Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2015/10/31 22:00

Peñalosa: el hombre del cambio

El triunfo de Enrique Peñalosa produjo una luna de miel inmediata. En las primeras horas después de su victoria, el alcalde electo actuó como si ya estuviera en el despacho.

Peñalosa logró representar el desespero ciudadano mejor que nadie y a punta de bicicleta convenció a los estratos altos de que sería la mejor opción para Bogotá. Foto: Guillermo Torres

Enrique Peñalosa sale a la calles de Bogotá con una regla en el bolsillo. Le fascina medir la altura de los andenes y el ancho de las vías mientras camina. Cuando le preguntan qué quiere hacer con la ciudad, no habla. La dibuja. Luego de cinco elecciones intentando volver esos dibujos realidad, consiguió su sueño.

No habían pasado 24 horas desde que más de 900.000 bogotanos lo eligieran y ya se respiraba un ambiente distinto. Saturó las pantallas y las páginas de los periódicos con sus reuniones y anuncios. Pero independientemente de ese manejo mediático, había algo real. Reflejaba un control total de la situación. Sabía exactamente para dónde iba en cada uno de los frentes que tendrá que manejar. Incluso se le fue un poco la mano porque daba la impresión de estar despachando desde la Alcaldía a más de dos meses de su posesión. El hecho es que inspiraba confianza y tranquilidad. Y eso era lo que necesitaba Bogotá.

Una ciudad enferma de pesimismo. La gente se cansó de los trancones, los robos en las esquinas y la falta de planeación. En menos de seis meses de campaña, Peñalosa logró representar ese desespero como nadie y a punta de su bicicleta y de ser el quinto mejor urbanista del mundo se ganó el apoyo de los estratos altos. Los de su círculo cercano cuentan que apenas supo que era alcalde no se la creía. Esperó hasta los últimos boletines para hablar y le agradeció a su papá por haberle enseñado el amor a lo público. Esa noche se acostó sin llamar a nadie fuera de su familia.

El lunes en la mañana ya estaba con su equipo de campaña. Habló para los medios, dijo que lo primero que hará es derogar el decreto que abolió los límites de altura para las construcciones. En la tarde fue a la Casa de Nariño a hablar con el presidente Juan Manuel Santos y el vicepresidente Germán Vargas y salió con un aporte del gobierno para el metro y otras obras públicas. Y de ahí salió a otra reunión con el gobernador electo de Cundinamarca, Jorge Rey, para concretar los planes de expansión de la ciudad. Las cámaras lo siguieron minuto a minuto como si ya fuera alcalde.

El ambiente era muy distinto a cuando Gustavo Petro llegó al Palacio de Liévano con un solitario 32 por ciento. En ese entonces ninguno de sus contendores, ni Gina Parody, ni Carlos Fernando Galán lo apoyaron una vez fue elegido. Con Peñalosa pasó lo contrario. Llegó casi con el mismo 33 por ciento, pero sus adversarios de campaña, Rafael Pardo y Francisco Santos, comparten en buena medida su visión de ciudad e intentaron representar el mismo cambio que al final solo Peñalosa logró vender. Su mandato electoral es, en consecuencia, más firme.

Lo anterior, sumado a la débil relación de Petro con el gobierno nacional, le da al nuevo alcalde un amplio espacio de acción y capacidad de gestión. Las dos administraciones –la de la Casa de Nariño y la del Palacio Liévano– convergen en el deseo de demostrar que se puede trabajar de una manera más productiva y que la distancia que mantuvo Petro era innecesaria. Luego de su reunión con Vargas Lleras, el gobierno nacional se comprometió a liderar con el nuevo alcalde una ‘cruzada para recuperar a Bogotá’. Eso significa que habrá plata de la Nación para el metro, para otras obras públicas y para los planes de vivienda. Peñalosa podrá mostrar más en menos tiempo.

Pero los retos que se vienen son mayúsculos. Hace 18 años, Peñalosa recibió una Bogotá ordenada, estable y con plata gracias a las administraciones de Jaime Castro y Antanas Mockus. En apenas tres años logró avances: sacó adelante TransMilenio, construyó más de 250 kilómetros de ciclorrutas, 1.500 obras públicas de la mano del IDU y salió por la puerta grande. La Bogotá de hoy dista mucho de la de esos años. TransMilenio colapsó, el Sistema Integrado de Transporte no funciona como debería, la inseguridad aumentó y la ciudadanía ya se olvidó del ‘Milagro Bogotano’ de los noventas. Si en 1998 Peñalosa encontró condiciones favorables para construir, en 2016 llegará con el mandato de reparar una situación crítica.

Son muchos los desafíos. El más grande será cumplir con un plan de gobierno tan ambicioso. Cumplir las expectativas. En su plan de choque para los primeros 100 días promete intervenir 750 puntos calientes del crimen con más presencia de Policía, recuperar 100 parques de la criminalidad, identificar a las diez bandas más peligrosas de robo de celulares de la mano de la Fiscalía y la Policía, mejorar la programación de las rutas de TransMilenio para disminuir en un 15 por ciento el tiempo de viaje, crear un centro de control y vigilancia y mejorar la movilidad en 50 intersecciones críticas. Eso sin contar que a largo plazo espera descontaminar el río Bogotá y construir un malecón en sus orillas, hacer el metro elevado, construir parques, ciclorrutas, metrocables y dejar una ciudadela en Mosquera donde vivirán, según sus cálculos, más de 1 millón de personas. Todo eso en cuatro años.

Otro enredo va ser el Plan de Ordenamiento Territorial (POT), después de que el que aprobó Petro, sin el aval del Concejo, quedó suspendido. En varias entrevistas Peñalosa ha criticado el decreto de altura. Para Peñalosa es absurdo, pues Bogotá tiene una densidad cuatro veces superior a la de Londres y eso no se arregla a punta de edificios altos. Lo que propone es expandir la ciudad hacia el norte.

Pero tanto el POT como los temas tributarios tendrán que pasar por el Concejo. Aunque una tercera parte fue elegida por partidos de su coalición –hay nueve concejales de Cambio Radical, tres conservadores y dos verdes–, no todos son peñalosistas. De entrada tiene seis opositores: cinco del Polo y el petrista Hollman Morris; tres que jugarán solos (dos del Mira y Juan Carlos Flórez). Entre los 22 que le quedan para armar coalición, cinco son uribistas con los que puede concertar y los demás llegarán a hacerle oposición.

A eso se suma una gran ironía: los estratos bajos creen que el norte lo eligió, pero en las clases altas va a pisar más callos. El discurso de Peñalosa es de cero privilegios. Ya dijo que mantendrá la decisión de no permitir las corridas de toros y quiere que la gente se baje del carro y use más el transporte público.

Quienes lo conocen de cerca reconocen que no entender la política es su mayor virtud y su más grande defecto. Antes que nada, Peñalosa es un técnico. Para él es más importante la eficiencia que la manzanilla. Pero eso puede salirle caro, porque es un hombre independiente que nunca ha tenido jefe político y busca gobernar desde su sueño de ciudad y el de nadie más.

Ese sueño de la ciudad feliz, donde la gente prefiere estar afuera y no en su casa o en un centro comercial, es el mismo de casi 1 millón de bogotanos. Pero como todo sueño, será difícil de alcanzar.

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