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| 11/28/2004 12:00:00 AM

En el nombre del padre

En 400 años los jesuitas han liderado la educación en el país y han intervenido en la política nacional . Hoy tienen menos poder, pero todavía le hablan al oído a algunos.

Pobre los jesuitas y su orden se han tejido leyendas que han hecho curso a lo largo del tiempo. El mito que ha tenido más eco es el de la Mónita secreta, un manuscrito publicado de forma sigilosa en 1612. Se dice que el documento, escrito por los jerarcas de la orden religiosa, contiene instrucciones orientadas a aumentar el poder económico y político de la Compañía de Jesús.

El paso del tiempo, las múltiples ediciones publicadas -y también censuradas- han hecho imposible determinar si más que de un mito se trata de una verdad, o es una difamación de los contradictores de la orden jesuita. Lo que sí es una verdad tangible es que desde su llegada a Colombia, hace 400 años, la Compañía de Jesús ha demostrado tener un fuerte poder político, económico y social.

Aunque desde 1567 los jesuitas realizaron visitas a Cartagena, en 1604 llegó la expedición que fundaría la Provincia Jesuística del Nuevo Reino y Quito. Ese mismo año se instalaron en la casa donde luego fundarían el Colegio Mayor de San Bartolomé en Bogotá.

Esta institución se convirtió en uno de sus centros de enlace con el mundo político. De este se graduaron personalidades como Antonio Nariño, Francisco de Paula Santander, Custodio García Rovira, José Félix Restrepo, Antonio Ricaurte y Miguel Antonio Caro, entre otros.

Aunque el poder político de los jesuitas tiene su génesis en la Colonia, durante el siglo XX continuó vigente a través de las relaciones con sus ex alumnos. Roberto Urdaneta, Laureano y Álvaro Gómez y Misael Pastrana también terminaron sus estudios en el San Bartolomé. En épocas más recientes su capacidad de influencia ha estado ligada a los ex alumnos de su otra institución insignia: la Universidad Javeriana. "Los jesuitas no hemos tenido el poder político que se cree, pero sí alumnos importantes cercanos a nuestra comunidad", dice el provincial Gabriel Ignacio Rodríguez. Ellos han sido, sobre todo, egresados de la facultad de derecho como Fernando Londoño, Ernesto Samper, Noemí Sanín y Luis Carlos Galán, para mencionar sólo algunos.



Ires y venires en la política

En el siglo XX, a medida que los partidos políticos fueron consolidándose en Colombia, algunos sectores de la comunidad jesuita empezaron a acercarse a los conservadores. Y esta cercanía se hizo más evidente en la época de la Violencia, entre 1945 y 1958, cuando la Iglesia se opuso con fuerza a proyectos liberales o de izquierda.

Pero el acercamiento jesuita a los conservadores radicales no fue tan claro como el de otras comunidades religiosas. Ellos, desde tiempo atrás, habían mostrado un compromiso con temas de carácter liberal como la defensa de los negros e indígenas y la educación de minorías. De alguna manera, su trayectoria de servicio público y su alta formación intelectual los hacía identificarse con otras líneas de pensamiento, lo que se reflejó, por ejemplo, en su actividad de promoción sindical en los 60.

En esta década, los jesuitas promovieron organizaciones como la Unión de Trabajadores de Colombia (UTC), inspirados en su colega español José María Campoamor, que en 1911 fundó en Bogotá el Círculo de Obreros y la Caja Social de Ahorros. Pero la UTC hacía parte de una visión de un 'sindicalismo controlado': a la vez que enarbolaba el discurso del desarrollo para frenar la pobreza, acudía a la defensa del corporativismo de orientación derechista. Como sostiene el historiador Mauricio Archila, "los sacerdotes parecían no caer en cuenta de la contradicción que implicaba impulsar el mejoramiento de las condiciones obreras por medio del sindicalismo, mientras defendían un modelo político que anulaba la organización laboral autónoma y extirpaba la huelga".

