Lunes, 16 de enero de 2017

| 2009/08/29 00:00

Entre fierros y cuadernos

Felipe Londoño tiene 10 años, estudia en el barrio más violento de Medellín y varios de sus compañeros ya se han matado a tiros. Aunque es el mejor de la clase, ha decidido no estudiar más.

Entre fierros y cuadernos

Si no fuera por la algarabía en las horas de descanso, los vecinos pensarían que es una escuela abandonada. Su fachada está rodeada de una maleza que esconde un parque inservible: quien juegue está expuesto a un balazo. Pareciera que la orden en la escuela San Martín de Porres fuera ¡Prohibido jugar!

Tras la entrada hay un portero flaco encargado de la puerta, de tocar la campana, de anotar los nombres de los visitantes y de reportar por un radioteléfono muertos, riñas, atracos, balaceras o suicidios. Llegó este año a la escuela, luego de que la Alcaldía de Medellín contrató una empresa de seguridad para que cuide las 416 instituciones públicas de la ciudad. Pero ya le han tocado reportes de sangre. Después de las vacaciones, una niña de tercero recibió un impacto de bala en una pierna. Otra de sus compañeritas dos meses atrás no pudo entrar a clase porque justo en la entrada se prendió un tiroteo y una bala le rozó un brazo. Y hace un mes, un alumno de quinto se subió hasta el borde del muro y amenazó con saltar si no le levantaban una sanción por indisciplina. Al final, una profesora lo convenció de que se bajara y tuvieron que cambiarlo de escuela. El niño era compañero de Felipe Londoño, el protagonista de esta historia y quien la semana pasada, cansado de esquivar balaceras, le confesó a su mamá que no quería estudiar más.

El barrio
‘Pipe’, como lo conocen en su barrio, tiene 10 años, juega fútbol y es aficionado a Michael Jackson. Vive en una casa en forma de triángulo con su mamá, el padrastro y una hermanita. Su papá está desaparecido desde hace dos años. Por estos días su único entretenimiento es ver videos del artista en youtube y tratar de imitarlo. No puede hacer más. Las canchas de fútbol del 12 de Octubre son plazas de vicio y si se atreve a jugar en la acera de su casa, corre el riesgo de que lo alcance un tiro. El ¡Prohibido jugar! de su escuela se ha extendido a los 10 barrios de la comuna más violenta de Medellín. Según la Policía Metropolitana, este año han asesinado a 150 personas, 200 por ciento más que en el mismo período del año pasado.

Para Felipe, dejar su casa es como salir de una trinchera a un campo de batalla de casitas de ladrillo, escaleras laberínticas, paredes baleadas y motos de alto cilindraje. De lunes a viernes su misión es llegar sano y salvo hasta la escuela, a 10 cuadras. Antes lo acompañaba Mónica, su mamá, pero desde comienzos de 2009 el miedo la obligó a encerrarse. Ahora Felipe se va con una vecina que también tiene a su hijo en la San Martín.

Hasta el momento han logrado llegar sin un rasguño, pero en los últimos meses les ha tocado ver mujeres histéricas, persecuciones entre policías y matones, hombres ensangrentados y compañeritos heridos. No hay horario. Esa es la gran diferencia con la guerra de hace siete años, cuando las bandas y los combos tenían que pedir permiso a un patrón para matar a alguien o para cobrar una vacuna; cuando la jerarquía era respetada y hasta las horas de combate eran acordadas. Ahora no. A la comuna seis, por ejemplo, se la disputan 32 combos de casi 1.000 muchachos. Todos van tras los 4.000 millones de pesos que al mes dejan las plazas de vicio; las vacunas a los buses, tiendas y residencias; las tragamonedas, y la prostitución.

