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| 2/8/2014 4:00:00 AM

"El parque del Chiribiquete es la capilla Sixtina del Amazonas"

Wade Davis, autor  de ‘El río’, habla de los riesgos de la minería para el patrimonio natural del país.

MARÍA JIMENA DUZÁN: ¿Cuáles son las grandes amenazas que enfrenta esa Amazonia de la que usted se enamoró?

WADE DAVIS:
Siempre he dicho que una de las cosas buenas que trajo la miseria que ha dejado este largo conflicto vivido por Colombia en estos últimos 30 años es el hecho de que el Estado no ha podido tener una presencia fuerte en el Amazonas. Eso impidió que durante todo ese tiempo entrara la inversión extranjera y que la zona hubiera quedado sometido a una suerte de aislamiento. Por eso hoy, cuando el país se apresta a decidir el futuro del Amazonas,  los colombianos deberían estar conscientes de todo lo que se perdería si se hace una mala elección. Lo primero que deberían saber es que estamos hablando,  sin exagerar, de uno de los bosques tropicales más extensos e importantes del mundo, con excepción de algunos en Congo. No solo su extensión es lo que lo hace único, sino su riqueza en biodiversidad. El Amazonas no es un lugar homogéneo –la tercera parte de esos bosques son sabanas y solo hemos empezado a conocer hasta hace muy poco sus secretos. –Pero tal vez el hallazgo más valioso tiene que ver con el conocimiento que hoy tenemos de las culturas indígenas que lo habitan,  el cual es infinitamente superior al que teníamos hace diez años. Mire lo que le pasó al Amazonas ecuatoriano, por ejemplo. Cuando en los setenta la Texaco descubrió petróleo, lo primero que se produjo fue una fiebre por este. Yo estuve en Lago Agrio en 1974 y no era ni siquiera un pueblo. Ahora es un pueblo de 400.000 personas. Eso condujo prácticamente a la destrucción de sus bosques. En gran parte, eso se produjo porque la voz de los indígenas no se escuchó. Recuerdo que fui a hablar con el jefe de la Texaco con el propósito de entrevistarlo para un reportaje que estaba haciendo sobre la contaminación de los ríos y, cuando le pregunté sobre el impacto que estaban padeciendo los indígenas, me dijo: en Ecuador no hay indios.

M. J. D.: Eso no pasaba solo en Ecuador. Aquí en Colombia hasta hace muy poco la manera de insultar en el altiplano era decirle a alguien indio.

W. D.:
Sí, en Colombia las cosas no eran muy diferentes. Recuerdo que una mamá de una amiga mía colombiana no entendía que yo me fuera a la Sierra Nevada a visitar a los mamos.  Me decía: “No entiendo por qué se mete con esa gente tan sucia”. Había una sensación de que hablar con los indígenas y tomarlos en cuenta era como rebajarse. Esa percepción afortunadamente ha cambiado. Fíjese como prácticamente los últimos presidentes han ido a la Sierra Nevada a ofrecerle un homenaje a los koguis.

M. J. D.: ¿Pero eso sí será un símbolo de que nuestros gobernantes están empezando a tener en cuenta a la cultura indígena?

W. D.:
Usted me dirá que eso puede ser un acto de pragmatismo político. Pero lo que hacen los políticos mal que bien es reflejar el sentimiento de una sociedad. Y si esa sociedad creyera que los arhuacos siguen siendo gente sucia, créame que no habría ido ningún presidente a donde los koguis. De cierta manera, los indígenas son vistos hoy como un símbolo de una continuidad cultural y como un sinónimo de sabiduría. Y eso no solo ha pasado en Colombia, sino en el resto del mundo. Hace 40 años nadie hablaba de la biodiversidad porque esos términos no se habían inventado todavía. Ahora esa palabra tan importante es parte de nuestro vocabulario.

M. J .D.: ¿Y qué sabemos hoy del Amazonas que no supiéramos en los setenta?

W. D.:
Gracias a entidades como la Fundación Gaia, que maneja Martin von Hildebrand, y a ese aislamiento en que quedó el Amazonas por cuenta del conflicto interno en el país, hoy sabemos  mucho más de las culturas  indígenas que lo habitan. Fíjese lo curioso, en los setenta muchos antropólogos pensaron que las culturas indígenas en el Amazonas iban a desaparecer, pero se equivocaron porque las culturas  no desaparecen, cambian.  Hoy se está llegando a la conclusión de que las culturas indígenas que hay en el Amazonas, sobre todo las que están sobre el Apaporis, son el eco de una antigua civilización que muchos han venido buscando. Si uno ve la arquitectura de una maloca, y el significado que tiene cada detalle, uno puede llegar a la conclusión de que esa construcción ni siquiera la pudieron lograr  los incas. Martin von Hildebrand me ha contado cómo las comunidades indígenas en el Amazonas, a diferencia de las de los Andes, manejan sus conflictos a través de sus rituales en lugar de recurrir a la guerra y cómo son más vegetarianos que los indígenas de los Andes. Todo esto lo hemos empezado a saber en estos últimos seis o cuatro años.  ¿Y por qué traigo a colación todo esto? Pues porque ahora que el país empieza a decidir qué hacer con el Amazonas todos estos hallazgos deben tenerse en cuenta. No digo que no se tenga que desarrollar. Pero lo ideal es que ese desarrollo tenga en cuenta la importancia del Amazonas no solo en materia de biodiversidad sino en la preservación de unas culturas indígenas que hoy viven una especie de renacimiento. Hoy sabemos que a la llegada de los españoles había en la cuenca del río Amazonas cerca de 10 millones de personas y que  podría haber sido uno de los lugares más poblados del planeta. Hay  evidencia también de que lograron fertilizar las tierras para cultivarlas.

