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| 7/13/1992 12:00:00 AM

EN LA MIRA DE LOS ASESINOS

La amenaza del ELN a los medios de comunicación puede ser el inicio de la campaña terrorista de la guerrilla en las ciudades.

LA ULTIMA BOMBA DEL ELN se produjo por escrito. En un comunicado de cinco puntos el grupo guerrillero reivindicó los atentados contra algunas torres de transmisión de Caracol, señaló a esa cadena y a El Tiempo como sus enemigos y le declaró la guerra abierta al Gobierno por impulsar políticas como la apertura y las privatizaciones.
Que el ELN hubiera expedido un comunicado en el que le declaraba la guerra total al Gobierno no sorprendió mucho. No ha habido un solo sector de la opinión pública que haya creído en la voluntad de ese grupo guerrillero por buscar una salida diferente a la de la violencia, a pesar de su participación al lado de las Farc en los diálogos de Caracas y Tlaxcala. Para todo el mundo fue evidente que la participación de ese grupo en las conversaciones con el Gobierno era más una táctica para ganar presencia nacional a través del diálogo que un convencimiento sincero en la fórmula de una paz negociada.
La sorpresa fue el hecho de que el ELN se hubiera salido de su práctica tradicional de atentados contra la infraestructura petrolera (o económica, en general) afectando a las compañías nacionales y extranjeras dedicadas a esa actividad, y que anunciara públicamente la decisión de convertir a dos empresas privadas de comunicaciones en objetivos de sus actos terroristas.
Pero más sorprendente aún fue el que el ELN hubiera decidido echarse encima a nadie menos que a los medios de comunicación. Esto no significa que los elenos consideren que pueden ser "amigos" de los medios. Pero en los grupos guerrilleros se volvió común la costumbre de endulzarle el oído a los comunicadores, para garantizar la difusión de sus mensajes.
Originalmente la relación entre periodistas y guerrilla fue casi inexistente hasta que el M-19 la convirtió en su fórmula fundamental de operación.
Espectacularidad y propaganda fueron los dos elementos que los guerrilleros del "eme" combinaron con éxito durante su vida en la clandestinidad.
Las Farc vieron en el comportamiento del M-19 hacia la prensa un ejemplo digno de ser imitado, y a raíz de las conversaciones de paz en el gobierno de Belisario Betancur iniciaron el proceso de aproximación. El hasta entonces huraño campesino que había sido Manuel Marulanda, "Tirofijo", se convirtió en un hombre bonachón y amable, y el ogro stalinista que era Jacobo Arenas se transformó en un hombre simpático y dicharachero ante los ojos de los reporteros de los distintos medios de comunicación. El mismo camino fue seguido varios años después por el ELN, aunque con una mayor dificultad para esconder sus verdaderos sentimientos ante un gremio que consideran "lacayo de los intereses imperialistas". Para los enviados especiales a las reuniones de Venezuela y México fue claro el intento de los delegados del ELN por aparecer como cercanos a los medios de comunicación.
Pero esa cercanía, si la hubo, evidentemente terminó. La voladura de algunos de los transmisores de unas emisoras de Caracol, y el señalamiento de dos medios de comunicación como objetivos militares, estableció de un tajo las fronteras entre guerrilla y medios. El hecho de que los elenos hayan señalado únicamente a dos medios de comunicación puede haber tenido como finalidad no echarse a todo el gremio encima y buscar el aislamiento de Caracol y El Tiempo del resto de las empresas periodísticas. Pero si eso era lo que se buscaba el resultado no había podido ser más distinto.
Apenas se conoció el comunicado del ELN todos los medios rechazaron al unísono la amenaza y se dieron por notificados de que se trata de un atentado no sólo contra Caracol y El Tiempo sino contra toda la prensa nacional.
Los organismos de inteligencia del Estado prevén que la notificación del ELN es el comienzo de una ofensiva terrorista sobre las grandes ciudades. La conclusión se basa en que tanto las Farc como el ELN se sienten en la obligación de demostrar que sí existe una diferencia real entre la violencia que están en capacidad de generar en tiempos de diálogo y la que producen en épocas de confrontación abierta. De acuerdo con las mismas fuentes, para crear esta sensación en el país los objetivos deben estar en las grandes ciudades. De hecho, las autoridades han logrado descubrir y desactivar actos terroristas en distintos lugares, pero son también claros en afirmar que el terrorismo es la actividad delictiva más difícil de contrarrestar.
