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| 1/12/2003 12:00:00 AM

En tierra ajena

Un colombiano confesó el primer homicidio de un periodista en Costa Rica. Al hacerlo envió a la cárcel a un sacerdote, un empresario y un ex presidente del DIM.

Si dejo 'La Patada' y sigo viviendo en este país, a mí en poco tiempo se me acaba la vida...". Así anunció su muerte, en una entrevista con un semanario costarricense, el periodista Parmenio Medina. Una semana después, el 7 de julio de 2001, Medina recibió tres balazos en la boca cuando regresaba a su casa después de grabar su programa radial La Patada, en el que había denunciado malos manejos en Radio María de Guadalupe, una emisora católica dirigida por el popular sacerdote Minor de Jesús Calvo. Durante dos años y medio, la investigación permaneció empantanada, a pesar de la presión de organizaciones de derechos humanos y de libertad de expresión. Hasta que el 11 de noviembre el testimonio de un colombiano detonó una investigación que envió a prisión al padre Calvo y al empresario textil Omar Chaves, sospechosos de la autoría intelectual del crimen. Contra ambos un juez costarricense dictó prisión preventiva. Desde entonces, el caso concentra la atención de los medios costarricenses. La Conferencia Episcopal de ese país tuvo que enviar un memorando al Papa en el que se explica la situación jurídica del sacerdote Calvo. Hombre de radio Colombiano de nacimiento (1939), Medina llegó a Costa Rica en 1968, después de probar suerte en la cadena Todelar, montar un taller de bicicletas y vender pomadas y medias de nailon por las calles de Bogotá. La voz grave de Parmenio y su programa La Patada se habían convertido en figuras en Costa Rica, después de 28 años de estar al aire. Su fórmula consistía en denunciar casos de corrupción y aderezarlos con humor. Sus dardos incomodaron siempre a políticos y figuras costarricenses, y ya estaba acostumbrado a recibir demandas judiciales. Pero las presiones de siempre se convirtieron en pesadilla a principios de 2001, cuando empezó a recibir amenazas de muerte y un grupo de encapuchados baleó su casa. ¿Qué intereses había tocado esta vez? El mismo periodista se encargó de dejar por escrito y ante la policía los nombres de quienes, según él, lo asesinarían. El carismático sacerdote Minor Calvo, comentarista de televisión y empresario de radio, estaba en la lista. Medina llevaba meses ventilando el nombre del cura en la radio, porque se le sorprendió con un joven en un parque oscuro de la capital y luego porque, a punta de la fe de los devotos, recaudaba millones de colones y las auditorías de la radio eran cada vez más confusas. Palabras negociadas El testigo estrella es John Gilberto Gutiérrez, que obtuvo la condición de refugiado en Costa Rica cuatro años antes de su declaración, el 11 de noviembre de 1999. En esa oportunidad declaró ante las autoridades migratorias que era perseguido por las Milicias Bolivarianas en Antioquia, porque su compañera fue testigo de un crimen cometido por la guerrilla. Atrapado por la policía costarricense en un secuestro e incriminado en el homicidio de Medina por otro testigo, Gutiérrez tuvo que confesar. Admitió que fue el intermediario en la contratación de los sicarios. A cambio, los fiscales le prometieron que no lo encausarían por el asesinato ni por ningún otro delito. Su testimonio señaló como primer eslabón al también colombiano Jorge Castillo Sánchez, ex presidente y accionista del Deportivo Independiente Medellín (DIM) que desde 1998 opera en Costa Rica la empresa Fútbol Marketing, dedicada a la compraventa de futbolistas y de transmisiones internacionales. En el clímax de su declaración, el testigo afirma que discutió con el padre Calvo los planes. "Me preguntó si todo estaba listo, le dije que todo iba por buen camino y le pregunté que por qué no iba a las reuniones y me dijo que no tenía que ensuciarse las manos, que para eso estaba pagando". Justo antes de la Semana Santa de 2001, el testigo tuvo su primera reunión "en serio" con los sicarios, en un Mc Donald's de Heredia (provincia que colinda con la capital costarricense). Así la recordó en su testimonio: "Al lugar llega Sandy con un señor Jorge Castillo. Me dijo que no me podía decir todo, que otras personas iban a pagar el dinero. Le digo que quiero conocer a la persona que va a pagar y que necesito plata para movilizarme". (...) "Cuando hablé con Sandy quedó claro que el trabajo era para matar a una persona (.) Castillo me dijo que era un periodista y por ello yo le digo que valía más, porque en Colombia pagaban hasta 100.000 dólares, me dice que no hay problema por el dinero". El siguiente encuentro fue para conocer al "hombre de la chequera". "A los 15 minutos llegó el señor Omar Chaves, me lo presentaron, al principio no me gustó la mirada, pues él no me veía a los ojos. Me dice que la persona que había que matar era un paisano mío y que se llamaba Parmenio. Omar me dijo que necesitaba que el trabajo se hiciera rápido y me dio 2.400 dólares". A partir de ahí Gutiérrez empezó a moverse. Para esos días un amigo suyo le recomendó dos ticos para hacer el trabajo. "Como el guatemalteco no venía y al ver la presión, acepté que fuéramos a una reunión con los ticos", recuerda. Allí conoció a Nicho, un hombre cojo de 39 años que meses después del homicidio de Parmenio Medina murió a tiros a manos de la policía, cuando intentaba robar un banco. "Le ofrecí cinco millones de colones diciéndole que tenía que callar a una persona, pero todavía no le dije a quién por aquello de que no salieran las cosas; entonces él aceptó y ahí sí le dije que era ese 'sapo' de Parmenio y me dijo que no hay problema". El testigo dijo haber recibido su paga tres días antes de la muerte de Parmenio. "Sandy y Jorge me llevaron siete millones de colones en efectivo. El viernes 6 de julio, en el Parque Central de San José, yo le entregué a Nicho 5,3 millones de colones y le dije hasta luego y suerte y que esperaba noticias al día siguiente". Como si fueran a ver un partido de fútbol, Gutiérrez dice que se reunió con Castillo y Sandy el día del homicidio para esperar las noticias. Pidieron encender el televisor de un restaurante "para esperar el bombazo". "A mí me habían dicho que lo iban a hacer en la mañana, pensamos que lo habían dejado mal herido y no más y Jorge me dio unos hijueputazos; él estaba molesto, se paró e hizo una llamada. Cuando dicen en la tele que Parmenio ya se murió, Jorge me dio la mano y se fue". El negocio quedó cerrado, pero el factor religioso no ha dejado de circundar la muerte de Medina. Dos años y medio después de su asesinato, los "parques josefinos" ya no albergan grupos que oran por su alma y por justicia. Ahora son escenario de cientos de seguidores del padre Minor, que no salen de su asombro de ver al cura en prisión jurando por María que es inocente.
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