M. J. D.: ¿Y el desafío minero? ¿Cómo enfrentarlo? Se lo pregunto porque una compañía canadiense, Cosigo, está intentando extraer oro en el corazón del Amazonas…

W. D.:
Ese es un desafío que viven ahora todos los países. Si usted cree que la situación es grave en Colombia y que las compañías canadienses están llegando a este país a acabarlo, debería ver lo que está pasando en mi propio país. Tenemos 11.000 compañías mineras registradas. Algunas son pequeñas, pero otras son compañías multinacionales. Somos testigos de que la minería no es la quimera del desarrollo, porque en los pueblos mineros de British Columbia ni los sueldos mejoraron ni la calidad de vida. En Canadá el problema no es si debe haber o no minas, sino cuántas minas, en qué lugares y cuál es el costo medioambiental. No creo tampoco que con la minería uno esté sometido a escoger entre el atraso, que significa pobreza o vivir en el desarrollo. Eso no es cierto. Yo creo que hay otras variables que se deben valorar. Por ejemplo, si Colombia tiene una riqueza impresionante en biodiversidad, no significa que no va a permitir la extracción de oro o de cualquier otro metal, sino que se va a hacerlo sabiendo que la prioridad para el país es la preservación de su biodiversidad y capital natural.  El Amazonas colombiano es de lejos el más hermoso de todos. Sobre todo la parte norte donde tienen  los tepuyes. Hay unas unas playas de arenas blancas con unos ríos de aguas cristalinas. Uno puede tomar de esa agua sin ningún temor. ¿Sabe en cuántos países se puede hacer eso? Eso no se puede  en China, ni en India ni en Rusia. También tenemos que cambiar la idea de que el desarrollo debe llegar a todas partes y que no se puede dejar ni un rincón de la Tierra sin ser explotado. Sobre todo cuando se trata de una zona donde hay tesoros, como el parque del Chiribiquete, la capilla Sixtina del Amazonas ¿Cuánto vale esa riqueza a la hora de poner en la misma mesa el oro que posiblemente pueda haber en esas zonas? ¿No será que los colombianos terminan perdiendo más dejando entrar a las compañías mineras en esas regiones que lo que terminaría recibiendo el Estado por la extracción del oro? ¿Y cómo ponerle un valor al parque del Chiribiquete? ¿Acaso sabemos lo que eso puede significar en 300 años, cuando el desarrollo permita que los colombianos vayan en su carro a ver esa maravilla? El valor de un patrimonio como ese parque debería pesar lo mismo en la ecuación cuando se habla de desarrollo. Eso no significa que no se hagan minas en La Guajira, donde probablemente el costo en términos de patrimonio es mucho menor.

M. J. D.: ¿Y cómo conciliar el desarrollo con la preservación de las culturas y las riquezas naturales?

W. D.:
No es fácil, pero en mi país se hace protestando. Escuchando las voces de los pueblos  afectados, que generalmente están distantes de los centros urbanos. Un amigo indígena de Canadá me dijo un día su solución:  invitar a todos las compañías de petróleo con su familia a las zonas alejadas donde están las minas.  Tomar a los hijos de los altos ejecutivos y hacerles un trato sin que sus padres estuvieran presentes:  por cada árbol talado por la compañía de su padre, una rosa sería sembrada por la esposa del director de la compañía. Por cada gota que contamine un río, una gota iría a la piscina del colegio donde estos niños se bañan. Para nosotros, esas ideas pueden sonar absurdas pero así es como lo ven los indígenas.

M. J. D.: Usted, que es canadiense, ¿qué piensa de la tutela que presentó la empresa canadiense Cosigo Resources contra una comunidad indígena del Amazonas que se opone a la extracción del oro en una zona que para ellos no solo es sagrada sino el corazón del Amazonas?

W. D.:
No puedo responder esa pregunta porque no soy colombiano. Solo le puedo decir que en Canadá estamos divididos entre un país que tiene una inmensa conciencia por el cuidado del medioambiente y unos empresarios mineros que nos siguen diciendo que la mejor manera como podemos vivir es destruyendo nuestra herencia cultural y nuestros bosques. Pero, además, los canadienses que viajamos estamos experimentando el consenso de que la minería canadiense es la más vergonzosa del planeta. Y en el caso de Cosigo, si los canadienses supieran lo que esta compañía está haciendo, cómo está manipulando a los colonos para que ellos pongan una tutela en contra de las comunidades indígenas, que son una nación soberana, y cómo la compañía ni siquiera ha tenido la decencia de decir qué es lo que estaban haciendo, la gente en Canadá se espantaría. 
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