Pero, en medio de esos números fáciles de olvidar, hay una cifra que los periódicos suelen escribir con negrilla: el 70 por ciento de esos jóvenes son menores. Comienzan a la edad de Felipe como ‘carritos’ (los niños que hacen mandados de drogas o de armas) y terminan como matones profesionales. Hace tres meses, por ejemplo, a dos cuadras de la San Martín, un niño de 14 años recibió un disparo en la cerviz mientras cobraba los 400.000 pesos que le habían prometido por haber tenido puntería la noche anterior.
De esas muertes hablan con desenfreno Felipe y sus compañeros al descanso: “Viste que a mi abuelito le dio por coleccionar los casquillos de las balas –dijo Jackson antes de entrar a clase, con uno en la mano–, se está subiendo a la plancha (techo ) las mañanas a buscarlas”. Su abuelo vive una cuadra arriba. Los ‘Machacos’, uno de los combos más peligrosos de Medellín, son quienes controlan no sólo esa, sino las principales calles del barrio Castilla. Sus enemigos son los ‘Buche-pájaro’, dueños de la otra cuadra que rodea a la San Martín.
 
El costo por vivir allí es alto: las casas y los negocios deben pagar, cada semana, 2.000 y 20.000 pesos, respectivamente. Y desde hace cuatro meses tienen una nueva orden: dejar las puertas semiabiertas durante el día y parte de la noche para que los pillos puedan entrar y refugiarse en caso de un enfrentamiento o una persecución de la Policía.

En mes y medio, en Medellín han asesinado cinco estudiantes a la salida del colegio. Tres de ellos en dos instituciones vecinas del San Martín de Porres: el Liceo Kennedy y el Pedregal. Tres de los estudiantes asesinados eran menores de edad y, según los testigos, todos los gatilleros tienen menos de 18 años. “‘Maradona’ fue amiguito mío en segundo y para probar finura a los ‘Machacos’ mató a ‘Cindy’”, dijo Felipe al recordar que su vecino de 12 años de edad mató a otro de 14. El primer tiro le entró por el pecho. ‘Cindy’ logró caminar unos metros, pero ‘Maradonna’ le descargó otros tres hasta cuando lo vio derrumbarse al lado de la Virgen. La piel de ‘Maradonna’ se puso blanca apenas vio que la boca de su amiguito se llenaba de sangre. Comenzó a correr y a llorar como un niño. Había “probado finura” y se ganó la admiración de los otros del combo. Seis meses más tarde, un amigo de ‘Cindy’ vengó su muerte y asesinó a ‘Maradonna’ cerca de la escultura de René Higuita que hay en el barrio.

El ‘bullying’
Norah* lleva 30 años dictando matemáticas en la San Martín de Porres y conoce a sus estudiantes casi como si fueran sus hijos. Le gusta vestir yines y mantener el pelo cepillado. Dice que le da un aire de juventud que necesita cada vez que la mamá de un alumno le recuerda que también fue su profesora. Norah confiesa que el amor a los niños es el único motivo por el cual aún está en el San Martín, pero que desde este año comenzó a buscar un traslado: “Y no soy la única –dijo mientras señalaba con el dedo los escritorios de cuatro profesoras–, a nosotras nos ha tocado pasar por muchas guerras y nunca se han metido con la institución, pero esta vez los niños tienen la guerra metida en la cabeza. Eso es insostenible”.

Cualquier papel es una pistola, cualquier juego es un pretexto para insultar, cualquier discusión para golpearse y, lo más común ahora, si se tiene un familiar en un combo es suficiente para hostigar a los demás. Es lo que se conoce, por su término en inglés, como el bullying. En cada salón hay dos o tres niños que extorsionan a los demás. Suelen hacerlo con los 500 ó 1.000 pesos para el recreo. Al principio son puñetazos y patadas, pero luego se convierten en amenazas de muerte: “Mi hermano tiene un fierro y él sí te deja muñeco. Dame los 200”.

En febrero, el papá de una alumna de quinto, víctima del bullying llegó?con su hija hasta la escuela. Era la primera vez que la pisaba. Le dijo al vigilante que llamara a Norah, que necesitaba hacerle una advertencia: “Dígales a esas pelaítas que dejen a mi niña quieta. No saben con quién se están metiendo”. Más tarde, la profesora de educación física le contaría que ese padre es el jefe de una banda de sicarios.

