fue un fenómeno más coyuntural. Paradójicamente, ese proceso de paz que lo hundió puede llegar a ser un punto de quiebre para el país y quedar en los libros de historia como su mayor logro. No es perfecto, pero como se ha dicho una y otra vez, es mejor una paz imperfecta que una guerra perfecta. Según el Informe Basta Ya del Centro de Memoria Histórica, el costo en vidas de esa guerra ha sido de 218.094 muertos, 5,7 millones de desplazados, 25.007 desparecidos y 27.000 secuestros.  Hoy día es rutinario oír en los noticieros hablar de fosas comunes, de soldados asesinados o de guerrilleros dados de baja. Esta es una realidad aterradora a la cual los colombianos por desgracia se han acostumbrado.

El presidente Santos ha asumido un costo político muy grande tratando de ponerle fin a ese capítulo de la historia nacional. Esa convicción casi le cuesta su reelección. Lo han acusado de castro-chavista, de ser enemigo del Ejército, de querer entregarles el país a las Farc y de toda clase de etiquetas ajenas a su trayectoria y a sus intenciones. Aguantó esos chaparrones convencido de que el fin de la guerra es una carta que debe jugarse. Se calcula que sin conflicto armado la economía podría crecer 2 puntos porcentuales más de los que crece en la actualidad. A eso se sumaría que recursos que hoy se destinan a combatir la subversión podrían ser canalizados a prioridades sociales como la salud y la educación. La implementación de los acuerdos con las guerrillas implicarán profundizar la democracia y el pluralismo, y sobre todo incluir en el proyecto de Nación a los territorios y a las poblaciones olvidadas por siglos. Los cuatro años que siguen serán cruciales para lograrlo. A mediano plazo, Colombia con la firma de la paz puede llegar a ser un país muy diferente y mucho más vivible de lo que ha sido durante el último medio siglo. 

No obstante, la nueva coalición política que se ha conformado para sacar adelante el proyecto de Santos no le va a salir gratis. Hay un salpicón de intereses y egos que no va a ser fácil de manejar y que tendrá que ser reflejada en el próximo gobierno. Van a ser muchos los que consideren que el margen de la victoria les pertenece.  En esa lista estarán Germán Vargas, quien pudo haber sido candidato y no lo fue; César Gaviria, quien sin ser muy cercano asumió la causa como propia; Ernesto Samper y Horacio Serpa que trabajaron con mucha intensidad y poco protagonismo; Gustavo Petro, a quien la alianza con Santos le quitó tanto prestigio como al presidente; Clara López, quien se rebeló contra la decisión oficial del Polo; muchos ñoños que consideran que la costa definió el asunto y todos los caciques conservadores que abandonaron a Marta Lucía Ramírez. Cada uno de estos espera una recompensa por su labor y por lo general en política es difícil cuadrar lo que la gente espera con lo que se puede repartir.

A los conservadores santistas habrá que darles mucha mermelada para mantenerlos en el corral. El Partido Liberal, que se ha considerado el principal soporte del gobierno de la prosperidad democrática,  no vería con buenos ojos la disminución de su cuota burocrática actual. A esto hay que sumarle que todos los que renunciaron a curul o a cargo lo hicieron con la expectativa de algo mejor. En esa categoría están Simón Gaviria, Juan Fernando Cristo, Rafael Pardo, Gina Parody y David Luna. Y en lo que respecta a Cambio Radical, con Germán Vargas de vicepresidente, lo menos que él espera es que los ministros de Transporte y Vivienda sean de su grupo político, ya que se había pactado que esas dos áreas quedarían bajo su responsabilidad. Dentro de este ajedrez, el Partido de la U, por ser el del presidente, se sentirá triunfador y también tendrá grandes ambiciones. Y no es que vaya a haber muchos cupos pues por lo menos la tercera parte del gabinete actual tendrá que quedarse ya que están haciendo cosas importantes.

Pero el principal problema va a ser la izquierda. La nueva coalición que reeligió al presidente tiene un componente muy importante de esa tendencia ideológica y él tendrá que hacer un viraje y varios ajustes para reflejar esa nueva realidad. Aunque ellos han dicho que su apoyo por la paz ha sido estrictamente altruista y que piensan mantenerse en la oposición, en la práctica eso no funciona así. Dieciocho personas del petrismo renunciaron a sus cargos por elegir a Juan Manuel Santos y seguramente no están dispuestas a ingresar a la estadística de los desempleados. Clara López, con su nuevo estatus político y su nuevo santismo, no va a querer limitarse a ser una voz más en la oposición. Se sabe que aspiraba a la Alcaldía de Bogotá, pero con sus 2 millones de votos no se descarta que antes de eso desempeñe un papel en el gobierno de Santos.

Como las matemáticas no dan y no hay cobija para tanta gente, muchos que aspiran recompensa a nivel gabinete tendrán que resignarse a recibir su pago a nivel regional o diplomático. La posibilidad que tuvo el presidente, muy criticada por cierto, de nombrar a muchas personas de su círculo cercano en su primer cuatrienio no va a ser fácil de repetir en el segundo. Ante la nueva situación, la representatividad política primará sobre cualquier otra consideración. Cuando llegó al poder, Santos no tenía grandes problemas de gobernabilidad pues había obtenido más de 9 millones de votos que le daban un mandato inequívoco. Hoy buena parte de ese músculo se ha perdido y la única forma de garantizar la gobernabilidad será con milimetría política.

 Los colombianos se despiertan esta semana con un país polarizado y hastiado de su sistema político por cuenta de la campaña negra que acaba de terminar. La primera responsabilidad del presidente Santos será buscar la reconciliación de los espíritus. A pesar de las heridas abiertas que dejó la contienda electoral, seguramente no tendrá mayores obstáculos en entenderse con todos sus adversarios incluyendo a Óscar Iván Zuluaga. Con el expresidente Uribe va a ser más difícil. En la relación entre ambos ha sido tan grande el caudal de agua sucia que no va a ser nada fácil construir un puente. Solo el tiempo dirá si eso es posible pero lo que es claro es que el temperamento del primer mandatario es más dado a la ecuanimidad que a la venganza. Entre más rápido el presidente reelegido les deje claro a sus compatriotas que la prioridad es la reconciliación, más fácil le quedará representarlos a todos y no solo a la mitad de los votantes que lo eligió. 
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