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| 2/15/2014 9:00:00 PM

"La Iglesia debería aceptar el homosexualismo y terminar el celibato"

Gustavo Álvarez Gardeazábal habla de su nueva novela ‘La misa ha terminado’, sobre un romance entre dos curas.

MARÍA JIMENA DUZÁN: Usted insiste en que su novela ‘La misa ha terminado’ es una historia de amor entre dos curas homosexuales, pero en realidad es una dura crítica a esa doble moral con que la Iglesia ha tratado a los homosexuales.

GUSTAVO ÁLVAREZ GARDEAZÁBAL:
Yo creo más bien que es una radiografía de lo que pasa dentro de la Iglesia católica, de lo que todos sabíamos pero nadie se había atrevido a contar.

M. J. D.: ¿Cuál ha sido el papel de la Iglesia en el largo conflicto que ha vivido Colombia?

G. A. G.:
Ha sido un papel doloroso que no fuimos capaces de afrontar ni de contar a tiempo. En 200 años de guerras civiles la Iglesia siempre tomó partido. Recuerde el caso patético de monseñor Miguel Ángel Builes, obispo de Santa Rosa de Osos. Sus pastorales son un ejemplo de hasta dónde se puede llegar ejerciendo el poder espiritual sobre la vida y la muerte de los seres humanos. Primero se peleó con la madre Laura y la persiguió cruelmente. Luego, defendió al Partido Conservador por encima de cualquier cosa. Y a los liberales que iban a la iglesia los flagelaba con su palabra.

M. J. D.: Y en los últimos 30 años, ¿cuáles son los prelados que han seguido los pasos de monseñor Builes?

G. A. G.:
Cuando el país cambió la moral del pecado por la del dinero, fue coincidente con el Concilio Vaticano II que hizo voltear a los curas para decir la misa. Les quitó la sotana, el latín, el púlpito. La iglesia cambió, los religiosos se acercaron más a las personas. Pero ya no tenían ese poder mayestático que tenía un Builes.

M. J. D.: Pero cardenales como López Trujillo, artífice del desmantelamiento de la teología de la liberación, llegaron a amasar mucho poder aquí y en el vaticano.

G.A.G.:
Sí, efectivamente López Trujillo fue ascendiendo en la Iglesia colombiana hasta que se metió en ese mundillo del Vaticano. Probablemente muchos lectores creerán que algunos de los cardenales que figuran en mi novela están basados en López Trujillo o Castrillón, pero no hay tal.

M. J. D.: En su novela, se dice que para llegar a ser obispo es más importante ser un buen amante que ser un buen cura. ¿Ningún obispo le ha revirado?

G. A. G.:
Lo que pasa es que la coincidencia los mató, pues la novela salió cuando el papa Francisco ya había echado a cerca de 400 curas aflautados... Si esta novela hubiera coincidido con el papa anterior, probablemente ya estaría excomulgado…

M. J. D.: ¿Le gusta este nuevo papa Francisco?

G. A. G.:
Eso no es de gustos o disgustos. Hay que esperar a ver cómo actúa.

M. J. D.: Si uno lee su novela, da la impresión de que usted cree que es homófobo.

G. A. G.:
Pues sí, esa es la impresión que yo tengo porque todos los curas que han trabajado con él en Argentina hablan como machos y tienen actitudes de machos. No son aflautados. Sin embargo, en mi novela las esperanzas están puestas en el nuevo papa. En ese cambio que podría venir con su llegada al Vaticano. En la novela el nuevo papa también es homófobo y combate desde el primer momento a los curas aflautados. Él representa esa otra visión que hay en la Iglesia: la que cree que el lobby gay ha corrompido los púlpitos y ha llevado a esa institución a los excesos que hoy soporta. En mi novela el vencedor final es él. Yo creo que lo que debería hacer la Iglesia es aceptar el homosexualismo y terminar el celibato. Sin duda alguna, dejaría de andar en el pantano en donde está metida.

M. J. D.: Usted habla del ‘lobby’ gay. Con todo el respeto que me merecen los gays, la verdad es que en ciertos sectores de poder, como la Iglesia y la política, el ‘lobby’ gay se ha convertido en un arma muy poderosa, que funciona como una logia en la que todos se protegen…

G. A. G.:
Las persecuciones y el machismo contra los homosexuales han terminado por crear unas asociaciones de defensa –el lobby gay o el mundo gay–. No obstante, fue una paradoja que al papa Francisco lo anunciara tal vez el cardenal más amanerado que es Tauran. Cuando salió, se le movían desde las pestañas hasta la cabeza.

M. J. D.: En un país tan godo como Colombia, ¿es fácil asumir la homosexualidad con la franqueza con que usted lo hace?

G. A. G.:
Tal vez yo puedo ser una excepción porque nunca estuve en el clóset pero he manejado siempre una exigencia: Respéteme y yo respeto a los demás. No participo en desfiles gays, no hago parte de organizaciones LGTBI, me parece que con esos escándalos del orgullo gay no hacen sino estigmatizarse a sí mismas y aislarse... ¡El mundo es para compartirlo!

M. J. D.: ¿Y no cree que esas organizaciones han servido para crear consciencia sobre los derechos de las parejas homosexuales?

