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| 7/31/2000 12:00:00 AM

“En Colombia suceden las cosas más importantes del continente”

La periodista mexicana Alma Guillermoprieto publicó recientemente en Estados Unidos una serie de análisis sobre Colombia. SEMANA habló con ella.

El famoso magazín literario The New York Review of

Books, el primero en su género en lengua inglesa con 115.000 ejemplares de circulación, publicó recientemente tres entregas sobre la situación colombiana con la firma de la escritora y periodista mexicana Alma Guillermoprieto. Fueron 26 páginas extraordinarias de información pura, detallada y profunda sobre las batallas seculares del país en busca de la paz.

“Vine a Colombia porque creo que es el país de América Latina donde están sucediendo las cosas más importantes y con consecuencias de peso para todo el continente”, dice. “Me pareció oportuno echar un vistazo general al país y, sobre todo, escribir sobre él para algún medio serio de Estados Unidos. Aunque en Colombia se tiene la impresión de que en Estados Unidos, tanto el gobierno como los ciudadanos, viven pendientes de lo que ocurre aquí, la verdad es que ni siquiera la visita de la secretaria de Estado, Madeleine Albright, se reportó como noticia en The New York Times, y no digamos en primera plana, simplemente no apareció”.

En sus palabras, la situación es “tremendamente compleja, que no se reduce a narcotráfico y guerrilla sino que es parte de un enjambre de relaciones, de conflictos, de violencias viejas, de necesidades no cumplidas, de vicios del pensamiento, de vicios de la conducta, y de un estado de ánimo intolerante entre muchos sectores, que dan como resultado la Colombia de hoy, con muchas catástrofes y también con muchas cosas maravillosas”.

SEMANA: Usted estuvo en la zona de distensión. ¿Cuál fue su impresión de lo que ocurre allí?

Alma Guillermoprieto: Hay una enorme

preocupación por lo que va a pasar si se levanta en algún momento la zona de despeje, o si se suspenden las conversaciones de paz, después de que todo San Vicente quedó tildado por los paramilitares como zona de izquierda. Por otro lado, es difícil saber cuál es la autoridad real porque eso no se ha dirimido, hay un alcalde electo y una autoridad armada que son las Farc. Es la primera vez que se da una situación de convivencia entre la guerrilla más vieja y más grande de este país y una población relativamente grande.

SEMANA: ¿Podría decirse que hay condiciones para un proceso de paz?

A.G.: Creo que las condiciones para un proceso de paz se pueden dar en cualquier parte del país. Lo más importante —y no estoy hablando sólo de Colombia sino de lo que hemos visto en Centroamérica— es que haya no sólo una voluntad real de las dos partes para negociar, sino una visión realista de lo que se puede lograr a través de una negociación. Si las Farc piensan que por medio de la negociación se puede lograr la justicia social y una perfecta igualdad en Colombia, evidentemente las negociaciones no van a prosperar. Si lo que el gobierno ambiciona es que las Farc depongan las armas y su visión del mundo, pues también fracasará.

SEMANA: ¿Cómo ve esta Colombia que se mueve entre una guerra más despiadada que nunca y un proceso errático, lento, poco claro?

A.G.: Yo creo que todos los procesos de paz son erráticos, lentos y poco claros, por definición, porque si la paz fuera sencilla ya se habría logrado. Además las dos partes creen que tienen que dar constantemente golpes de fuerza para asustar a la otra o para mostrar su propia seriedad. Eso es normal. Ahora, Colombia sigue siendo un país absolutamente impredecible y alucinante porque tiene la capacidad de convivir simultáneamente con grados de violencia alarmantes y terroríficos y con grados de civilización, solidaridad, hospitalidad, calidez y buen vecindaje también insólitos.

SEMANA: ¿Cree que es clara la ayuda de Estados Unidos o hay agendas ocultas?

A.G.: Yo creo que el paquete de ayuda es muy claro. El monto del dinero está definido; se ha hecho público el destino que van a tener las partidas; está claro que el presidente Pastrana la solicitó, y también —para mi asombro— que la mayoría de los encuestados responde favorablemente al paquete de ayuda. Pero la ayuda, tal como está definida, puede sonar muy bien, pero la realidad nunca es tan limpia como los proyectos. Creo que la posibilidad de escalar el conflicto, de aumentar el daño a los ciudadanos en la guerra y de aumentar imperceptible pero significativamente la participación de Estados Unidos a lo largo de los próximos 10 años es muy grande. Eso me parece alarmante y creo que eso no está previsto en el paquete de ayuda.

