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| 5/19/2011 12:00:00 AM

Emergencia por río Bogotá, una de las peores de la historia

El río agotó su capacidad para almacenar la cantidad de agua que cae por la temporada invernal y el fenómeno de la Niña. Según expertos, el afluente tiene memoria y hoy reclama terrenos de la Sabana de Bogotá que fueron suyos.

Las impresionantes imágenes de las inundaciones en la sabana por cuenta del desbordamiento del río Bogotá evidencian la magnitud de una emergencia que no aparece en los registros de los últimos 67 años. Diez municipios de Cundinamarca están en alerta roja ante la creciente que se desató el sábado pasado en el páramo de Guacheneque, donde nace el río.
 
Millones de metros cúbicos de agua hoy fluyen por el departamento. La creciente provocó el fin se semana pasado la avalancha en el municipio de Villa Pinzón que dejó a cien familias damnificadas y hoy inunda a Cajicá y Chía, donde el cauce del río alcanza los 1,20 metros y 60 centímetros, respectivamente, altura por encima del promedio.
 
El inusual aguacero de ocho horas continuas la noche del viernes 13 de mayo en el páramo de Guacheneque (que alcanzó los 54 milímetros cuando lo normal es 30) desató la creciente súbita que en algunas zonas elevó el cauce del río hasta los 4.42 metros, “un valor histórico muy alto”, según el IDEAM.
 
Los organismos de emergencia de Bogotá, Cota, Funza, Mosquera, Soacha, Mesitas, La Mesa, Anapoima, Apulo y Tocaima se preparan para enfrentar los posibles efectos de la creciente que seguirá su recorrido hasta desembocar en el río Magdalena, en el municipio de Girardot.
 
La alcaldesa (e.) de Bogotá, María Fernanda Campo, advirtió que la ciudad sigue en emergencia y en caso de que el río se desborde, las localidades más afectadas serían Suba, Engativá, Fontibón, Kennedy y Bosa. Hay cerca de 200 puntos de riesgo identificados.
 
Para Sergio Piñeros, ingeniero y vocero de la CAR de Cundinamarca, la situación del río Bogotá es más compleja que la vivida en el municipio de Mosquera a finales del año pasado, donde la inundación de 2.000 hectáreas fue producto de la ruptura de los jarillones y no a la falta de capacidad del río para almacenar el agua.
 
El río Bogotá no da más
 
El fenómeno de la Niña trajo consigo las lluvias más fuertes de la historia de Colombia, que sobrepasaron la capacidad de los ríos del país para almacenar tal cantidad de agua, y el Bogotá no es ajena a ello.
 
“Nuestra estación en Chocontá registró caudales de 68 metros cúbicos por segundo. Es el más alto que ha registrado la estación en 67 años y fue muy superior al que se presentó en Semana Santa”, le explicó a Semana.com el funcionario de la CAR, entidad encargada de hacer monitoreo permanente al río.
 
Apenas ha pasado un mes desde las inundaciones en Chía y este municipio, aún sin recuperarse, recibe de nuevo grandes volúmenes de agua provenientes del río Bogotá y de uno de sus afluentes: el río Frío, que también cuenta con niveles altos en su cauce.
 
Inundaciones tan seguidas retrasan la recuperación de las zonas: el 95 por ciento del departamento está afectado y 30.000 hectáreas están anegadas por las fuertes lluvias y el desbordamiento de los ríos principalmente el Bogotá.
 
Por ser una región plana, sacar el agua que inunda la Sabana de Bogotá no es tarea fácil. Antes de llegar al Salto del Tequendama las velocidades del río son mínimas y hace que el agua prácticamente “repose” semanas o meses después de la inundación.
 
Lo dramático del caso es que la única forma de hacer el desagüe es a través del mismo río. El ejemplo más claro es la inundación de la Universidad de la Sabana: para sacar el millón de metros cúbicos de agua que anegó el 90 por ciento de la institución fue necesario esperar a que el nivel del río Bogotá bajara para no poner en riesgo la población río abajo.
 
Para facilitar la salida del agua de la Sabana de Bogotá, la gobernación de Cundinamarca, en conjunto con la Alcaldía de Bogotá y la CAR realizarán en los próximos días labores de dragado en cinco puntos del río, para aumentar su velocidad y agilizar el desagüe.
 
El río tiene memoria y reclama lo suyo
 
Según estudios, hace cien millones de años toda la Sabana de Bogotá estaba cubierta de agua de mar. Los movimientos tectónicos y el cambio natural de la Tierra convirtieron esta zona en una amplia laguna que comenzó a secarse hace 30.000 años, para dar paso a la conformación de los valles del río Bogotá y sus afluentes que hoy existen.
 
Según expertos de la CAR, si no existieran los jarillones y con lluvias más fuertes que las actuales, las inundaciones de la Sabana de Bogotá llegarían, de occidente a oriente, hasta la carrera Séptima, una de las vías más importantes de la capital.
 
“Vivimos dentro de un sistema hídrico frágil. Hemos destruido los humedales que son importantes porque en verano le sirven al río para abastecerse y en invierno le ayudan a expandirse (...) El agua no encuentra donde depositarse y la tierra tampoco puede absorberla porque ahora hay casas”, asegura Fernando Vásquez, director de la Fundación Al Verde Vivo y defensor de este importante afluente.
 
En 1940 los humedales de la Sabana de Bogotá sumaban 50.000 hectáreas. Hoy quedan menos de 1.000 -según la Sociedad Geográfica de Colombia-, de las cuales 671 están en Bogotá.
 
Desde el siglo pasado, estos cuerpos hídricos se secaron e invadieron para realizar sobre ellos actividades agrícolas de alto impacto como siembra de flores y papa, expandir la ganadería y construir industrias y proyectos de vivienda de todos los estratos, muchos sin planeación, que acabaron con los humedales que servían de reposo para aves migratorias y que le permitían al río descansar sus aguas en época de fuertes lluvias, como la que ahora deja la Niña, fenómeno que tiende a ser más frecuente por el cambio climático.
 
La deforestación influye, y demasiado: hace que los páramos y las montañas no puedan retener los mismos volúmenes de agua del pasado y llena los ríos de sedimentación. A ello se suma la siembra de árboles como eucaliptos y nogales que cambiaron el comportamiento del ecosistema.
 
La situación de la Sabana de Bogotá no es ajena a la realidad que se vive por las inundaciones en La Mojana, el Canal del Dique y el jarillón del río Cauca en Cali, donde el agua reclama, a las malas, el territorio que la mano del hombre le quitó, y sobre el que no ha habido más que uso y abuso.
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