G. A. G.:
No lo creo. Por eso mismo nunca fui ni cura, ni monja, ni militar. Por no uniformarme. Pero le confieso que ser gay en mi juventud era casi imposible. Hoy en día, cuando los que convocábamos con las campanas somos ya unos dinosaurios y apenas quedan los que manejan el Twitter de 140 caracteres, es muy fácil porque se pueden hacer los petitorios por internet y no pasa nada. Si a un viejo como yo me los hacen…. ¡Es que aquí la gente es muy morbosa!

M. J. D.: Y, sin embargo, es la primera vez que se mete de verdad a trabajar literariamente el tema del homosexualismo.

G. A. G.:
Sí, eso es cierto. Antes había concebido el primer personaje gay en una telenovela nacional: a Eurípides, el peluquero del pueblo en El Divino. En este caso es un doble juego, pues es meter a la Iglesia en una novela que la literatura le debía. No había una novela de la Iglesia. Y al mismo tiempo, se trata de tocar el tema más álgido de este momento, como lo es el homosexualismo en la Iglesia.

M. J. D.: ¿Qué es mejor la familia Piraquive o los obispos?

G. A. G.:
Yo creo que ninguno de los dos le conviene a un país que quiere salir adelante. Aquí hay que purgarse para poder salir adelante.

M. J. D.: Sus novelas siempre han tenido como epicentro la situación política del norte de Valle. ¿Por qué esta vez evadió ese contexto? ¿No será que con los años se ha vuelto políticamente correcto?

G. A. G.:
Si todas mis novelas habían manejado el marco regional de la violencia, en esta había que mermarlo. Aparece como un marco lejano en el cual podrían haberse movido. Por eso las referencias son apenas de bibliografía.

M. J. D.: ¿Cómo describiría la situación que se vive en Tuluá y sus alrededores?

G. A. G.:
Pues pasa lo que pasa en muchos lugares de Colombia. Me parece que el país ha permitido que la Policía entre en crisis, y los robos, los atracos, las extorsiones han generado una falta de fe de la ciudadanía en la Policía. Y esa falta de fe se está traduciendo en que cada vez hay más asonadas contra los policías. Hay unos que son unos verracos defendiéndolo a uno, pero hay otros que se sospecha que están en connivencia con las bandas criminales. Evidentemente desde la Violencia el país se ha modernizado, pero el método es el mismo: amedrentamiento y muerte.

M. J. D.: No lo veo muy santista…

G. A. G.:
Nunca he sido gobiernista. Si no, pregúntele a Uribe.

M. J. D.: ¿Qué opinión le merece la frase del senador Gerlein de que el sexo entre los homosexuales es excremental?

G. A. G.:
Yo respeto muchísimo las opiniones totalmente contrarias. Hay que tenerle pesar, un tipo que tiene que ponerse las medias. Para nadie es un secreto que yo mantengo una muy buena relación con el señor procurador. Nos sentamos horas enteras a exponer nuestras diferencias. No nos ponemos de acuerdo, pero las dejamos establecidas dentro de ese ámbito de la argumentación, cosa que se ha perdido pues Twitter volvió la vida unos titulares y mató la argumentación. Uno debe conversar con quien no está de acuerdo.

M. J. D.: ¿Tampoco le molesta la mamadera de gallo que le hacen en ‘La Luciérnaga’ por ser homosexual?

G. A. G.:
Es que para mí ser homosexual no es un defecto ni un insulto. Y como tal, ejerzo en plenitud. Como tengo humor negro, pues lo saco a relucir.

M. J. D.: Le confieso que cuando terminé su novela quedé con la impresión de que los de las parejas heterosexuales a la hora de tener sexo somos unos pendejos al lado de los curas…

G. A. G.:
Mi traductora al rumano me escribió una nota la semana pasada y mire lo que me dijo: “Vi tantas veces la forma de hacer el amor en la novela que uno termina convencido que la Iglesia es un burdel”.

M. J. D.: Usted dice en la novela que nunca ha hecho el amor con un cura. ¿Cómo hizo entonces para conocer tan a fondo lo que pasa debajo de las sotanas?

G. A. G.:
Tengo muchos curas amigos homosexuales que me ayudaron a ilustrarme. Y sí, en efecto, nunca he hecho el amor con un cura. Tuve que contratar a dos teólogos para que hicieran unas investigaciones, porque había cosas que tenía que tratar y necesitaba un poco más de comprensión. Además, nunca estuve en un seminario y fueron los curas amigos con quienes conversé los que me contaron cómo era la vida en un seminario.

M. J. D.: ¿Por qué duró tantos años para volver a escribir novela?

G. A. G.:
Porque creo que la novela es un género agonizante, así como la fotografía y el video mataron la poesía hace años. Por eso los capítulos son cortos, tratando de acomodarse a esa estructura en la que ha surgido la civilización del dedo pulgar.

M. J. D.: No creo que la poesía haya muerto.

G. A. G.:
Mire, a uno antes le describían cómo “el arroyo cristalino baja como un brioso corcel...”. Ahora simplemente lo filman. El hecho de que algunos dinosaurios como yo sigamos recitando es otra cosa. Por eso esta novela la escribí rompiendo el molde, porque yo me meto como narrador y me critico la novela.

M. J. D.: ¿Qué opina de quienes dicen que usted es un gran escritor pero una mala persona?

G. A. G.:
Que es muy probable que eso sea cierto. No hay que negar lo que uno es. 
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