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| 12/5/2015 8:00:00 PM

“En la guerrilla perdí mi juventud”

Este es el relato de Boris Forero, un desmovilizado de las Farc que estuvo 18 años en el monte y que se convirtió en un líder contra el reclutamiento infantil.

“Ellos podrían no haberla sepultado, podrían haber dejado su cuerpo tirado en el monte después del combate con el Ejército. Al fin y al cabo era una guerrillera más. Y para el común denominador de las personas ella estaba del lado de la guerra. Sin embargo, esos campesinos la levantaron del charco de sangre en el que yacía y velaron su cuerpo sobre una mesa de billar antes de enterrarla.

No había flores ni familiares que lloraran su pérdida, pero ese hecho fue suficiente para darme cuenta de que la bondad es superior a cualquier otro sentimiento y de que con las armas difícilmente se llegaría a algún lado. Ese día en Marquetalia, vereda de Planadas, Tolima, decidí desmovilizarme después de 18 años de militancia en las filas de las Farc. Para mí ya no tenía sentido seguir apoyando una revolución que nunca logró su cometido y que con el paso de los años perdió su rumbo.

Pero en 1987, cuando solo tenía 18 años y estaba terminando el bachillerato, la idea de un país más justo y con más beneficios para el pueblo me animó a unirme a la guerrilla. Aunque solo era un joven con ideas de izquierda, como muchos otros en esa época, no fue para nada difícil vincularme a ese grupo armado. Para cuando me di cuenta ya hacía parte del frente 22. Recuerdo como si fuera ayer mi primera noche en el monte y, a pesar de la precariedad de la situación, me dieron lo básico: botas, machete, carpa y un arma.

Los primeros años en la guerrilla estuvieron bien, y desde mi perspectiva todo parecía indicar que la revolución estaba en marcha y que los combates eran un precio razonable que había que pagar. Pero luego de pasar cinco años preso por cuenta de un compañero que me delató, y de tener el tiempo suficiente para leer teorías marxistas, y de ver lo que había sucedido con las revoluciones sociales en el mundo aterricé en la realidad y descubrí que el movimiento nunca se dio en Colombia.

Y, entonces, llegó el punto de quiebre con la escena de la guerrillera de no más de 15 años tendida en la mesa de billar. Entonces se me llenó la copa.

Desmovilizarse no fue fácil. No solo porque implica un riesgo enorme de morir, sino porque además el tiempo en la guerrilla no existe. Allí se vive el momento, y cuando realmente me animé a retirarme de las Farc ya habían pasado cinco años desde aquel combate en el que la joven había perdido su vida.

Ya en 2005, cuando se dio la oportunidad, me presenté en el Batallón Caicedo de Chaparral, Tolima, y ahí empezó todo el proceso de la administración de justicia. Para no ir más lejos, al poco tiempo estaba en Bogotá como un ciudadano más, apoyado por el gobierno, que en ese entonces me daba algo más que un salario mínimo para mantenerme.

Hoy, diez años después, tengo claras muchas cosas: perdí mi juventud y con ella la oportunidad de formar un hogar, de aprender un oficio y, en general, de hacer más cosas con mi vida.

***


Recién me integré a la sociedad supe que no valía la pena llorar por algo que ya no se podía arreglar. Como graduado en psicología (una carrera que cursé a distancia desde el monte y que tardé diez años en culminar), siento que mi labor para construir la paz va más allá de mi propia desmovilización.

Actualmente lucho para evitar el reclutamiento de jóvenes y ayudar a los nuevos desmovilizados que llegan totalmente desubicados y sin dimensionar la gravedad del resentimiento y el dolor de la sociedad.

Pero tengo la esperanza de que con la firma de la paz avancemos en la reconciliación, sin obviar por supuesto el trabajo y el esfuerzo que implica perdonar. A lo largo de los años he aprendido que al perdón se llega individualmente y que cuando se consigue es más fácil vivir, porque se respira mejor”.
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