Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/11/03 00:00

Entre balas y bombas

En pocos lugares se sufre tanto el conflicto como en los municipios de Arauca que forman una de las zonas de rehabilitación. SEMANA palpó la tensión extrema de sus calles.

El miercoles, despues de almuerzo, Evelyn Valbuena, la esposa del periodista Efraín Varela, asesinado el 28 de junio, se dirigía a un velorio cuando oyó repicar las campanas de la catedral de Santa Bárbara, frente al Parque Simón Bolívar, en el centro de la ciudad de Arauca. Como el sonido era inusual a esa hora del día, dijo lo primero que se le vino a la cabeza: "Otro muerto". Y siguió caminando bajo el picante sol de la tarde y rodeada por el ensordecedor ruido de las plantas eléctricas que suplen para algunos araucanos la falta de luz. Poco después Evelyn llegó al Centro Pastoral de la Diócesis de Arauca, contiguo a la catedral, donde velaban desde el día anterior a Helí Escalante, de 49 años, un ex concejal del vecino municipio de Arauquita asesinado el lunes por la tarde por sicarios motorizados a cuadra y media de su casa, en la inspección policial de La Esmeralda. La velación era presidida por un hermano del difunto, el padre Alcides, párroco de la iglesia del Perpetuo Socorro en el barrio El Triunfo.

Pasadas las 2 de la tarde, con 22 ventiladores de techo y nueve de pared para mitigar los efectos soporíferos del calor, monseñor Arcadio Bernal Supelano, obispo de Arauca y cinco sacerdotes más, incluido el padre Alcides, dieron comienzo a la ceremonia religiosa. En la homilía monseñor Bernal, un hombre bajo y delgado, se creció con sus palabras. El obispo dijo que la fila de ataúdes hacia el cementerio era muy larga, lo mismo que la de la gente que se iba del departamento, la de los que salían de sus fincas o sus casas desplazados y la de los bienes que les habían quitado a los araucanos. Y concluyó: "Nos han tocado tiempos y lugares duros y difíciles".

En la mira de Uribe

Dos días antes el presidente Alvaro Uribe visitó Arauca para realizar un Consejo de Seguridad y evaluar la situación de los tres municipios de este departamento que hacen parte de la Zona de Rehabilitación y Consolidación. Desde el pasado 21 de septiembre Arauca, Arauquita y Saravena viven bajo un régimen especial por el cual el gobierno pretende pacificar estas zonas, arrebatárselas a los grupos ilegales y recuperar la legitimidad estatal. Sin embargo las noticias que le dieron a su llegada no fueron alentadoras. El viernes anterior, por la mañana, la guerrilla había volado los puentes de Papayita y Agualimón, que comunican a la capital con Tame. Ese mismo día, al finalizar la tarde, unos sicarios habían asesinado en su casa a Críspulo Cáceres, secretario de Tránsito de Saravena. Y ese lunes 28, dos horas antes de su llegada, había explotado un carro bomba con 80 kilos de dinamita en Arauca.

Pasadas las 5:30 de la mañana unos desconocidos habían dejado un viejo sedán Ford, de placas venezolanas AVM987, en la calle 17 con carrera 16, sobre la avenida Rondón, en una esquina de la concentración escolar Cristo Rey. Más o menos media hora después el subintendente Nelson Lizcano, del grupo Antiexplosivos de la Policía, descubrió que había dos cilindros con explosivo y metralla. Los agentes comenzaron a correr, pero ya era demasiado tarde. Lizcano murió por la explosión, su compañera Mónica del Pilar Murcia fue impactada en la cabeza por una esquirla metálica y el niño Yamit Quenza, de 13 años, que pasaba en bicicleta por el lugar, fue lanzado lejos por la onda explosiva. Otros dos agentes y siete civiles sufrieron heridas leves.

En el hospital, aunque se rompieron 124 metros cuadrados de vidrios, todo estaba listo para recibir a los heridos. Por la visita del Presidente se había activado el Plan de Emergencia Hospitalaria, por eso en el momento del atentado estaban listos en urgencias el neurocirujano, dos cirujanos, igual número de ortopedistas, tres jefes de enfermería y siete auxiliares. Poco después llegaron a ofrecer su ayuda médicos particulares, el de la cárcel, la secretaria de Salud municipal y hasta el alcalde Jorge Cedeño, que también es médico. La subintendente Murcia murió en el hospital. El niño Quenza fue atendido y remitido a la Clínica San José de Cúcuta con trauma cráneo encefálico severo. La Fuerza Aérea ofreció uno de sus aviones para trasladarlo pero para ese momento Quenza ya viajaba en una de las tres ambulancias del hospital. Hasta el fin de semana permanecía en la unidad de cuidados intensivos en estado crítico.

El Consejo de Seguridad con Uribe, que se llevó a cabo en la Brigada 18, duró cuatro horas. Mientras estaba en él es probable que le hayan informado del asesinato en Saravena del ex concejal Silvino Somoza. Los sicarios lo atacaron cerca de la plaza de mercado. Después de la reunión con los militares y policías, el Presidente oyó a los alcaldes de los siete municipios de Arauca y a los representantes de los gasolineros y ganaderos, entre otros gremios. La situación de éstos lo impresionó. Sólo en Tame la guerrilla se ha robado más de 10.000 cabezas de ganado, las últimas 1.500 el domingo anterior de la finca El Limbo, que funciona desde el siglo XIX.

