Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/01/30 00:00

En 2016, Colombia cierra el siglo XX

Más allá de la difícil coyuntura económica, hay que entender la dimensión política de un año que puede marcar para siempre la historia de Colombia. Por Alejandro Santos Rubino, director de Semana.

Líderes de opinión, académicos, periodistas y protagonistas de la coyuntura, discutieron acerca de lo que viene para el país este año. Foto: Carlos Julio Martinez


Cómo ha sido de duro este comienzo de 2016. La cosa no está fácil y varios factores se conjugaron para que Colombia esté navegando la tormenta perfecta. Bajos precios del petróleo, fuerte devaluación, déficit fiscal, fenómeno de El Niño, desaceleración, polarización política, entre otros, hacen que el oleaje de la tempestad se esté sintiendo en todos los rincones del territorio.

Este panorama ha hecho que muchos colombianos hayan migrado del nerviosismo al pesimismo sobre el año que se avecina. En ese contexto, los economistas especulan sobre el crecimiento del PIB, el gobierno busca estimular las exportaciones y reactivar la industria, y las millonarias inversiones en infraestructura y vivienda pretenden convertirse en una política anticíclica para compensar la caída en el crecimiento. Todos estos temas, sin duda, son apremiantes para la salud de las finanzas públicas y la estabilidad macroeconómica del país. Y tienen que capotearse con gran responsabilidad.

Pero, hasta ahora, poco se ha discutido sobre la dimensión política de un año definitivo para la historia de Colombia si se cierra el capítulo de la violencia política que nos ha perseguido durante tantas décadas. Porque este año, más allá de los complejos desafíos de la coyuntura, debe mirarse como un año de ruptura en el proceso político colombiano si se firma la paz. Son esos hitos en la historia de los países donde las cosas cambian, donde se abren oportunidades y se sacuden estructuras, y donde también acechan los temores y se despiertan ilusiones. Si se firma la paz, en 2016 se cierra definitivamente el siglo XX en Colombia, y toda una agenda capturada por la vorágine de la guerra, que ha impedido explorar a cabalidad la visión de un país moderno. Eso es, ni más ni menos, lo que está en juego este año.

Esa transición va a tener un profundo impacto. Los primeros que deben reaccionar son los integrantes de la clase política, ya que el tipo de país que se edifique en el posconflicto dependerá del tipo de instituciones que tenga la nación. Y en ese frente, el panorama no es nada alentador. Basta observar la crisis de la Justicia, el desencanto de los partidos, la polarización política, la falta de credibilidad del Congreso o la fragilidad de los organismos de control, para ver con claridad que el debate de fondo no es otro que el fortalecimiento de la democracia.

Por eso, de la mano de las decisiones tecnocráticas de coyuntura para defender al país de los mercados y proteger la economía, están las decisiones políticas para fortalecer las instituciones y proteger el Estado. Porque si, como dijo Clausewitz, la guerra es la prolongación de la política por otros medios, el fracaso de la guerra debe ser el comienzo de una nueva política.

En la transición de la guerra a la paz, profundizar la democracia significa que la política tenga más legitimidad, que haya espacio de confianza para el debate y el pluralismo y se recupere la credibilidad entre el ciudadano y el Estado. Pero también significa respeto a la autoridad, reglas del juego claras y ejercer la ciudadanía no solo a través de los derechos sino de los deberes. En palabras de Kennedy, no solo qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país.

Este va a ser el momento en donde el país va a tener que demostrar si es capaz de construir acciones colectivas que vayan más allá de los personalismos y de las empresas electorales para llegar al poder y repartirse el botín burocrático o el presupuesto. Se necesita un liderazgo que interprete este momento lleno de dificultades pero también lleno de oportunidades. Un liderazgo que alivie las distintas tensiones que han copado la agenda pública: las del santismo-uribismo, las del mundo rural y el mundo urbano, las de la política y la justicia. Un liderazgo que tiene que emerger no solo de la clase dirigente, sino de la academia, de la sociedad civil, del empresariado, de las nuevas generaciones, y claro, de la política, que entienda lo que está en juego para la democracia con la transición del conflicto al posconflicto y cuáles son las consecuencias de no hacerlo bien.

Es necesario entender también que los actores cambian y surgen nuevos protagonistas en el camino hacia la consolidación democrática de un país que busca modernizarse, y que busca también sanar las heridas del pasado, integrar el territorio y reconciliar a la sociedad. Dos de estos nuevos actores son, por ejemplo, la ciudad y la cultura. La ciudad, porque los grandes centros urbanos se han convertido en ejes de gran dinamismo y en polos de progreso que no pueden estar aislados del mundo rural. Los gobernantes de las cinco principales ciudades del país concentran hoy más del 50 por ciento del PIB de Colombia y tienen una enorme responsabilidad en la inclusión económica de las regiones. De lo contrario, se seguirá ampliando la brecha entre grandes ciudades generadoras de riqueza y un 80 por ciento del territorio anclados en problemas del siglo XVIII.

Y la cultura, porque sin ella es imposible una vida más civilista donde las políticas perduren y las instituciones se fortalezcan. Una cultura de la legalidad, donde se recupere el sentido de autoridad, una cultura ciudadana, donde se recupere el sentido de la convivencia, una cultura democrática, donde se recupere la tolerancia y el sentido de la ética pública.

Para caminar en esa dirección, pensando en que sí somos capaces de construir esa Colombia imaginada, debemos entender que 2016 no solo es un año económico muy difícil sino que es el año en el que Colombia cierra definitivamente el siglo XX y puede mirar con grandeza el siglo XXI.

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