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| 4/19/2014 5:00:00 AM

"En Colombia la cultura es muy conservadora"

Marianne Ponsford, directora saliente de la revista ‘Arcadia’, habla de su labor al frente de esa publicación y de su visión del panorama de la intelectualidad nacional.

MARÍA JIMENA DUZÁN: ¿Por qué se va de la dirección de la revista Arcadia, que usted engendró con tanta tenacidad?

MARIANNNE PONSFORD:
Me voy por motivos estrictamente personales, que no vienen al caso explicar.

M. J. D.: ¿Cuál es el estado de la cultura en este país?

M. P.:
Yo diría que este país nunca palpita a la vez, precisamente porque es un país fragmentado, desigual, fracturado. Por eso cualquier balance que uno haga sobre el mundo intelectual, siempre va a tener un contra relato. En el caso de la cultura, yo diría que Colombia tiene unos intelectuales extraordinarios, que forman parte de un pequeñísimo mundo extremadamente culto que curiosamente es de derecha. Y que si por un lado se ve un gran acceso a la cultura en ciudades como Bogotá y Medellín, hay lugares donde el acceso a la cultura y a la educación es nulo. Por ejemplo, las ciudades del eje cafetero son ciudades atravesadas por la vena comercial, donde la cultura importa muy poco. Colombia es todo eso.

La academia está muy aislada de los medios de comunicación. Yo, personalmente hice un esfuerzo por acercar a ciertos intelectuales a la revista, pero fue un esfuerzo absolutamente fallido con muy pocas excepciones.  A los académicos les parece insólito escribir artículos con solo dos semanas de anticipación. Pero además, con muy contadas excepciones, diría que la mayoría escribe muy pesado, no comunica bien, ni sabe cómo funcionan los medios.   

M. J. D.: ¿Y quiénes son los que conforman esas élites cultas que son de derecha, según usted?   

M. P.:
Digamos que los mismos directivos de la revista El Malpensante se autocalifican orgullosamente de “goditos inteligentes”.  O sea que la misoginia de la que ellos hacen tanta gala, sería una guinda en el pastel.

M. J. D.: ¿Está hablando de Andrés Hoyos, el director de El Malpensante?

M. P.:
No, de él no. De Mario Jursich. Andrés es el que aparenta ser el malo y Mario el bueno. Pero en el fondo es al revés. Obviamente hay también experiencias en las orillas contrarias. Universo Centro, un proyecto cultural que está haciendo Pascual Gaviria en Medellín, tiene un espíritu realmente independiente; Arteria es un periódico especializado en arte, de distribución gratuita y que todo el medio del arte en Colombia sigue.  La cultura en Colombia refleja esa dicotomía: arriba, unas elites supremamente conservadoras y, abajo, las personas que empujan con talento, con audacia y con un enorme deseo de cambio. Y tras cada derrota, siempre va quedando una estela de obra.

M. J. D.: ¿Es fácil en un país tan poco tolerante ejercer la crítica de arte, la crítica literaria?

M. P.:
Ejercer la crítica literaria no es fácil en ninguna parte.  En la literatura, cada vez que los escritores escriben una novela se juegan su vanidad, su ego y su lugar en el mundo. Y en cualquier parte del mundo es muy doloroso para un escritor leer una crítica que dice que su novela es mala, luego de haberle invertido tres o cuatro años de soledad y trabajo intenso. Pero pese a lo doloroso, la crítica literaria hay que hacerla.

M. J. D.: Si tuviera que aconsejarle a un extranjero un libro para que este entendiera la Colombia del Siglo XX, ¿cuál le aconsejaría?

M. P.:
Los ejércitos de Evelio Rosero. Y su otra novela: Los almuerzos.  Del Siglo XIX podría escoger las crónicas del papá de José Asunción Silva, quien era un gran cronista de la vida cotidiana de Bogotá. Si uno lee ese libro se da cuenta de que en un siglo las cosas casi no han cambiado en la sociedad bogotana.

M. J. D.: O sea que no es cierto lo que dicen por ahí en el sentido de que el cachaco es una especie en extinción…

M. P.:
Para nada… Yo diría que se han camuflado y perdido el acento. Pero para responderle su pregunta sobre qué libro le aconsejaría a un extranjero para que entendiera a la Colombia del Siglo XX, yo pienso que el arte tiene que decir más que la literatura. Sin ir más lejos, yo pensaría en Doris Salcedo. También pensaría en obras como la de José Alejandro Restrepo, Variaciones sobre el purgatorio, que está en el museo de la Universidad Nacional. Uno entra a ese espacio y empieza a retumbar con eco la voz de Álvaro Uribe pidiéndole perdón al pueblo colombiano, mezclada con la voz de Salvatore Mancuso pidiendo perdón, mezclada con la voz de monseñor Builes pidiendo perdón y en el fondo hay una piscina inmensa que se abre y en la que usted quiere sumergirse para lavar las culpas de esa pantomima absurda en que se ha convertido la política colombiana.

M. J. D.: ¿Y a qué se debe que en Colombia cuando se habla de un artista se pronuncia el nombre de Fernando Botero y no el de Doris Salcedo?

M. P.:
Doris Salcedo es la artista latinoamericana más importante de este momento. Y a pesar de que durante mucho tiempo era relativamente desconocida, a partir de su exposición en la Tate Modern y de que El Tiempo sacara en una página entera La grieta y de que los editores de los medios empezaran a entender que Fernando Botero no era el único pintor que había en Colombia, Doris Salcedo ha empezado a tener el reconocimiento que se merece. Sorprende, eso sí, que hace ya 16 años que no ha habido exposiciones de Doris Salcedo. Y digo 16 porque hay una exposición muy parcial de la obra Doris Salcedo en la galería Flora.

