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| 6/25/2001 12:00:00 AM

En el fin del mundo

En la zona rural de Montecristo, en el sur de Bolívar, todo está en constante movimiento. Basta mirar fijamente un punto para detectar decenas de microscópicas hormigas marchando en fila india. Pájaros de varios colores vuelan de una orilla a otra del Cauca. Ni siquiera el río se queda quieto, se expande y se contrae a diario. En contraste, el tiempo está como atrapado en el calor y la humedad del trópico. El río seco le impidió a la Unidad Móvil de Salud del Comité Internacional de la Cruz Roja llegar a tiempo al primer caserío. También lo retrasaron los retenes. Primero el del Ejército en Nechí, que después de las preguntas de rigor dejan seguir la lancha. Una horas después parece que va a haber otro de guerrilleros del Eln que el chalupero creyó divisar en la selva. Pero cuando Jean Beausejour, la delegada canadiense de salud de Bucaramanga conversa con ellos, se da cuenta de que son autodefensas. No es fácil distinguirlos a primera vista. Todos son jóvenes, se visten de verde, usan los mismos camuflados, tienen armas similares y la mayoría ya lleva las mismas botas de cuero. Los autodefensas quieren que el Cicr transporte a uno de sus hombres que está enfermo de paludismo hasta el hospital más cercano. Jean y Javier Cepero, el delegado de terreno de Sucre, les explican que la Cruz Roja suspendió la evacuación de combatientes heridos desde que las Farc y las AUC remataron a heridos del bando contrario en sus vehículos. Los combatientes no quedan satisfechos con la explicación pero los dejan seguir.



La lancha finalmente llega a su destino. Mujeres y niños brotan de todas partes. Los hombres, en cambio, se esfuman, quizá porque saben que se requerirá de su fuerza para bajar la planta de luz, los equipos de odontología y las cajas de medicamentos. Pero las mujeres los azuzan y en menos de media hora el abandonado puesto de salud cobra vida. Una anciana no para de quejarse. Tiene rodajas de papa amarradas en la cabeza con una badana para aliviar su jaqueca y escasamente se tiene en pie. Una niña de 11 años respira con dificultad y una mamá llora a la par con su hijo de dos años. Como estos tres parecen ser los casos más graves la médica Carmen Sofía Carrillo los atiende de primeros. Todos tienen paludismo. Esta enfermedad se disparó, cuentan los campesinos, desde que el ELN llegó al pueblo, saqueó la farmacia y desterró al médico hace tres años. Para controlarla bastaría con fumigar, pero los funcionarios encargados de hacerlo temen ir por esos lares.



Las autodefensas también pusieron su cuota de sufrimiento a estos pobladores. No permiten transportar mercancías por más de 200.000 pesos por el río y un expreso de la lancha cuesta 150.000 pesos. Entonces en la única desabastecida tienda de abarrotes, no se encuentra siquiera una aspirina para aliviar los dolores. “Si no fuera por la Cruz Roja nos moriríamos de cualquier enfermedad”, dice uno de los campesinos que se dedica a la siembra de maíz. Cuenta que ir al hospital más cercano en Nechí o Guaranda les cuesta entre 40.000 y 50.000 pesos, suponiendo que la metálica (la flota acuática) circula. “Por el conflicto había celos y estuvo parada cuatro meses”, afirma, cuidándose de que no lo oiga nadie más. Si hay una emergencia, dice, sacan al enfermo a lomo de burro cuatro horas hasta el hospital más cercano.



A mediodía el calor en el puesto de salud atestado de gente es insoportable a pesar de los ventiladores que instaló el Cicr. En un cuarto, un auxiliar vacuna niños, mientras unas adolescentes se hacen pruebas de embarazo y otras aprenden métodos para no tener un quinto, sexto o séptimo hijo. En la habitación contigua, la odontóloga extrae muelas. Una mujer de 25 años que parece de 50 le pide que le saque los dos dientes de enfrente que están con caries. La doctora accede y se los jala de un tirón, aunque sabe que con un tratamiento de conductos podría salvar al menos uno. El problema es que si se complica y se le forma un absceso, no habrá quien atienda una emergencia al día siguiente. No podría aguantarse los dos meses que se tardarán en volver los del Cicr. Por eso sale mueca pero feliz.



Es que el conflicto armado no sólo deja muertos y secuestrados. Sus efectos pueden ser cruelmente sutiles, como hacer que la gente pierda sus dientes antes de tiempo o que esté condenada a bañarse con agua podrida. Por eso la doctora Carrillo encuentra tantos problemas de piel en el sur de Bolívar. Piquetes de zancudo enconados, costras, hongos, barros, granos supurantes, brotes, escozor, comezón, urticaria, hormigueo, piquiña, rasquiña son los síntomas que van enumerando los pacientes. Todos saben que es por bañarse y tomar agua sin tratar del río donde lavan los animales, botan el mercurio de las minas de oro de la serranía de San Lucas y flotan cadáveres hinchados, pero aseguran que lo seguirán haciendo porque es lo único que los refresca en ese calor infernal.



Mientras esto sucede en el centro de salud, Javier, el otro delegado, habla con los guerrilleros del ELN que patrullan el caserío. Cree que ha logrado convencerlos de que permitan la fumigación de los mosquitos que transmiten el paludismo. De esa capacidad de persuasión de cada uno de los delegados del Cicr depende en gran parte su éxito o fracaso porque a diferencia de otros organismos internacionales, no trabajan a través de la denuncia sino del contacto con todas las partes en conflicto que permiten el diálogo personal. Así por ejemplo, si los parientes de un secuestrado les piden que averigüen quién tiene a su familiar, ellos indagan con los distintos grupos hasta dar con su paradero, informan a la familia y tratan de convencer a los captores que permitan que le lleven mensajes, atenderlo si se enferma o recibirlo si lo liberan.



Sólo cuando ven al delegado del Cicr con su camiseta blanca y roja, muchos secuestrados comienzan a sentirse libres, pues hasta ese momento no saben si la larga caminata desde su lugar de cautiverio es hacia la muerte. Por eso cuando salen los besan y los abrazan como si fueran sus salvadores. Javier dice que a veces se siente mal porque atender la liberación de un secuestrado es lo que menos esfuerzo requiere de ellos. “Durante un segundo es una orgía de alegría”, dice este abogado español de 32 años. A Javier esos instantes de felicidad, como a la mayoría de delegados, le compensan todo el resto de trabajo en el que a veces los resultados no se ven o en él hay que ver demasiado sufrimiento o excesiva crueldad. Es común, por ejemplo, que cuando contactan a un grupo para preguntarle si tienen a una persona desaparecida, digan de una: “Sí, lo matamos ayer”, una noticia que luego le toca al delegado transmitir a los familiares. También han llegado al extremo de verse obligados a pedirles a los grupos que respeten un cadáver que está en riesgo de ser mutilado o tirado al río.



Sólo con su poder de convencimiento, los delegados del Comité Internacional de la Cruz Roja evitan todos los días ejecuciones, desplazamientos, torturas o masacres. Nadie mide estos logros. ¿Cómo registrar que alguien sigue vivo? ¿Que un sindicado no fue torturado? ¿Que una familia desplazada sufre menos? Sólo estas víctimas anónimas lo saben, y aunque no lo registre ninguna estadística, es a veces la única prueba que tienen en mucho tiempo de que algo de humanidad queda en medio de tanto horror.
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