Martes, 25 de noviembre de 2014

| 2013/07/11 00:00

En defensa de Jerez, el negociador de Catatumbo

Yezid Arteta, exguerrillero de las FARC, escribe para Semana.com un perfil del protagonista de la actualidad nacional.

César Jerez. Foto: Daniel Reina Romero / Semana

Diego es el hijo de un sembrador de café que conocí por los lados de Cauca. Su padre, con miles de sacrificios, lo mandó a estudiar a Bogotá. En la capital, y luego en el exterior, se aficionó a los videojuegos de estrategia. Su favorito es Rise of Nations. Le pregunto por qué y me dice que le hace recordar a su padre, un colono que perdió su rancho y sus animales a causa de la violencia, pero se recuperó y volvió a hacer finca en otra región, sin embargo, la mala suerte lo siguió y volvió a perder todo. Así transcurrió su vida, me cuenta Diego, de un lado para otro, hasta que por fin se asentó en las laderas de la Cordillera Occidental, donde sembró café y unas matas de coca. "De eso vive mi familia", agrega Diego.

Como el padre de Diego hay millares en Colombia. Colonos y campesinos pobres hechos a la cecina. Curtidos. Huyéndole a todo: a la violencia, al hambre, al paludismo, a las crecientes de los ríos, a las fumigaciones. Los quitan de un sitio y se van a otro. Siembran lo que les dé para sobrevivir. Unas veces plátano, maíz, yuca, cacao o caucho. Otras veces marihuana, coca o amapola. Crían cerdos, patos, curíes y gallinas. Cuando el hambre aprieta, cogen la escopeta y se van de caza y matan un mico, y con el cráneo preparan un caldo para alimentar a los pequeños porque las mujeres no tienen leche en las tetas. Comen alrededor de un fogón de piedras, y los perros y los gatos meriendan con ellos.

Quienes protestan en Catatumbo son parte de esta masa campesina. Pero los hay regados en buena parte del territorio nacional. Su vida está edificada sobre unos valores muy sencillos pero sólidos. Son estoicos y saben soportar el dolor y la adversidad. Entre ellos la palabra tiene más valor que el papel. Poseen una voluntad de hierro y lo voluble no es parte de su carácter. Como los legendarios boxeadores de peso mediano, tienen una extraordinaria capacidad para asimilar golpes. La resistencia es su cualidad más importante y sobre las cenizas vuelven a edificar un proyecto de vida.

Muchos de estos hombres y mujeres que habitan en las periferias rurales no existen legalmente, puesto que carecen de documentos de identidad. Algunos ni siquiera tienen partida de bautismo o registro civil. No votan porque no tienen cédula de identidad, y, por lo tanto, no interesan a la mayoría de los políticos, cuyo razonamiento es meramente aritmético. En cambio, sí hay interés en sus tierras. En lo que hay debajo de las plataneras o los cocales: metales, oro negro, agua o la simple tierra para arrancarle los alimentos y reemplazarlos por monocultivos, o regarlas con ganado de engorde.

En el videojuego Age of Empire II, según me cuenta Diego, la suerte de los aldeanos es triste porque su destino es recolectar alimentos para otros y si el territorio es asediado por los invasores, tienen que protegerse porque no cuentan con armas para defenderse. Alimentos, madera, petróleo, metales y conocimiento son los recursos claves en Rise of Nations, los mismos que se han convertido en infierno y paraíso para los campesinos de Catatumbo. Este es el fondo de la pugna en esta región: los recursos son para el sustento de quienes allí residen, o bien, para el bolsillo de unos cuantos. 

Los gobernantes tienen tres maneras de enfrentar la protesta de sus ciudadanos. La más burda y primaria es repartiendo leña –como aconsejaba un expresidente y un extécnico del Atlético Nacional– a los manifestantes. La más sana, si nos atenemos a los milenarios sabios chinos que tanto citan los gobernantes, consiste en oír los reclamos populares y solucionarlos de común acuerdo. La tercera es el montaje, es decir, sacar pañuelos de colores de la boca o de las orejas, como lo hacen los magos en las fiestas infantiles. En el caso de Catatumbo, el Gobierno ha empleado los tres métodos: leña, diálogo y montaje.

