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| 10/16/2000 12:00:00 AM

En la mira

Cartagena enfrenta una grave crisis de corrupción. Análisis de Pedro Mogollón, director de ‘El Universal’.

Cartagena, sacudida por escándalos cuyos últimos capítulos son Telecartagena y la supuesta vinculación con el narcotráfico que le señalara una revista a un senador local, ocupa hoy la atención nacional.

Las descalificaciones a rajatabla que se han hecho de Cartagena, lejos de ayudar, desaniman a las muchas personas, que no sólo trabajan por una ciudad sin corrupción sino que toman riesgos haciéndolo. Así, habría primero que enterarse bien de los hechos locales para luego entrar a terciar.

Por otra parte, suponer que la corrupción de ciertas empresas del Estado es monopolio de Cartagena es un error craso. ¿Pero cómo y por qué llegó la ciudad a su estado actual? Para entender mejor la Cartagena de hoy hay que remitirse brevemente a su pasado.

Las costumbres políticas de la ciudad republicana eran iguales a las de las demás urbes del país cuando el poder estaba en manos de las familias tradicionales, las que eran una excluyente minoría.

Los años 60 vieron arribar a Cartagena familias políticas de las provincias, algunos de cuyos jefes habían sido lugartenientes de los senadores y representantes cartageneros. Entrados los años 80 ya los recién llegados, quienes venían de la provincia con una maquinaria política invencible allí, habían conquistado también los votos de la ciudad capital, desplazando a sus antiguos jefes.

Luego de que se realizara en 1988 la primera elección popular de alcaldes los nuevos jefes políticos, junto con sus líderes locales, se hicieron dueños absolutos del poder en Cartagena. La antigua clase alta hoy no es más que un recuerdo del pasado, con alguna influencia y vocería pero sin mayor poder político real.

Y si bien ésta no se vio envuelta en escándalos de corrupción mientras gobernó, también es cierto que hizo poco por las clases populares. La gran población negra y mulata de la ciudad continúa hoy en la miseria. Y la movilidad social ha sido casi nula.

¿Pero qué ha hecho y qué está haciendo Cartagena al respecto? En primer lugar, algunos sectores de la sociedad civil llevan varios años trabajando, con éxito creciente, si no contundente, en la erradicación de la corrupción.

Hay asociaciones cívicas que promueven la transparencia en la ciudad, incluida la propia Transparencia Internacional, y hay redes de veeduría que han hecho una importante y valerosa labor de constituirse en parte civil de muchos procesos, de manera tal que la Contraloría ha rescatado dineros públicos ya en bolsillos privados.

El propio Concejo Municipal, liderado entonces por una alianza de corte cívico, tomó de manera unánime la decisión en 1999 de solicitar a la Contraloría General de la República una audiencia pública, ante la cual los ciudadanos denunciaron de viva voz más de 80 supuestos hechos de corrupción. El contralor distrital de la época fue a dar a la cárcel.

Pero habría que decir que la mayoría de los instrumentos de la sociedad civil, tal vez por no existir aún en la comunidad la escolaridad y la cultura necesarias para obtener un respaldo más amplio, han sido más eficaces en elevar la conciencia ciudadana con respecto a la corrupción que en detenerla.

Por su parte la mayoría de los políticos denunciados, de los que sólo el contralor antes mencionado ha ido preso, considera que la audiencia pública de la Contraloría General de la República fue apenas un evento de “justicia espectáculo”.

Cartagena debe entonces comprometer formalmente a los candidatos a elección popular a un pacto público de transparencia, con reglas claras, al que la sociedad civil le haga luego la veeduría.

La ciudad no tiene muchas alternativas reales distintas a la anterior, ni tampoco cómo salir adelante si no trabajan los sectores público y privado mancomunadamente en pro de la comunidad y a plena luz pública. Lograrlo es ahora el máximo reto de Cartagena de Indias.
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