La postura de las Farc, a todas estas, ha resultado bastante ambigua. Uno de sus grandes jefes, Alfonso Cano, ha estado manifestando pública y privadamente su desacuerdo con la actitud del ELN, pero eso no significa necesariamente que sea verdad. Por un lado, es sabido que Cano encabeza lo que se podría llamar la línea dialogante de las Farc, que a juzgar por el desarrollo de los acontecimientos de Tlaxcala ha sufrido una derrota estruendosa frente a la línea dura. Si esto es así, el que Cano esté o no de acuerdo con el terrorismo del ELN no significa que las Farc en su conjunto piensen lo mismo.
Y si el diálogo con el Gobierno no fue suficiente argumento para producir una división en el seno de ese grupo guerrillero, es poco probable que un punto de desacuerdo frente al ELN vaya a serlo.
Por otra parte, es muy probable que la actitud de Cano sea en realidad parte de un plan acordado con el propio ELN, de manera que las Farc aparezcan a ojos del Gobierno y la opinión pública libres de polvo y paja en lo que tiene que ver con esta ofensiva. Algo similar ocurrió con el ELN y las Farc en el caso del secuestro y muerte del ex ministro Argelino Durán Quintero, perpetrados por el EPL. Los dos primeros grupos se limitaron a calificarlo como un "error" y a afirmar que no estaban de acuerdo con eso, pero eso no significó un enfrentamiento entre guerrilleros a pesar de que ese crimen prácticamente enterró la posibilidad de una salida negociada al conflicto armado con el gobierno de César Gaviria. Desde este punto de vista lo que el país puede esperar, más que un distanciamiento entre guerrillas, es un incremento de su actividad y una tendencia hacia la unificación de métodos, lo que significa una generalización del terrorismo como sistema de lucha, que es lo que el país está viendo con claridad en los últimos meses.
El ELN considera la apertura y el proceso de privatizaciones como las obras de gobierno a las cuales debe oponerse con la fuerza de sus armas, y el comunicado del pasado 9 de junio ubica sus actividades criminales en esa dirección. Así como es de previsible que la política de apertura continuará su marcha, igualmente lo es que el terrorismo del ELN irá aparejado con ella. Lo que no se sabe es cuáles son los sectores privados que se colocarán en la mira de los terroristas, por estar de acuerdo con la apertura. Esta es la razón para que los elenos hayan decidido poner a Caracol y El Tiempo en su lista de enemigos.
El otro punto del comunicado del ELN es tan contradictorio con su actuación que resultaría un chiste si en todo esto no estuviera involucrada la violencia. Después de hacer un recuento de sus acciones violentas contra instalaciones de comunicación en Alejandría, La Unión, Santa Helena en Antioquia y San José de Miranda, en Santander, de reconocer los ataques a las estaciones de Caracol y de amenazar al diario El Tiempo, el comunicado del ELN señala que "es el momento de abrir un debate sobre la libertad de información en Colombia".
Paradójicamente, ese fue justamente el debate que se inició. Tanto los medios de comunicación colombianos como sus organismos gremiales y sus similares extranjeros están empezando a señalar el terrorismo del ELN como la principal amenaza contra la libertad de expresión en Colombia. Para la prensa nacional es claro que una notificación como la del comunicado de la semana pasada convierte el oficio en una actividad de riesgo, como lo ha sido en el pasado en coyunturas similares.
El hecho de estar en la mira del terrorismo de la guerrilla obliga a los medios de comunicación a recordar las épocas cercanas de la ofensiva del narcotráfico. Es posible que el raciocinio de la guerrilla sea el de que el cartel de Medellín alcanzó sus objetivos en medio de la guerra cuando convirtió a los periodistas en objetivo militar. Pero lo que no deben olvidar es que, visto retrospectivamente, nada fue más costoso para los carteles que haberle declarado la guerra a los medios de comunicación. Tanto que algunos creen que ese fue para ellos el principio del fin de su hegemonía.
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