Según las directivas de la escuela, cinco de cada 10 alumnos tienen un familiar involucrado en el conflicto. Esto sin contar con algunos niños de quinto que en las tardes, después de salir de clases, sirven como “carritos” a los combos de sus cuadras. Los profesores de quinto grado, como Norah, se han vuelto expertos en identificarlos: son los que si el compañerito no les da 200 pesos, lo amenazan con el hermano que tiene un revólver; o los que golpean a otros hasta sangrar y los obligan a quedarse callados; o los que manosean a sus compañeras en los baños e incluso en el salón; o los que siempre hablan de pistolas, calibres y drogas.

Se ha vuelto tan dramática la situación no sólo en la San Martín, sino en las demás instituciones de las comunas de Medellín, que los profesores han tenido que modificar sus dinámicas pedagógicas. Antes era común que al comenzar cada materia hablaran del tema visto la clase pasada; ahora los profesores han optado por repasar los muertos y las balaceras de la noche anterior. “Profe, mientras venía, vi un muñeco, ahí, en la cuadrita de mi casa”, “Profe, no pude hacer las tareas porque a mi hermanita le dio una ataque de nervios y no me dejó concentrar” o “Profe, déjeme ir más temprano que hoy me toca subirme solo para la casa”... son frases habituales en ‘Pipe’ o en sus compañeritos antes de comenzar las clases. Los profesores reconocen que la mayoría de las veces, son los alumnos los que más ayudan a hacer el recuento de la guerra del barrio.

La idea con esas dinámicas –dice una profesora de español– es que desde pequeños piensen en que esa realidad está acabando con todos. En que si sus papás se están matando o sus hermanos y sus primos se la pasan peleando, las cosas dentro de la San Martín tienen que ser diferentes. Es la batalla de la escuela versus la calle.
 
Pero los profesores tienen que cuidar las palabras que usan en ese ejercicio de repasar los muertos. Es como si se tratara de un examen oral permanente, con la diferencia de que cualquier error, cualquier mención a favor o en contra de una banda, de un líder o de un muerto, es motivo de amenaza. Según la Alcaldía, en lo que va de este año en Medellín han amenazado más de 42 instituciones educativas, 53 maestros, 11 coordinadores y siete rectores. La Secretaría de Educación realizó un diagnóstico en cada escuela, colegio y liceo para descubrir cuáles son los factores de riesgo que pueden inducir a las estudiantes a la violencia, y poder combatirlos. Hay desde estudios fotográficos en locales vecinos donde captan a las niñas para meterlas en el negocio de las prepago, hasta –como en la escuela de ‘Pipe’– tres casas de vicio alrededor de la institución. La idea es que de aquí a octubre ninguno de estos factores exista.

La guerra también ha cambiado los horarios. Los compañeros de Felipe que tienen dificultades en español y matemáticas, por ejemplo, no volvieron a beneficiarse de los refuerzos que Norah hacía en las tardes: “Los que se quedaron sin aprender, qué pesar, pero de malas... estas balaceras no dejan hacer nada”, dijo. Ningún profesor se queda más horas, caminar hasta las cafeterías que quedan alrededor de la escuela es asunto del pasado y, a la salida, para coger el taxi o el bus, prefieren caminar en grupo.

Incluso, ha habido ocasiones en las que las mamás de los estudiantes han modificado el horario. Hace tres meses la mamá de un niño de la San Martín con información privilegiada llegó más temprano a recogerlo. Cuando la profesora le preguntó por qué, ella le contestó: “Profe, los muchachos se van a dar bala ligerito, ligerito... yo de usted, mandaría a todos ya pa’ la casa”. Esa tarde los 500 alumnos de la escuela tuvieron sólo tres horas de clases, y dos horas de tiroteos.

No hay Policía para tanto colegio
Después de la Semana Santa las directivas de la San Martín de Porres estudiaron la posibilidad de suspender las clases por un semestre. El riesgo que corrían los niños a las horas de salida y entrada era demasiado alto. Al final optaron por pedir apoyo de la fuerza pública. Hoy una patrulla y una moto con dos policías cada una rodean mañana y tarde las cuatro esquinas. Fuera de ese perímetro nadie responde por los heridos o los muertos. Pero no hay Policía para tanto colegio.

