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| 2/18/2017 12:00:00 PM

En Medellín abren bar en honor al Chapecoense

Aunque la tragedia que sucedió el 28 de noviembre del año pasado parecía olvidada, un joven paisa decidió abrir un bar para rendir homenaje a los futbolistas que murieron en el accidente aéreo.

Me pregunto dónde estarán -el día del juicio final, cuando el Dios judío separa a las ovejas de las cabras- los hinchas del fútbol. No los hinchas promedio que van sosamente al Estadio como si estuvieran viendo en la televisión una película bien inverosímil y bostezan.

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Digo los hinchas que muerden el polvo, que lloran, que no tienen vida cuando el equipo pierde, que no tienen vida cuando el equipo gana. En Medellín —como en todas las ciudades— hay un puñado de esos, de los que viven de partido en partido.



Hace pocos días hablaba con Yanet Molina, la controladora aérea que por azar tuvo comunicación con el piloto Miguel Quiroga esa noche del 28 de noviembre del año pasado cuando volaba el avión de la empresa boliviana Lamia que se estrelló en La Unión, municipio del oriente antioqueño, a pocos kilómetros del aeropuerto, muriendo así 71 personas y casi todo el equipo brasileño Chapecoense.

Yanet había pasado un susto terrible cuando, al hacer un trámite en el cambio de sus servicios de internet, la visitó un técnico y él se dio cuenta de quién era la clienta. El hombre explotó en llanto, la culpó de la tragedia, le dijo que ella le había dañado la final de la Copa Suramericana y, de paso, la Navidad, la vida.

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Después de la tragedia, el mundo vio a los hinchas de Nacional —y a los del Medellín— rendirle homenaje a esos jugadores que la prensa llamó, un poco asistida por el lugar común, héroes. El mundo vio en el Estadio Atanasio Girardot, la noche del primero de diciembre, a miles llorar cuando el canciller brasilero José Serra dio un discurso en el que agradeció tanta solidaridad. La televisión pasó esas caras desencajadas de dolor, un dolor que era tan ajeno.

Pero el tiempo pasó y todo se fue quedando en el olvido, hasta que el pasado 4 de febrero apareció un bar con el nombre que, al parecer, se había hecho prohibido: Chapecoense. 

El bar está en el centro comercial El Diamante, ubicado muy cerca al Estadio. A los lados se venden tenis, camisetas deportivas, equipos de sonido, es el único bar y café en cuadras y cuadras. Afuera hay unas sillas dispuestas que, a las seis de la tarde de este viernes empiezan a llenarse. Un aviso luminoso tiene el escudo del equipo y las letras grandes en mayúsculas sostenidas que dicen Chapecoense. En el interior están las fotos de todos los jugadores del equipo en blanco y negro, a color sólo tres: el portero Jackson Follmann, el defensor Alan Ruschel, el zaguero Helio Neto, los únicos supervivientes. Al fondo se asoma la parte delantera del avión.

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Entre la carta del lugar hay cafés, jugos, perros calientes, nachos, papas y cocteles con nombres que hacen alusión a diferentes equipos: Barcelona, Manchester, Juventus, Bayern y la estrella de la casa, que en las mesas brilla por su tono verde luminoso, se llama el Chapecoense, todos lo quieren probar. A esta hora del viernes un hombre se lo toma, efusivo, con su pareja, mientras una mujer entrada en la vejez se toma una foto en el mural donde están las fotos de los difuntos, ¿serán hinchas? ¿Curiosos? Lo que sí, es que no piensan lo que algunos en las redes sociales —que parecen ser últimamente la conciencia retorcida, virulentamente biempensante, de la humanidad retorcida—: que el paisa se aprovecha de cualquier cosa, incluida una tragedia, para hacer un negocio. Y puede que sí, pero Juan David Pemberty dice que no.

Juan David Pemberty es un joven muy hincha que tiene tatuajes, aretes y motilado boricua, un paisa emprendedor, de esos que buscan negocio cómo sea. A principios de noviembre, con su esposa Verónica Peña —el cabello negro, la rapidez y carisma de quien sabe atender un negocio—, y después de juntar ahorros y recibir unos créditos, se hicieron con el punto y buscaron un nombre, le pondrían el bar Rojo y Verde, en honor a los dos equipos de la capital, en honor al buen fútbol, la inauguración sería en la final de la Suramericana, pero ya sabemos el resto del historia: el avión, la tragedia, los homenajes, la Copa como tributo a los jugadores muertos. Ya tenían toda la decoración, pero se echaron para atrás y decidieron hacer un homenaje.


Juan David no se esperaba tanta atención, tanto revuelo, ya tuvo unos visitantes que llegaron desde la ciudad de Chapecó, le dijeron que se sintieron muy felices, muy conmovidos, los paisas por su lado van, se toman su selfie, beben alegres, pagan se van.

El fútbol no es un partido, el fútbol no son los goles. El fútbol son los momentos históricos: Maradona y su gol con la mano —la iglesia de sus fieles argentinos—; Pelé y sus gambetas mortales; Messi y el desequilibrio de su juego como un perro —como escribió Hernán Casciari—; Chapecoense y la historia que nunca fue.

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