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| 4/7/2012 12:00:00 AM

"Entre convencer y conmover, yo prefiero conmover"

María Gómez Lara, poeta de 22 años cuyo discurso de graduación fue publicado por 'El Tiempo', y quien lanza un volumen de poemas en la Feria del Libro, habló de su sensibilidad y su amor por las palabras.

MARÍA JIMENA DUZÁN: "…Y lo mío es la palabra. Con las palabras toco, con las palabras veo. Quiero compartirles lo mío, mi historia, porque es lo que conozco, lo que puedo dejarles hoy, cuando ustedes celebran cómo han escrito la suya hasta ahora. Yo decidí contarme con palabras, decidí crearme con imágenes, decidí que el umbral que traje, entre el relámpago y el viento, solo tiene sentido si lo lleno de poesía". Eso dijo usted en el discurso que pronunció en la ceremonia de graduación de Los Andes ante sus compañeros, publicado hace poco en 'El Tiempo'. En momentos en que la poesía no le dice mucho a los jóvenes, me sorprendió gratamente la valentía con que usted declaró su amor incondicional por la palabra.  

MARÍA GÓMEZ LARA:
Cuando era muy chiquita mi mamá me enseñó a escribir en la arena y, según me cuenta, yo escribía unos versitos que rimaban y ella dijo: "mi hija va a ser poeta". Lo primero que hizo fue meterme a cursos con Mario Ochoa, un poeta amigo de ella, a la edad de 6 años. Todo comenzó como un juego. Mario, que era músico también, le ponía música a los versos y yo fui interiorizando el ritmo de la palabra. Cuando tenía 8 años, mi regalo fue la publicación de un libro de mis poemas de pequeña. La verdad es que para mí la poesía ha sido siempre una cosa que yo no decido, sino que llega. Nunca me siento y digo: "voy a escribir un poema". Eso no pasa. A veces, en los momentos más inoportunos, me toca salirme de las fiestas, meterme al baño y sacar un cuaderno porque no puedo hacer otra cosa.    

M.J.D.: ¿Y qué poesía lee?

M.G.L.:
Me gusta Eugenio Montejo, un poeta venezolano que murió en 2008. El primer poema que leí de él se llama Ningún amor cabe en un cuerpo solamente. Entré en una librería y lo encontré al azar y me dije: "¡no puede ser!...¡llevo toda mi vida tratando de decir esto y no he sido capaz!...", me conmovió profundamente.

M.J.D.: Escribir poesía cuando las editoriales prácticamente ya no publican libros de poemas, dizque porque ya casi a nadie le interesa la poesía, puede ser un acto suicida. Pero eso a usted parece no importarle.

M.G.L.:
Montejo decía que el poeta es aquel que va por el mundo avivando la luz de las cosas. Por eso escribo poesía, aunque uno nunca puede estar seguro de que tiene talento.   

M.J.D.: ¿Cómo así?

M.G.L.:
Es que en el fondo uno no sabe si uno tiene el talento y para ser poeta se necesita de un talento especial. La poesía no tiene la misma lógica que la narrativa porque la primera es muy intuitiva y la segunda, no. Si tú lees una novela, aunque no sea la gran cosa, uno se entretiene y la termina. En cambio, el poema, o te conmueve profundamente, o no te dice nada. Yo creo que lo mío es más lo primero que lo segundo.  
 
M.J.D.: Escribir es siempre un ejercicio de introspección que resulta a veces doloroso. Günter Grass decía que era como pelar una cebolla y que, a cada capa de piel que se le quita, uno va siendo conducido más cerca de las profundidades de la condición humana. ¿Pasa lo mismo con la poesía?

M.G.L.:
Yo creo que el problema de la poesía es otro. Tengo una fortuna, que no sé si es una desgracia: soy una persona de una sensibilidad impresionante. Eso es bueno porque me permite escribir, pero es malo porque sufro más que los demás. Sin embargo, no creo que para escribir poesía yo tenga que pelar una cebolla para llegar al dolor. Al contrario: lo que hace la poesía es que me ayuda a transformar el dolor en algo bello. En esa medida, la poesía es lo que me salva. Lo decía Pedro Salinas en uno de sus poemas cuando decía que si un poema está ahí, todo es más claro. A mí me pasa lo mismo. Para mí no hay nada en la vida que se compare al sentimiento de haber terminado un poema. Es como si yo pesara menos y como si compartiera mi peso con el papel. Me siento liviana.  

M.J.D.: ¿Y usted sabe cuando un poema no le sale?

M.G.L.:
Pues claro. Y la sensación es desesperante. Sé cuando un poema está pésimo. Y cuando eso sucede, lo dejo. Yo escribo muchísimo y por eso cargo unos cuadernos para todas partes, costumbre que adopté por culpa de Mario Ochoa. Él siempre llegaba a mi casa con una cantidad de servilletas garabateadas a mi casa y me decía: "la poesía te puede coger en cualquier parte y tienes que estar preparada". Desde entonces, me acostumbré a no salir de la casa sin un cuaderno. Y de diez poemas que escribo, boto ocho.

M.J.D.: ¿Qué poetas colombianos lee?

M.G.L.:
Me gusta Maruja Vieira, José Manuel Arango, María Mercedes Carranza, Darío Jaramillo, Piedad Bonnett. Pero también adoro a la poeta polaca Wislawa Szymborska, que se acaba de morir. Me gusta el humor que tiene su poesía. 