El 28 de julio, mientras salían de su jornada, los estudiantes de la Institución Educativa Kennedy vieron cómo dos parrilleros en una moto disparaban a su compañero, Edison Andrés Rodas, de 17 años de edad. Los asesinos vestían el uniforme del colegio. Diez días antes, a pocos metros de la Institución Educativa José María Espinosa, en la misma comuna seis, tres encapuchados asesinaron a Alejandro Chica, de décimo grado. Y un día después, en el sector Santa Inés del barrio Manrique, sicarios dieron muerte a John Estiven Marulanda, de 17 años, que cursaba grado 11 en el colegio San Lorenzo de Aburrá. En agosto la muerte de estudiantes se ha extendido a otras comunas: hace una semana, en el barrio Belencito Corazón de la comuna 13, otro menor de 17 años (su nombre no fue revelado a los medios) fue baleado a las 6:30 de la mañana en la puerta de la Institución Creadores del Futuro. Días antes, Juan Camilo Martínez, de 19 años, fue asesinado por desconocidos a la salida de su colegio, Rafael Antonio Caro, en el corregimiento San Antonio de Prado (norte de Medellín).

La semana pasada asesinaron a Héctor Pacheco, un líder juvenil de la comuna 13. Fue baleado a una cuadra del Colegio Eduardo Santos, que hoy tiene 200 estudiantes que se transportan en buses de la Alcaldía para no encontrarse en el camino con las tres bandas del barrio que están enfrentadas. Algo similar sucede con el Liceo Kennedy, a donde llega a estudiar el bachillerato el 90 por ciento de los niños que salen de quinto grado de la escuela de Felipe. Allí hay varios muchachos que, debido a las amenazas, no pueden salir de sus casas, y los profesores deben mandarles los talleres y las tareas vía correo electrónico para que no pierdan el año.? Los niños como ‘Pipe’, que hoy son víctimas del bullying o como algunos de sus compañeros que hoy no pasan el día sin haberse dado a los puños, mañana serán en el Kennedy los que intercambien pistolas en los descansos o encaleten la droga y las navajas en los baños.

Hay razones de sobra para que a los niños se les estén acabando las ganas de estudiar. Aunque nadie tiene el consolidado de cuántos alumnos han desertado por hechos relacionados con la violencia en Medellín, la directora de la San Martín dice que en los últimos cuatro meses 100 niños se han retirado porque sus papás han sido amenazados o asesinados, o porque ya no hay nadie que los lleve a la escuela o porque decidieron entrar a un combo. Y si se suman los alumnos de las otras escuelas y los colegios que conforman la Institución La Esperanza (a la cual pertenece San Martín), la cifra de desertores llega hasta 400 estudiantes.

Cada vez que Felipe se acuesta a dormir se come las uñas hasta sangrar. Lo hace sin falta desde cuando los muertos y las balaceras hacen parte de su rutina. Antes de cerrar los ojos piensa que, a lo mejor, esa noche será la última, que una bala atravesará la pared y luego su tórax y no podrá despertarse para desayunar con su mamá. Piensa que hombres armados lo sacarán de clase y lo obligarán a empuñar una pistola o a fumar un pucho de marihuana.
 
La semana pasada, mientras la mamá de Felipe le alistaba el uniforme en la mañana, le propuso que lo dejara quedarse con ella, que tenía el presentimiento de que algo malo iba a suceder. Mónica pensó un rato largo antes de contestarle. Le dijo que lo mejor era que se fuera a estudiar, que se aguantara este resto de año, mientras consigue otra escuela para entrarlo a quinto grado, que no hablara tantas bobadas y mejor se persignara: “Pipe, mijo, acuérdese que mi Diosito no le deja pasar nada”, le dijo mientras le arreglaba el cuello de la camisa. Felipe agachó la cabeza y salió de su casa. Salió pensando pesadillas y aburrido por tener que ir a estudiar.

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