Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/10/20 00:00

En boca cerrada...

Las declaraciones del ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, sobre el presidente Hugo Chávez alborotaron el avispero.

No es la primera vez que el presidente Uribe ha optado por el regaño público para dejar en claro su molestia con un ministro o ha sentido la necesidad de rectificar lo dicho por otros miembros de su gobierno

Desde el momento en que se conoció el nombramiento de Juan Manuel Santos como ministro de Defensa, la pregunta obligada era: ¿qué pensarán en Venezuela, y en especial, el presidente Hugo Chávez? La razón: Santos había sido durante años uno de los críticos más vociferantes del gobierno chavista. No ahorraba adjetivos para atacar al jefe de Estado venezolano. Incluso en un artículo de abril de 2004 en la revista Diners, llegó a decir que "los delirios bolivarianos de Chávez representan un serio peligro para Colombia y para la política de seguridad democrática del Presidente (Álvaro Uribe)".

Con esos antecedentes, era entendible la expectativa venezolana sobre cómo actuaría Santos en su nuevo cargo. El propio Presidente, entendiendo las implicaciones del nombramiento, tuvo la cortesía de informar -o consultar- a Chávez sobre el mismo. En ese entonces, Santos salió a calmar las aguas al decir que "una cosa es mi vida como periodista y otra muy diferente el momento actual". El mensaje implícito era que dejaría guardadas bajo llave sus diferencias con Chávez. Que entendía que una cosa es ser analista de coyuntura, y otra, Ministro de Defensa.

Pero el pasado jueves en la mañana, en Washington D. C., en 15 minutos, lanzó por la ventana esa cautela y generó una bomba política. En una conferencia ante el Diálogo Interamericano, Santos se despachó: dijo que la mediación para el acuerdo humanitario le sirve a Chávez porque "puede respirar en un área que no tenía antes" y que el gobierno colombiano le pidió que no hiciera propaganda personal con el tema. Indicó que las relaciones comerciales entre Colombia y Venezuela se manejan según el estado de ánimo con el que amanezca Chávez. No había terminado de hablar cuando sus declaraciones ya estaban en boca de todo el mundo en Bogotá.

Pocas horas después, Santos se vio sorprendido con dos duros comunicados. El primero de la Cancillería: "El Ministerio de Relaciones Exteriores se permite informar a la opinión pública que, el gobierno nacional no comparte las declaraciones del señor ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, referidas al papel del señor presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Hugo Chávez. Tampoco comparte la mención que hizo el ministro Santos respecto de las relaciones comerciales de nuestro país con Venezuela". Minutos después, la Presidencia de República ratificó la desautorización. Además de reiterar "el apoyo y la confianza a la gestión humanitaria del presidente Hugo Chávez", pidió a "a todos los integrantes del gobierno que se abstengan de dar declaraciones en público o en privado que afecten la dirección de las relaciones internacionales de Colombia".

No es la primera vez que el presidente Uribe ha optado por el regaño público para dejar en claro su molestia con un ministro o ha sentido la necesidad de rectificar lo dicho por otros miembros de su gobierno. Ha sido una práctica común, en particular en los temas internacionales y con especial énfasis en los asuntos referentes al vecino país. Hasta el mismísimo canciller Fernando Araújo tuvo que tragarse sus palabras (y su orgullo) cuando dijo en Washington hace unos meses que los guerrilleros de las Farc simpatizaban con Chávez. Uribe lo obligó a retractarse y hasta a ofrecer excusas.

En ese momento, el gobierno de Caracas lo interpretó como un desliz causado por los años de cautiverio del Canciller. Pero es evidente que con la rápida desmentida a Santos -por doble vía-, el Presidente no quiso arriesgarse a que esta vez la reacción venezolana sería igual de benévola. Es que las declaraciones provenían no sólo del Ministro de Defensa, sino del antiguo y feroz crítico de Chávez. Y peor: las hizo ante un público antichavista en la capital del declarado enemigo de la revolución bolivariana, donde reside el "diablo" (George Bush, según el mandatario venezolano).

El viernes, en una rueda de prensa, Santos trató de explicar cada una de sus frases o mejor dicho, precisarlas. Comenzó por aclarar que sus comentarios se hicieron en una reunión off the record, es decir, en una charla privada y que por lo tanto no eran pronunciamientos públicos. Curiosamente, el Ministro no dijo nada excepcional en su conferencia del jueves. Nadie discute que el papel que está jugando Chávez en la búsqueda de un acuerdo humanitario con las Farc le sirve para aumentar su protagonismo en la región. Igualmente, es evidente que las relaciones entre Colombia y Venezuela dependen del impredecible temperamento de presidente venezolano. Pero una cosa es que lo diga la gente en la calle y otra muy diferente, que provenga del Ministro de Defensa.

Cuando todo el mundo esperaba una recogida de velas de Santos como consecuencia del tirón de orejas del Presidente, éste sorprendió notificando que no se retractaba y reconociendo que "si de algo soy culpable es de no haber sido muy diplomático al decir ciertas verdades, por el ambiente informal en que nos encontrábamos". Terminó diciendo que su cargo estaba a disposición del Presidente, lo cual dio pie a algunas horas de especulaciones sobre su renuncia.

El mismo viernes, el presidente Uribe decidió ponerle fin a la crisis y ratificar su confianza en su subalterno. "El Ministro es una gran persona, un gran Ministro", dijo Uribe. Durante sus 14 meses al frente del Ministerio, Santos ha soportado tempestades de todo tipo -como debates al por mayor en el Congreso y controversias mediáticas casi semanales-. En esta ocasión, el tiro en el pie fue autoinfligido, pues el Presidente le había advertido de manera específica que no debía hablar de Chávez ni de las relaciones con Venezuela.

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