M.J.D.: Teniendo a una mamá periodista (Patricia Lara) y a un padre político que ha sido fiscal y procurador (Alfonso Gómez Méndez), siempre corría usted el riesgo de haber sido periodista o política.

M.G.L.:
No me gusta ninguna de las dos. El periodismo lo admiro muchísimo, pero para ser periodista hay que tener una conciencia de la inmediatez que yo no tengo. Mi mamá me dijo esto una vez: "Los periodistas resolvemos todo. Si a uno le dicen que tiene que hacer un reportaje sobre Dios y le dicen que uno tiene que conseguir a Mahoma y al papa, uno los consigue". ¡Yo no!... Yo me varo porque no puedo conseguir a Mahoma.  

M.J.D.: ¿Y la política?

M.G.L.:
¡Mucho menos! No me gusta para nada y espero que mi papá no me mate cuando digo eso. A mí me gustaría cambiar muchas cosas que me molestan, comenzando por la injusticia; me parece tremendo que la mayoría de los colombianos no pueda tener acceso a la educación o a la salud, pero el tejemaneje de la política diaria no me gusta. Además, tengo que confesarte que el poder a mí no me llama la atención. No me interesa. Sé que casi nadie lee poesía, pero si yo puedo conmover a una sola persona con mis poemas, eso lo vale todo. Uno debe trabajar en la vida con las herramientas que tiene y yo lo que tengo es el lenguaje y las palabras.     

M.J.D.: Va a salir un libro con sus poemas para la Feria del Libro de Bogotá. ¿Nerviosa?

M.G.L.:
Sí. Por primera vez, voy a publicar un libro de verdad. Lo va a sacar la editorial Caza de libros. Esa editorial publica mucha poesía y decidió hacer una colección de poetas jóvenes bajo el título de Prosas y versos. Allí es donde va a salir mi libro.

M.J.D.: En ese libro hay un poema que se llama 'Maquillaje'.

M.G.L.:
"…Con el maquillaje que esmerada preparé para ti, mis lágrimas dibujan ahora caminos de angustia negra en las mejillas; ramas doradas rotas debajo de los ojos y de un rojo corrido es el grito de estos labios que callaron; que no supieron pedirte un día más o la vida entera para que te quedaras. Estas son las cicatrices del dolor. Esta soy yo sin ti, aturdida todavía, pero ya sin máscara".  

M.J.D.: Cuando lee sus poemas y siente que estos logran conmover a alguien, ¿cuál es su reacción?

M.G.L.:
Yo me pongo nerviosísima. Me sudan las manos. Me muero del susto porque no se trata de ir a hablar del clima. Yo les decía a mis amigos que tenían que acompañarme a presentar mi libro porque yo voy a exponer las entrañas y entonces ellos tienen que ayudarme a que las vuelva a meter. Pero cuando uno siente que lo que uno escribe es capaz de conmover a alguien, es una sensación increíble. Yo hago con frecuencia ensayos y me gustan. Pero si a mí me pusieran a escoger entre convencer y conmover, yo prefiero conmover.

M.J.D.: ¿Qué poema es el que más le gusta del libro que va a publicar?

M.G.L.:
Catástrofe. Con ese poema cierro mis recitales: "Venías de repente y no pude escaparme. Te vi de lejos y estabas ya tan cerca, que no alcancé a correr, ni a refugiarme. Llegaste como la tormenta. Fuiste trueno, relámpago, aguacero, sacudiste los cimientos de mi casa y me dejaste a la intemperie, sin paraguas, con el pelo mojado, sin las botas, sin abrigo, sola, yo contigo, con tu nombre que se adueñó de mis palabras con tus ojos que se llevaron mi mirada; sola yo contigo y tu sin mí". Ese poema me gusta porque tiene que ver con esa vulnerabilidad que sentimos todos, y ante la cual no puedes hacer nada, y que no tiene remedio.

M.J.D.: Y no hay nada más vulnerable que enamorarse a los 22 años…

M.G.L.:
No voy a negar que los poemas no tienen que ver con experiencias particulares. Tampoco voy a decir mentiras y negar que hay experiencias personales que han motivado muchos de mis poemas. Virginia Woolf decía que toda novela es una autobiografía y un poema lo es con mayor razón porque uno no se está escondiendo detrás de un personaje. En un poema uno solo puede decir la verdad. Uno aprende en la universidad que existe la voz poética, que no tiene nada que ver con uno, y eso es cierto hasta cierto punto. Pero, por ejemplo, el poema Maquillaje que te gustó lo escribí después de un día en que yo estaba llorando tanto que se me corrió el maquillaje y parecía un monstruo. Es la transformación de esa experiencia en un poema lo que me rescata.

M.J.D.: ¿Poetisa o poeta?

M.G.L.:
Yo digo que soy poeta. La palabra poetisa me suena peyorativa porque me retrotrae al siglo XIX, a esas mujeres que escribían versos de ocasión. Y si me dicen poetisa, me pongo brava. Pero aclaro que soy muy feminista, lo que pasa es que soy de otra generación.

M.J.D.: ¿Algún cliché que quiera desterrar de la poesía?

M.G.L.:
Sí. El de que la poesía solo es para adolescentes desgarrados, como podría suponerse con tanto sitio en internet con rosas rojas. La poesía llega al fondo de la condición humana y habla del dolor, de la tristeza, de la alegría. Nos sacude los cimientos. La poesía te hace libre hacia adentro.
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