SEMANA: Además la ayuda es sólo una de las formas en que Estados Unidos está participando en esto...

A.G.: No, por supuesto, hay una vieja presencia de ese país en Colombia, principalmente a través de la llamada guerra contra las drogas. Pero a juzgar por las cifras que indican que la producción de cocaína en Colombia ha aumentado dramáticamente a lo largo de los últimos 12 años, y que la producción global de cocaína se ha mantenido pareja en los últimos 10 años en vez de disminuir, uno podría pensar que la guerra se está perdiendo. Y cuando se está perdiendo una guerra uno podría pensar que es hora de cambiar de estrategia, o por lo menos de hacer un análisis serio y reflexivo sobre lo que se ha logrado con la estrategia actual.

SEMANA: ¿Cómo ve a los medios de comunicación en el conflicto?

A.G.: Siento que no puedo en lo más mínimo juzgar ni evaluar lo que he visto en los medios porque me parece, en primer lugar, que pedirle a un reportero o reportera neutralidad y objetividad es muy fácil cuando eso no trae peligro. Cuando la objetividad y la neutralidad es lo que más castigan las partes en conflicto, pedirle esas cualidades a la prensa es pedir sacrificios que no sé si seríamos capaces de hacer todos. Me parece, además, que el periodismo colombiano se desarrolla en un país que ha mostrado grandes grados de tolerancia hacia la violencia, hacia la conducta marginal. Exigirle entonces al periodismo una actitud intolerante hacia esas maneras ilegales, alternativas y hasta corruptas de manejarse en la vida cotidiana es difícil cuando la sociedad misma no tiene esa actitud. Claro que el periodismo debería ser objetivo, veraz, neutral, apartidista, puntual, exacto, por supuesto que sí. Pero es muy difícil lograr eso en la Colombia actual, y debo decir algo: creo que el periodismo colombiano ha mejorado enormemente desde cuando yo viví aquí, hace ya 10 años.

SEMANA: ¿Cómo podemos refinar los métodos de búsqueda de la verdad en una

realidad cada vez más compleja?

A.G.: No sé cómo podría trabajar un periodista colombiano en los momentos actuales, lo que sé es que la muchacha a la que hirieron en el estómago con un fragmento de granada tiene todo mi respeto, y lo tiene cualquier camarógrafo o periodista de televisión que salga al día siguiente a trabajar después de haber visto esa escena, independientemente de que esté haciendo bien o mal su trabajo o de que lo pudiera hacer mejor. El periodismo colombiano tiene problemas enormes que no enfrenta el periodismo en muchos países del mundo, debe cubrir un conflicto que tiene muchos lados y tiene que protegerse —no como en El Salvador, de un lado u otro— sino como de tres. Además ganan unos salarios generalmente lamentables para el trabajo que se les exige y las facultades de periodismo no los preparan para enfrentar esto. Por eso es milagroso que exista periodismo en Colombia. Por supuesto que tiene que crecer, profesionalizarse y perfeccionarse. Los medios y sus dueños tienen que estar dispuestos a invertir en la seguridad, en la protección y en la capacitación de sus periodistas, sobre todo ahora que se les está exigiendo tanto.

SEMANA: ¿Dónde está el futuro del periodismo?

A.G.: Creo que el verdadero futuro del periodismo está en lo que se pueda hacer por Internet. Para mi gusto, los reportajes más extraordinarios fueron los que envió anónimamente desde Kosovo una mujer. Su trabajo fue tan valiente, tan profesional y tan bueno que por secuelas de machismo todo el mundo pensó que era un hombre. Esos reportajes, hechos en condiciones azarosas, viviendo una noche aquí y otra allá, llevando sólo una mochila, fueron posibles gracias a Internet.

SEMANA: ¿Está trabajando en un nuevo libro?

A.G.: Estoy trabajando en mi jardín. Es un proyecto que me maravilla y me hace ver las cosas con una distancia diferente. Nunca dejo de acordarme de la última frase del Cándido, de Voltaire, cuando el personaje regresa de sus viajes por el mundo y después de haber visto y padecido los horrores de la guerra se reencuentra con sus viejos amigos y con el amor de su vida y dice: “Es la hora de trabajar en el jardín”. Entonces trabajo en mi jardín, eso me da un placer infinito y un atisbo de sabiduría.
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