M. J. D.: El país sí está en mora de hacer una gran exposición de la obra de Doris Salcedo, ¿no le parece?

M. P.:
Uno sí quisiera que hubiera un mejor entendimiento entre la artista y las galerías e instituciones culturales para que pueda haber una exposición de su obra en la Nacional o en la Biblioteca Luis Ángel Arango. Lo que sí es evidente es que las élites de este país puede que se compren un libro de Tomás González, o de Fernando Vallejo, pero no suelen ir a museos, ni conocen las obras de Restrepo o de Clemencia Echeverri.  

M. J. D.: Y en el cine ¿cuál es su balance?

M. P.:
Yo diría que, a pesar de algunos sobresalientes esfuerzos, al cine colombiano sí le falta mucho para llegar a estar al nivel del gran cine latinoamericano.  Hay películas como La Sirga o Retratos en un mar de mentiras o La playa, que sacan la cara, pero son excepciones.

M. J. D.: ¿Los intelectuales en Colombia son independientes o han terminado por ser funcionales al sistema, como diría Gramsci?

M. P.:
En general en Colombia -y metería ahí al periodismo- hay demasiada reverencia con el poder. Es un país donde la verdad oficial tiene una gran onmipresencia; donde la voz marginal, tanto en lo político como en lo cultural, es muy poco oída por el centro. Por ello, la mayor parte de los intelectuales que tienen espacios para hablar, si son de alguna manera intelectuales, pertenecientes al régimen. Es decir, José Obdulio Gaviria no es el único intelectual del régimen.

M. J. D.: ¿Y qué opina de todas estas series de televisión que nos están contando los hechos violentos que azotaron la Colombia de hace 30 años?

M. P.:
La televisión en Colombia no es un arte, porque siempre busca el rating. Eso no sucede en otros países. Por ejemplo, hay series norteamericanas que han mostrado que sí se puede contar una historia en la televisión de forma extraordinaria como sucede con House of Cards. La televisión está condicionada al nivel de educación de un país y a peor educación, peor televisión. Y la triste conclusión a la que uno llega, es que este país tiene una muy mala calidad en la educación. Lo interesante es que finalmente este tema puede llegar a convertirse en promesa de campaña.

M. J. D.: ¿Y la cultura cuándo va a ser tema de alguna campaña?

M. P.:
Todavía falta. Me consta que siempre la última en hablar en los consejos de ministros es precisamente la ministra de Cultura. Colombia es un país que tiene una estructura feudal. Arriba hay un espacio donde se mueven las élites, que es bastante placentero porque tienen el poder político, el del periodismo y es un espacio del que es terrible sentirse excluido. Dentro de ese espacio hay una concepción de la cultura muy conservadora, decimonónica, que tiene sus íconos para cada disciplina. En pintura era Fernando Botero, ahora quizá se empieza a pensar en Doris Salcedo, pero puede resultar de pronto demasiado subversiva para ese mundo. En canto, Martha Senn y ahora que ella dejó de cantar es Valeriano Lanchas. El gran hombre de la música clásica fue, hasta hace poco, el maestro Puyana y en este momento podría ser Andrés Orozco. Sin embargo, el mundo cultural del país no es ese, ni está ahí. Está en otra parte y lo peor es que no se ve reflejado en los medios.

M. J. D.: ¿Y en dónde sí está?

M. P.:
Está en el mundo de las pequeñas editoriales que se llaman independientes, en el mundo del cómic, de los colectivos de artistas, de teatro. Si usted viera los grupos de hip-hop que hay en Medellín o los raperos que hay en Urabá se impresionaría. Colombia tiene un talento abrumador que se está moviendo por otros circuitos que son ignorados por el sistema imperante. Por eso, soy tremendamente optimista sobre el futuro de este país.

M. J. D.: En esa manera como usted descifra a Colombia ¿ha tenido que ver el hecho de que usted es inglesa, venezolana y pereirana?

M. P.:
Cuando uno ha pasado la infancia como la he pasado yo, de país en país, hay un principio de soledad con el que yo siempre me encuentro muy cómoda. La infancia la pasé en colegios donde siempre se burlaban de mí por el acento y eso genera cierto desapego que sí permite ver las cosas de otra manera y una libertad para mirar y para hablar, sin medir las consecuencias. Yo creo que eso es bueno en el periodismo. Sin embargo, sin yo saberlo, al parecer a mí se me va la mano.

M. J. D.: ¿Por qué lo dice?

M. P.:
Pues porque todo el mundo dice que soy muy polémica y yo creo que lo que yo afirmo ni es tan escandaloso ni da para tanta vaina. Lo que sí me ha impresionado es saber que el tema de Reichel Dolmatoff y su relación con el nazismo, que fue denunciado por Arcadia, es hoy tema vedado en la Facultad de Antropología de la Universidad de los Andes. Cuénteme usted si un tema como ese no ha debido ser un tema de debate si hablamos del fundador de la Antropología en Colombia.

M. J. D.: Se va dejando una revista con vida propia. ¿Qué es lo que más va a echar de menos?

M. P.:
Me voy feliz porque logramos muchas cosas. La que más recuerdo fue cuando me dijeron que cómo iba a sacar una portada con un señor turco que nadie conocía y resulta que diez días después se ganó el Premio Nobel. Con Arcadia logramos mostrar que las artes importan y que se puede hacer periodismo.
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