En la tarde, antes de regresar a Bogotá, el Presidente anunció que Cristian Bleir sería el coordinador civil para Garantías de Transparencia en la Destinación de las Regalías. Con este nombramiento completó el trío dinámico con el que espera consolidar el dominio del Estado en una región vital por sus recursos petroleros y estratégica por su cercanía con Venezuela. Sus otras dos fichas allá son el general Carlos Lemus Pedraza, comandante militar de la Zona de Rehabilitación y Consolidación, y el coronel retirado José Emiro Palencia, gobernador por decreto presidencial. La semana pasada el Partido Liberal, que siempre ha sido mayoritario en el departamento, demandó este nombramiento ante el Consejo de Estado. Pero ese puede ser el menor de sus problemas. Los hechos de la semana pasada demuestran que la labor de estos personajes no va a ser nada fácil, pese al respaldo que han tenido de la mayoría de los araucanos.

Primero Saravena

El martes guerrilleros del Ejército de Liberación Nacional (ELN) volaron la torre 20 del sistema de interconexión eléctrica, a 20 minutos de Saravena, y dejaron sin luz al departamento. Era algo que se esperaba pues desde el domingo por el correo de las brujas se recomendaba, por lo menos en la capital, recoger agua y comprar provisiones porque se iba a ir la luz. La noche del martes como hacia las 9 de la noche Evelyn Valbuena estaba en su casa, en el barrio La Esperanza, cuando oyó una detonación y a continuación un tiroteo que se prolongó hasta la medianoche. Luego vio policías que patrullaban por la zona. "Los perros quedaron afónicos de tanto ladrarles", dice. Esa noche toda Arauca, sumida en la oscuridad, sintió el tiroteo en la esquina de su casa.

Los parientes y amigos de Helí Escalante, que a esa hora lo velaban en el Centro Pastoral de la Diócesis de Arauca, estaban más atemorizados que ninguno porque no tenían dónde protegerse. Lo que ocurrió durante esas horas es un misterio. Se sabe que una patrulla del Puesto Fluvial No. 74 de la Infantería de Marina, con sede en una de las márgenes del río Arauca, fue atacada con una granada en la oscuridad. Los infantes no resultaron heridos porque apenas identificaron que el artefacto rodaba por el piso, corrieron a protegerse. Los tiros que se oyeron después parece que fueron hechos por milicianos en los barrios con el fin de atemorizar a los habitantes.

El miércoles fue un día muy largo. Por la tarde la sensación de pesadilla aumentó cuando se difundió el rumor que podían quedarse sin agua. La guerrilla había dinamitado un tramo del oleoducto en el Norte de Santander. Primero hubo disminución del bombeo y luego suspensión total. La mancha de petróleo que dejó este atentado pudo contaminar cualquiera de los tres afluentes del río Arauca, de donde se toma el agua de los acueductos locales. Esa noche hubo toque de queda en todo el departamento. En la capital las autoridades aprovecharon para hacer un perifoneo callejero, una acción que realizan con cierta regularidad desde que comenzaron los cortes de luz por los atentados en febrero de este año, para invitar a la gente a colaborar con las autoridades.

En Saravena un suboficial y un grupo de agentes pasaron su primera noche tranquila. Llevaban 10 meses en ese pueblo. En ese tiempo al puesto le habían lanzado ocho cilindros y lo habían hostigado 65 veces. Los hombres vivían sitiados. Los restaurantes en los que comían habían sido obligados a cerrar por orden de la guerrilla y la gente no los saludaba por la misma razón. Un agente que quería salir a llamar por teléfono o a sacar plata tenía que llevar puesto el casco blindado, el chaleco antibalas e ir acompañado por 15 agentes más que aseguraran el perímetro. En este municipio la guerrilla había destruido el Concejo, la Alcaldía, la Fiscalía, la Personería y hasta el aeropuerto. El alcalde está amenazado desde hace tres meses. "La tensión está en Saravena. Tiene que volver a la normalidad. Es un reto", dice el mayor Frank Castillo, jefe de asuntos civiles de la Brigada 18. Allí ya se hizo el censo de vehículos y el de armas con salvoconducto. Para el 21 de noviembre, como en los otros dos municipios de la zona, tiene que estar listo el de población.

Después de soportar ese infierno es comprensible que el miércoles de la semana pasada el suboficial de Policía y sus hombres durmieran como recién nacidos en la sede del Grupo Mecanizado Rebéiz Pizarro. "Una jaula de oro", dice una persona que la conoce. Al día siguiente un vuelo charter del gobierno de Estados Unidos los llevó hasta Arauca. La presencia de los estadounidenses no sorprende a nadie en el departamento. En el batallón de Saravena hay tres instructores de esta nacionalidad que adiestran a las tropas en técnica contra terrorismo urbano. Otro hace lo propio en la sede de la Brigada en Arauca. En la capital los policías, que por la tarde participaron en la primera parte del censo poblacional que se llevó a cabo en el barrio 12 de Octubre, reaccionaron como si todavía estuvieran en medio de la guerra de Saravena. En algún momento un taxi cerró muy duro la puerta, cuando escucharon el golpe seco, todos los agentes se lanzaron al piso. Fue un acto reflejo que en Saravena les hubiera salvado la vida pero que aquí sólo los hizo reír, algo que no hacían desde hace mucho tiempo.

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