Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2001/09/10 00:00

Enrique Santos Castillo

Bien podria repetir el pensamiento de Cocteau, sobre la muerte de Radiguet, cuando decía: “Tuve la fortuna de decirle en vida lo que todos le reconocen después de muerto”.

Enrique Santos Castillo

Bien podria repetir el pensamiento de Cocteau, sobre la muerte de Radiguet, cuando decía: “Tuve la fortuna de decirle en vida lo que todos le reconocen después de muerto”. Se ha dicho que, por conveniencia, de los muertos no se pueden decir sino elogios; pero, evocando la estampa de Enrique Santos Castillo, me ocurre algo singular. Semanas antes de su fallecimiento, se me había insinuado por quienes querían celebrar sus 85 años que, en el acto de la cena, yo llevara la palabra. El destino dispuso que no coronáramos este propósito, pero me asombra de qué manera coincide lo que yo hubiera dicho en su presencia y en la de nuestros amigos comunes, con la inspiración que me viene a la memoria al escribir estas líneas.

Enrique alcanzó a escuchar y a leer en vida todo cuanto se puede decir frente a su tumba. Nada nuevo, nada inmerecido, nada gratuito se le agrega, porque el aprecio y el afecto que despertó desde su adolescencia, le permitió, a pesar de ser uno de los hombres más poderosos del país, no tener nunca un enemigo, ni haber envidiado a nadie, menos aún haberlo odiado. No obstante su carácter fuerte, jamás lastimó a sus subordinados, a sus iguales, o a sus superiores. Tenía una manera tan agradable de comunicarse con sus semejantes, que superaba cualquier desacuerdo con su interlocutor, para convertirlo en un consejo.

Como tuve ocasión de decirlo por la radio, Enrique murió en el mismo día en que una firma norteamericana le dio a conocer al mundo el éxito de un primer experimento de clonación humana. Es algo que yo asimilo a tener el negativo de una fotografía y poderla reproducir múltiples veces. Pienso que, si se nos preguntara por el colombiano a quien hipotéticamente quisiéramos clonar, no vacilaría en escoger a Enrique Santos Castillo. Con que pudiéramos tener mil colombianos idénticos a él, desprevenidos y joviales, este país sería otra cosa. Su capacidad de aglutinación era infinita. Era un líder nato. Esto lo convirtió en uno de los mejores periodistas de Colombia. Nunca escribió. Más que un gran escritor fue un gran editor, talento poco común en nuestro medio. Lo que pocos saben es que en su juventud su pasión clandestina fue la política. Recuerdo alguna ocasión en que algunos electores boyacenses vislumbraron en el joven Santos un nombre de bandera para encabezar la lista de diputados a la Asamblea de Boyacá. Halagado por la perspectiva, Enrique viajó a Tunja y, sin consultarle a nadie, aceptó la puerta que se le abría para iniciarse en la vida pública. No contaba con que, a su regreso, el tío Eduardo desaprobaría su participación en la justa electoral, pero como quiera que se había hecho tarde para modificar la lista a la Asamblea y serían muchos los perjudicados, se dejó pasar por alto su voto y Enrique cumplidamente asistió a las sesiones iniciales de la duma boyacense. Como de costumbre, uno de los primeros menesteres de la reunión fue seleccionar los nombres de los funcionarios que, bajo el imperio de la Constitución vigente, elegían los diputados. Fue el único curso de clientelismo en que incurrió ‘el loco Santos’, como lo conocíamos sus contemporáneos. Comprometió su voto con quienes habían contribuido a su elección por el nombre de algún ilustre patricio, aspirante a personero o contralor departamental. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando el propio doctor Eduardo Santos lo llamó a recomendarle un amigo y seguidor suyo, que aspiraba a la misma posición! Grave dilema: o traicionaba a su grupo político en agraz o desatendía las recomendaciones de su poderoso tío. No recuerdo bien cuál fue la solución, pero tengo muy claro que, desde entonces, renunció para siempre a intervenir en política, sin abstenerse jamás de salpicar su conversación con toda clase de opiniones sobre el momento político, muchas veces en busca de noticias que surgían de su polémico análisis de la coyuntura electoral del momento.

Por cierto, me contaba alguna vez que, cuando fui designado Canciller de la República por el presidente Carlos Lleras Restrepo, el doctor Eduardo Santos ordenó que semejante distinción en cabeza de una persona a quien él quería tan poco, como a mí, no tuviera divulgación alguna en El Tiempo. Vale decir, que su consigna era omitir mi nombre. Enrique, que no sólo era buen amigo sino el más riguroso profesional del periodismo, se tomó la libertad, como me lo relataba años más tarde, de poner en tela de juicio la orden de lo alto, con el argumento, válido, en mi opinión, de que una cosa es la noticia, que no se puede ocultar sin menoscabo de la credibilidad del periódico, y otra el comentario, que puede ser vetado o “colgado”, a voluntad del director, cuando el diario tiene una determinada orientación política. Grande proeza fue, de parte de Enrique, llegar a una transacción por medio de la cual se ignoraba mi nombramiento en el día mismo que tuvo ocurrencia, pero se permitía al día siguiente y en páginas interiores registrar mi ascenso en el escalafón político del partido.