Una muestra de que los jesuitas no estaban absolutamente alineados con los partidos (como sí lo estaban, por ejemplo, los jerarcas de la Iglesia Católica) y tampoco tenían posiciones unificadas, se vio a finales de la década del 60. Impactados por la protesta social en el mundo y por 'mayo del 68', un grupo de jesuitas hicieron un ejercicio de contestación ante las autoridades de la Compañía de Jesús. Para ellos, la comunidad debía comprometerse con una paz basada en la organización obrera y campesina con proyectos de transformación social.

Del debate con las jerarquías surgieron organizaciones tan importantes como el Centro de Investigación y Educación Popular, Cinep. "Nos metíamos a barrios, promovíamos manifestaciones, nuestras prédicas empezaron a tener un alto contenido ideológico de izquierda", señala uno de los rebelados que posteriormente renunció a su condición de sacerdote.

La polarización entre los jesuitas llegó a ser tal, que en 1976 la Conferencia Episcopal Colombiana cuestionó al Cinep por representar "un embate contra la Fe Católica, una concepción del cristianismo que prescinde del magisterio y de la tradición de la Iglesia".

Desde finales de los 80 y en la década de los 90, las distancias entre los jesuitas tildados de izquierdistas y los defensores del establecimiento (en su mayoría vinculados a la Javeriana) disminuyeron. Poco a poco se fueron construyendo consensos alrededor de la importancia de plantear cambios sociales paulatinos que mejoraran la situación de las mayorías. Las divisiones dejaron de tener tanto peso. Se había logrado algún acuerdo alrededor del reformismo.

En la actualidad, varios temas han reavivado el debate entre los jesuitas. En particular, desde que Álvaro Uribe asumió la presidencia se volvieron a hacer evidentes las diferentes concepciones de lo que deben ser las salidas al conflicto armado y a la construcción de una sociedad más equitativa. "La comunidad jesuita es moderna. Cada quien puede tener su propia visión de la política y el poder. Pero coincidimos en que la guerra desinstitucionaliza y eliminar al enemigo no es la forma de acabar con el conflicto", afirma el Provincial.

Los hijos pródigos

Los jesuitas nunca han sido los hijos preferidos de la Iglesia. Su 'liberalismo' frente a las concepciones morales y a las relaciones con la gente los ha mantenido alejados del poder del Vaticano.

Tal vez por eso nunca en la historia ha habido un papa jesuita. Esa jerarquía ha estado reservada para comunidades religiosas más ortodoxas en su pensamiento y en su actuar. En Colombia ocurre algo similar. El país no tenía un obispo jesuita desde hace 56 años, hasta que en 2004 fue nombrado monseñor Juan Vicente Cotes. Según el decir de algunos miembros de la misma comunidad, Cotes es más "suave y obediente", y por ello, más aceptable para la dirigencia católica.

En abril de 2003 el padre Alfonso Llano dejó su columna semanal en el diario El Tiempo por la intransigencia de la Iglesia. Monseñor Pedro Rubiano lo sancionó por un comentario que hizo sobre la dimensión humana de Jesucristo. "En otras ocasiones le he advertido que debe tener cuidado y discernimiento al escribir para no apartarse de la Doctrina de la Iglesia. Nuevamente le tengo que recordar que la fe católica se fundamenta sobre la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia", decía la carta. Hasta ahí llegó la columna editorial del padre Llano.

Y es que en general, las opiniones emitidas por algunos jesuitas en sus cátedras, en los medios de comunicación o en auditorios públicos enojan a las altas jerarquías de la Iglesia. Su pensamiento de avanzada, logrado por su formación científica y humanista, genera incomodidad en una institución de tradiciones conservadoras.



La educación jesuita

Los colegios y las universidades son un medio propicio para construir relaciones sociales y transferir de una generación a otra determinadas visiones del mundo. Y esta precisamente ha sido una de las fortalezas de la comunidad jesuita en Colombia.