Como planeando en parapente, descendió sobre una vereda de Catatumbo el nombre de César Jerez y, de repente, la protesta se volvió un asunto judicial. En un dime que yo te diré. Se evaporó el motivo del paro campesino y los hechiceros devolvieron a Raúl Reyes desde el purgatorio para que se cargara a Jerez. A César lo marcaron con un rotulador y su nombre se disparó en el mundo virtual. De unos cuantos resultados que aparecían en internet al buscar su mote y apellido en el buscador de Google, pasó a tres millones y medio de enlaces que dan cuenta de su peregrinaje. Un poco menos que Radamel Falcao. Lo grave es lo que pueda suceder en el mundo real con César Jerez. 

En Colombia, un país que aún no logra encontrar su identidad nacional, el nombre de la Unión Soviética se asocia con perversidad, por eso, cuál mejor manera de deshumanizar a Jerez que mostrando su título de geólogo obtenido en una de las exrepúblicas soviéticas del Cáucaso. Se piensa, generalmente, que con el sólo hecho de estudiar en la antigua Unión Soviética se obtenía el pasaporte de revolucionario, conclusión que no es cierta. Los latinoamericanos que pasaron por las universidades y los institutos soviéticos son, en su mayoría, anticomunistas, y otros se volvieron empresarios o mafiosos. A Jerez no lo hicieron revolucionario en Bakú, se hizo luchador en Colombia.  

Algunos voceros oficiales lanzaron al vuelo el cuento de que los dirigentes de la protesta venían de Europa. Escudriñando la hoja de vida de la élite gobernante colombiana se puede saber que todos, o casi todos, han recibido educación en Europa o Estados Unidos y nadie rechista por eso. Bajo esa lógica, los pobres no tienen derecho a educarse en el exterior. Que yo sepa, el único dirigente de la protesta educado en el exterior ha sido Jerez, los demás, como es natural en esas regiones, a duras penas han aprobado la primaria.

Tanto a los medios de comunicación como a los tecnócratas del Gobierno les parece exótico que un profesional se junte con los campesinos y piense como ellos. Les asusta el fantasma del proverbial “comisario político” de los tiempos de Lenin. Para quienes habitan las zonas de colonización nada de esto les resulta extravagante.

Recuerdo que durante mis tiempos errantes observé que en el seno del Comité de Colonización del medio y el bajo Caguán había dos profesionales. Uno era un sicólogo de la Universidad Nacional que estaba aguantando penurias debido a que no caían clientes a su consultorio, puesto que en aquellos tiempos escaseaban los locos en Bogotá y entonces tomó la decisión de irse a la selva. Otro era un licenciado en matemáticas. El sicólogo tenía una tienda de abarrotes y el licenciado enseñaba en una escuela de primaria. Los dos actuaban y pensaban como colonos.

Como en el juego de estrategia, opino que César es uno de los recursos con los que cuentan los campesinos para no dejarse derrotar: conocimiento avanzado.

“Ampliar el alcance y fortalecer la efectividad de las instituciones en el territorio… El ciudadano de Catatumbo, Arauca o Putumayo tiene que sentir que sus derechos valen tanto para el Gobierno como los de los habitantes de Bogotá o Medellín”. Estoy plenamente de acuerdo con este planteamiento. ¿Quién lo dijo? Sergio Jaramillo, el comisionado de paz, al explicar la estrategia de paz territorial del gobierno del presidente Santos. Así las cosas, lo mínimo que hay que pedir es coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Ahí están los voceros de Catatumbo, incluido César Jerez, para hacer realidad esta orientación gubernamental.

Conozco personalmente a César Jerez, a su esposa y a su hija. Son mis amigos. César es un hombre risueño, pacífico, que se desplazó todo el tiempo en bicicleta mientras vivió en Cataluña. Dada su visión generosa y tolerante frente a toda clase de ideas, resulta un disparate creer que César sea el superagente destinado a preparar una conspiración internacional contra Colombia. Las películas de espionaje pasaron de moda desde la desaparición del KGB. Poner en entredicho la legitimidad de Jerez como vocero campesino les resta credibilidad a las intenciones de paz del Gobierno. El Gobierno no puede perder de vista que está adelantando un proceso de paz, y debe, por tanto, dar lecciones de tranquilidad y pluralidad desde ahora y no esperar a la firma de un acuerdo. Gobierna el presidente Santos o gobierna desde el más allá el computador de Reyes. No hay de otra.

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