No siempre fue así. En la época del MRL, El Tiempo era un botafuego contra mí, personalmente, y no había escrito ni dibujo autorizado que se permitiera reconocerle al Movimiento Revolucionario Liberal el menor mérito. Y, Enrique no era totalmente ajeno a semejante animadversión ideológica, que nunca afectó nuestras relaciones personales. Conservo en mi memoria la antología de críticas absurdas de la redacción de El Tiempo, en sus Notas del Día, contra nuestra insurgencia juvenil. ¿Me creerán mis lectores actuales que, cuando comenzamos a aparecer en las giras políticas en camisa de sport roja, El Tiempo, calificaba como un irrespeto con las multitudes liberales no vestir el tradicional traje de lino, con camisa y corbata? Desde luego, El Espectador, que presumía de progresista, no se quedaba atrás, pero una cosa eran mis relaciones con los Santos y otra con los Cano. Recientemente, evocaba en mi columna de El Tiempo la figura de don Luis Cano, a quien el partido debe rescatar del olvido. Era un periodista excepcionalmente gallardo, no obstante la virulencia de su prosa y su pasión por el ideario liberal.

Más allá del reducido círculo de amigos íntimos que he mencionado, la cordialidad de Enrique se extendía por los ámbitos más dispersos. Sus compañeros de trabajo eran, a la vez, sus amigos más próximos. Los jefes políticos, empezando por Alberto Lleras, eran sus íntimos, y, en las horas de esparcimiento, cuando se dedicaba al deporte del golf, sábados y domingos, lo sorprendía la noche con otros íntimos, sus amigas y amigos que, jugando a los dados, apostaban unas cuantas copas antes de retirarse a la vida de hogar, tras celebrar el admirable juego de Clemencia Calderón de Santos que, si no llegó a coronarse como campeona nacional, estuvo muy cerca de alcanzar el título y representó a Colombia en un sinnúmero de torneos internacionales.

La vida de hogar colmaba sus más hondas aspiraciones de comunicación humana. Alguna vez, hace ya más de 50 años, tomamos conjuntamente en arriendo una casa en Cartagena por espacio de dos meses y me fue dado conocer el afecto con que permanentemente quería rodear a todos los suyos y conseguía granjearse el cariño de sus hijos, sin apelar nunca a la tolerancia excesiva con que los padres suelen hacer desagradable la presencia de sus hijos menores.

Con el transcurso de los años ‘el loco Santos’ se fue transformando en un patriarca, el ‘papá Quique’, que se refugiaba entre su tribu para esperar alegre y serenamente el fin de su trayectoria vital. Fue algo que cobró cada día mayor importancia en la medida en que iban desapareciendo los seres más caros a sus afectos. Así, con la muerte de Clemencia, se fue recortando su horizonte hasta circunscribirse casi por entero al mundo de su descendencia. Es lo que explica que, después de 60 años, se retirara de ese segundo hogar que fuera para Enrique El Tiempo y que, pese a su buena salud, prescindiera del deporte que había sido la pasión de otros días. Sólo le quedaba la vida de familia, que para él era todo a cuanto quería aspirar en el ocaso. ¡Un patriarca de veras!

Su tacto sutil le permitió manejar con mano maestra sus relaciones al interior del diario heredado del doctor Eduardo Santos, sin haber tenido jamás un sí o un no, con su hermano, Hernando, el director por más de un cuarto de siglo. Profundamente distanciados por sus ideas políticas en lo internacional, que ninguno entre los suyos compartía (Enrique era un franquista irreductible), tratándose de su ideología liberal colombiana, nadie lo aventajaba. Corre la leyenda de que, por haber aspirado a participar en la guerra civil española, al lado de los militantes de la Falange, fue excluido del histórico testamento del doctor Santos, a donde se dieron cita los más íntimos del director fundador. Nunca se sabrá el origen de tal discriminación, que para nada afectó su consagración a El Tiempo, al punto de que el transcurso de los años ha demostrado que la supervivencia del periódico se debió, en gran manera a su intuición política, a su olfato de periodista, a su inmensa capacidad de distinguir entre lo trivial y lo sustancial de las noticias, señalándoles un titular y un lugar en sus páginas, en forma tal que cautivaran al lector.

Difícil es imaginarlo con el sello adusto de la muerte. Por el contrario, presumo que su sonrisa cordial, jamás lo abandonará y que dormirá plácidamente en el panteón familiar.

Bogotá, D.C., 26 de noviembre de 200

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