"La contribución de la Compañía de Jesús a la cultura ha sido también a través de insospechados caminos", afirma el Provincial. Y cita algunos ejemplos. La formación de la Biblioteca Nacional a partir de la biblioteca que dejó la comunidad en el país cuando fue expulsada en 1767, su intervención en la creación de la Academia Colombiana de la Lengua, del Herbario Nacional, de los centros de investigación geofísica y la publicación de la Revista Javeriana, una de las primeras publicaciones culturales del siglo XX, entre otros.

Los jesuitas abrieron la educación a diferentes sectores sociales. Por eso, sus colegios se convirtieron en la base del sistema educativo instaurado después de la Independencia. También fueron unos de los pioneros en la educación superior. En 1622 abrió sus puertas la Universidad Javeriana, una de las instituciones de educación más prestigiosas en el país.

La facultad de derecho se fundó en 1706 y de allí salieron los alumnos con más renombre. Durante las expulsiones, la vida académica continuó en el San Bartolomé. Y apenas en 1930, tres años después de expedida la ley que autorizó el funcionamiento de universidades no oficiales, se elaboró el acta de reestablecimiento de la Javeriana determinando que "será integralmente católica y neutral en cuestiones políticas. Ni a los profesores ni a los alumnos se les permitirá ninguna actividad política en el recinto de la Universidad ni a nombre de ella".

El que fuera una universidad católica no implicó que su espíritu no fuera plural. Las posibilidades de estudio para la mujer se remontan a 1940 y hoy en día hay libertad de culto y se estimula la participación política y social. "La Javeriana es moderna. Hoy, muchos de sus decanos son laicos y queremos que los estudiantes asuman posiciones frente a la política", afirma Carlos Julio Cuartas, decano en la facultad de artes y experto en historia jesuita.

Cerca de 11 colegios tradicionales del país, dirigidos a las clases medias, también son liderados desde hace más de 50 años por jesuitas. En ellos, como en la Javeriana, "hemos insistido en un liderazgo sociopolítico de nuestros alumnos", señala el padre Alberto Múnera, rector del San Bartolomé.



Con las botas puestas

"Los jesuitas no conciben el trabajo social desde una perspectiva asistencialista", señala el provincial Rodríguez. Para ello, según él, desde la época de la Colonia e inspirados en el trabajo de San Pedro Claver, concentran esfuerzos para la participación de las minorías.

En la actualidad, la Comunidad de Jesús cuenta con más de 10 organizaciones y programas que hacen trabajo comunitario en 18 departamentos del país (ver recuadro). Entre ellas se destacan el Cinep, el servicio popular de vivienda (Servivienda) y el Programa por la Paz.

Este último se puso a andar con los dineros resultantes de la venta al Banco de la República, en 1985, de una de las joyas más preciadas de los jesuitas: la custodia La Lechuga. Hecha de oro, esmeraldas y piedras preciosas, se vendió tan bien como para financiar las actividades del programa desde 1987. Dirigida por el anterior provincial, Horacio Arango, esta iniciativa ha apoyado más de 150 organizaciones de base en la difusión de los derechos humanos y de técnicas negociadas de resolución del conflicto en las zonas más violentas del país.

El Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio (Pdpmm) es otro de los pilares sociales de los jesuitas. El Pdpmm promueve los derechos humanos, la participación de la mujer e iniciativas de comunicación en 29 municipios de esta región. Los logros han hecho que el programa y su director, el padre Francisco de Roux, hayan sido merecedores de reconocimientos como 'El colombiano ejemplar' y el Premio Nacional de Paz.

Algunos de los programas sociales de la Compañía de Jesús también se canalizaron a través de la Fundación Social, organización que surgió del Círculo de Obreros en los 70. La caja de ahorros de los obreros tomó el nombre de Caja Social y más adelante se creó la Corporación de Ahorro y Vivienda Colmena. De esta manera empezó a consolidarse un portafolio de más de 10 empresas que incluyó ARS, constructora y bancos. Y los estatutos de la fundación determinaron que las ganancias de estas empresas debían invertirse en programas sociales.

Entre 1991 y 2001 la Compañía de Jesús se retiró de la Fundación Social, decisión que algunos jesuitas consideran un acierto y otros, un error. Como institución religiosa no vieron conveniente tener injerencia en actividades financieras. En consecuencia, con el cambio de filosofía decidieron delegar muchas de sus tareas administrativas a los laicos. Para algunos estudiosos de la historia jesuita, la decisión se debió a que los 370 miembros de la comunidad que hay en el país apenas dan abasto para las tareas sociales, educativas y religiosas.



El poder en las arcas

La riqueza jesuita deja de ser un rumor cuando se escarba en la historia. Los relatos aseguran que en la Colonia, la Compañía de Jesús recibió de gobernantes y particulares que querían expiar sus pecados más propiedades que todas las demás órdenes juntas.

De esta manera iniciaron su carrera de hacendados, crearon sus misiones y pusieron a producir sus tierras a lo largo y ancho de la Nueva Granda. Los territorios más vastos estaban en los Llanos Orientales y el Casanare. Allí surgieron Carichavea, Cravo, Tocaría y Caribabare, una de las haciendas más grandes de América Latina.

En ese entonces ya se les reconocía su habilidad para administrar y poner a producir sus bienes. Pero también se les acusó de tener el monopolio de la carne. Una situación factible si se tienen en cuenta las 300.000 cabezas de ganado que poseían.

En el momento de la expulsión en 1767, "la Compañía de Jesús tenía en el Nuevo Reino de Granada, la Gobernación de Popayán y 170 haciendas", según el historiador Germán Colmenares. Además de algunos cultivos de caña, plátano y cacao e inmuebles urbanos como los colegios, templos y bibliotecas.

A su regreso al país recuperaron algunos templos y haciendas. Una de ellas, El Salitre, hizo historia por su extensión. Ellos mismos reconocen los bienes que han adquirido en el país. "Pero ninguno de ellos pertenece a ningún sacerdote sino a la comunidad, y son para mantener y educar a la comunidad misma", dice el padre Gabriel Izquierdo. De todos modos, algunos han criticado lo lejos que puede estar esta racionalidad capitalista de los votos de pobreza.



La voz de Dios

Los medios de comunicación han desempeñado un papel fundamental en el trabajo de los jesuitas. El tercer poder, como se le conoce a la prensa, ha sido una de sus herramientas para sentar posición.

Los jesuitas trajeron la primera imprenta que llegó al país en 1738. Desde entonces realizaron publicaciones que inicialmente se limitaron a circular entre los miembros de la orden, y más adelante se abrieron camino hacia los demás.

A mediados de los 60 entraron a la televisión con Cenpro TV, una programadora dedicada a programas educativos y argumentales. Finalmente los costos pudieron más que las ganas y años después debieron entregarla a la Fundación Social.

En radio tienen emisoras en Pasto, en Tierra Alta y en Bogotá, una de ellas Javeriana Stereo, cadena de alcance nacional. En la prensa hicieron presencia durante varios años con la revista 100 días vistos por Cinep, que circulaba con El Espectador. En 1996 fueron unos de los oferentes para comprar la revista Cambio, pero finalmente no se concretó el negocio con la Compañía de Jesús.

Sin duda, la Mónita secreta marcó un mito frente al poderío jesuita. Hoy tienen menos ganado, menos haciendas y menos capacidad de influencia sobre los políticos. Pero su fuerza se materializa en otras cosas. La gestión social, el liderazgo educativo y la capacidad de hacerse oír frente a los temas de la guerra y de la paz siguen haciendo de la Compañía de Jesús una comunidad poderosa. Por eso, de vez en cuando, seguramente le hablarán al oído a uno que otro empresario o político, acudiendo a la autoridad que les han dado los 400 años que cumplen de hacer historia en Colombia.
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